miércoles, 11 de febrero de 2015

La clínica del dr. Baermann: Reparaciones


4 de septiembre de 1927.

“Me llaman el Reparador. El motivo es muy sencillo: cuando algo se rompe entre dos personas, yo lo reparo, haciendo desaparecer a una de ellas a cambio de una modesta suma de dinero.

Esta noche, mi contratante se llama el dr. Baermann. No me ha causado muy buena espina. Muy ambicioso, muy… ¿malvado? Sí, por extraño que sea en este mundo de grises morales en el que nos movemos, malvado es la palabra.


Y ésta es la clínica en la que trabaja. Mi objetivo es el director de la clínica, el dr. Furtwängler. Una vez haya desaparecido, de manera que parezca un accidente, el dr. Baermann podrá llegar a director. Una carrera espectacular, la suya. Y asunto reparado.

Es una noche lluviosa. Mucha niebla. El viento ruge fuerte y el agua te cala hasta los huesos. Abrir el coche del dr. Furtwängler sin dejar ni rastro me lleva casi veinte minutos. Cortar el cable de freno es mucho más sencillo.

Esta noche, el dr. Furtwängler tendrá un accidente totalmente normal para este tiempo en las carreteras de Düsseldorf, y yo cobraré mi dinero.”


5 de junio de 1929.

“Otro contrato con el dr. Baermann. Paga bien, hay que reconocerlo. Otro médico al que asesinar…

El dr. Leunberger. Esta vez no hará falta que parezca un accidente, no habrá tantas sospechas como hace dos años y además servirá de ejemplo. Parece que Leunberger no está nada de acuerdo con los… extraños experimentos que Baermann realiza en esta clínica.

Es una noche de verano, pero se ha levantado algo de bruma. Los pasillos de la clínica están vacíos y silenciosos. El dr. Leunberger sale de su despacho.

Mi sombra pasa ante sus ojos, pero ni siquiera le da tiempo a volverse. El cable se cierra alrededor de su cuello.

Se retuerce e intenta librarse, sin éxito. Emite sonidos que uno nunca puede olvidar… pero en este oficio, te acostumbras. La sensación que siente… debe de ser horrible, que el aire no llegue a los pulmones, sentir que la vida se va escapando de tu cuerpo poco a poco…

Finalmente, muere. Otro asunto reparado.”


23 de abril de 1934.

“Está amaneciendo y yo acecho en el bosque, solo. Esperando. Otro contrato del dr. Baermann, después de años sin saber nada de él.

Esta vez el objetivo es un médico llamado Tausch. Al parecer, quería recibir una cantidad de dinero considerablemente mayor de la que recibe, y ha amenazado a Baermann con hacer públicos los… experimentos de esta clínica si no le da ese dinero. Chantaje puro. Yo lo repararé.

Veo que empieza su paseo. Es un hombre alto, de unos 40 años, pelo castaño. Camina con total tranquilidad.

Me muevo tras él como una sombra. El viento sopla y mueve las hojas de los árboles, produciendo un siseo que me ayuda a permanecer en silencio. Desenvaino el cuchillo lentamente.

En un abrir y cerrar de ojos, ataco. El cuchillo se hunde en su costado. Un grito brota de su garganta, me golpea y me desequilibra. Echa a correr.

No esperaba esto, pero no llegará muy lejos. La sangre tibia mana de su herida. Siente que la muerte está cerca, justo tras él. Y tiene toda la razón.

Va dejando un reguero de sangre conforme corre, cada vez más lento. Aún así, tengo que sudar para alcanzarle. Me estoy haciendo viejo. Vuelvo a clavarle el cuchillo en la espalda. Aún sigue corriendo, pero esta vez tropieza y cae.

Vuelvo a hundir el cuchillo en su carne blanda mientras grita aterrorizado. Una y otra vez. Una y otra vez.”


25 de abril de 1934.

“Hora de cobrar mi dinero. Entro al despacho del dr. Baermann; está bien amueblado. El hombre tiene buen gusto, hay que reconocerlo. Ha añadido bastante decoración desde la última vez que estuve aquí, hace 5 años.

Me da el sobre con el dinero y brindamos con coñac. Me comenta cómo la clínica va mejor cada día, y en gran parte gracias a mí.

Entonces empiezo a notarme raro. Veo la sonrisa en el rostro de Baermann y deduzco lo que pasa. Pero no puede ser. No puede ser.

¿Me ha envenenado? ¿Para qué? ¿Para silenciarme y que no pueda contar lo que he hecho? ¡Es una locura! ¿Por qué lo iba a contar, si me inculpa también a mí?


Caigo de rodillas. Baermann sigue sonriendo. Es lo último que puedo ver…”

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