miércoles, 28 de mayo de 2014

La clínica del dr. Baermann: La hora del descanso





1 de noviembre de 1930.

El dr. Schoenherr dio un sorbo a su té en una taza de cerámica. Té de China con una nube de leche, como a él le gustaba.

-Hmmm. Delicioso. Debo confesar, dr. Leunberger, que este té me sabe cada día más rico. ¿No opina usted igual?

El dr. Leunberger no contestó. Su mirada estaba perdida en el fondo de su taza, como intentando leer el futuro en los posos aún antes de beberlo.

Junto a él, Derek sostenía su taza con las dos manos. Tenía las manos frías, pero el té caliente poco a poco iba haciendo su efecto, haciendo que recobraran la temperatura habitual.

Al otro lado de la mesa, Dustin y Ebba no prestaban atención alguna a sus tazas. Por debajo de la mesa, sus manos estaban entrelazadas, como una pareja enamorada que intentaba inútil ocultar sus juegos a las miradas del dr. Schoenherr, que de cuando en cuando les dirigía una sonrisa comprensiva.


14 de marzo de 1932.

El dr. Baermann alejó la silla de ruedas del ventanal. Se estaba dando cuenta de que cada vez dependía más de ella; puede que aquellas heridas fueran más graves de lo que pensó en un primer momento. Ya apenas podía caminar un cuarto de hora al día.

Ehrlich, el celador, le miraba inquieto. Él era un hombre grande y musculoso, pero la pequeña figura de Baermann en su silla de ruedas, con una de sus cicatrices cruzándole la mejilla, siempre conseguía atemorizarle.

-El dr. Schoenherr muestra un comportamiento muy extraño, ¿no crees, Ehrlich?-preguntó Baermann desplazándose hasta su mesa de trabajo.
-No lo sé, doctor. Yo le noto igual que siempre.

El director de la clínica estalló en una carcajada.

-Igual que siempre, sí… Lleva trabajando aquí… ¿Cuánto? ¿Dos años, tres? Y siempre me ha llamado la atención. Quiero decir, es la clase de persona que necesitamos, pero me preocupa que su estado no sea el más… idóneo para acometer los delicados trabajos de este centro. Échale un ojo, ¿quieres?

Ehrlich asintió en silencio.


16 de marzo de 1932.

Schoenherr echó un vistazo al reloj de cuco.

-Las 11 y media de la noche. ¡Ya es tarde, chicos! Creo que deberíamos tomar una última copa, bailar un poco más y a la cama, ¿qué os parece?

Sus palabras apenas se oyeron por encima del ruido del tocadiscos. Se encogió de hombros y rodeó por la cintura a Alicia.

El doctor marcaba el compás, llevando a la muchacha por toda la habitación al son de la música. Erika y Kiefer estaban abrazados en un rincón, en silencio, sin bailar. Demasiado románticos, pensaba Schoenherr a menudo.

Wiegand, por su parte, permanecía sentado en una silla, con una copa en la mano. Siempre había sido un tipo más bien solitario.


17 de marzo de 1932.

Ehrlich caminaba en silencio por los pasillos de la clínica. Estaba seguro de que Schoenherr no había subido las escaleras, tenía que estar por la planta baja…

Los pasillos estaban desiertos, pero la madera de la que estaban hechos la mayoría de suelos de la planta baja crujía constantemente. No se oía nada más, excepto… sí, una lejana música…

El celador siguió pacientemente el rastro de la música, intentando localizarla. Al fin, se dio cuenta de que provenía del sótano.

En lugar de bajar por el montacargas como era habitual, Ehrlich decidió optar por otro camino para no llamar la atención. Se dirigió hacia una de las salas de espera, levantó la alfombra y dio con una trampilla. Cuando Baermann todavía no había llegado a la clínica, aquella trampilla se usaba de vez en cuando, y Ehrlich tenía buena memoria.

Levantó la pesada argolla y descendió por un pasillo lleno de telarañas. Un farol en su mano iluminaba el camino a través de un retorcido laberinto, cuya monotonía se veía rota por una música que sonaba cada vez más alta.

Finalmente, Ehrlich llegó a la morgue. Todos los cajones en uso estaban abiertos. La música provenía del almacén contiguo, una pequeña estancia donde se guardaban determinados productos químicos para las autopsias.

Se asomó en silencio, sin interrumpir la fiesta. Schoenherr bailaba con uno de los cadáveres mientras los demás permanecían a su alrededor, colocados en extrañas posturas.

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