miércoles, 1 de abril de 2015

La clínica del dr. Baermann: Fantasmas

Con la tontería, ya llevo 5 historias ambientadas en esta clínica. Sí está dando juego, sí, y creo que dará más.


5 de abril de 2014.

-¡Por aquí, Emil! ¡Mira, ya la veo!

El niño se apresuró, abriéndose paso entre matorrales y ramas, hasta que llegó a la altura de su amigo. Entonces contempló el paisaje.

-Eeeeh. Mola.

La clínica del dr. Baermann se erguía en mitad del bosque, que había reclamado lo que era suyo. La vegetación crecía por doquier entre los muros del edificio. El ala oeste estaba completamente destrozada; el resto de la clínica aún desafiaba al tiempo. Los cristales, eso sí, estaban casi por completo rotos, y el viento agitaba las cortinas hechas jirones.

Los dos chicos fueron moviéndose hacia la clínica. Caminar en linea recta era imposible por la densidad de la vegetación, pero poco a poco fueron abriéndose camino.

A mitad del trayecto se encontraba la verja metálica que delimitaba el territorio de la clínica; estaba repleta de roña y se caía a pedazos. La puerta principal estaba cerrada con un candado, pero no les costó encontrar una sección en la que había desprendidos dos barrotes contiguos, los suficientes como para colarse sin necesidad de exponerse a los afilados pinchos que impedían trepar.

Dentro, sólo la puerta principal estaba cerrada con llave; seguía habiendo docenas de sitios por los que entrar, desde ventanas hasta la destrozada ala oeste. Los chicos escogieron ésta última.

-Tenías razón, Penrod -susurró Emil, como temeroso de romper la atmósfera del lugar-. Esto es impresionante.

Avanzaron como encantados por los pasillos, adentrándose en la clínica y por tanto llegando a zonas con mejor aspecto.

-¡Qué guay!-gritó Emil montándose en una silla de ruedas abandonada y avanzando con ella.

Los dos chicos fueron subiendo pisos. Supieron que habían dejado atrás las habitaciones de los pacientes cuando se encontraron la primera puerta que rezaba:

“Emil Friedman
Psiquiatra”

A continuación, llegaron al laboratorio, que se conservaba en condiciones casi perfectas, sorprendentemente. Los medicamentos de más valor y utilidad habían ido desapareciendo a lo largo de los años, pero los estantes de cristal aún continuaban llenos de diversos productos e instrumentos, cuya función ni remotamente alcanzaban a comprender los niños.

Tras el laboratorio, la visita perdió algo de emoción; los despachos repletos de papeles y muebles viejos no tenían nada que hacer al lado de aquellas estanterías de misterios y secretos.

Entonces, una sombra apareció durante un momento en el campo visual de los chicos, desapareciendo un segundo después.

-¿Qué ha sido eso? Emil, ¿qué ha sido eso?
-¡Vámonos, corre, vámonos!

Los dos niños bajaron corriendo las escaleras. Abajo se oían ruidos metálicos, como si alguien estuviera hurgando entre la chatarra.

-¡Media vuelta! ¡Corre!

Rápidamente, Emil giró y echó a correr escaleras arriba.

-¡No! ¡Al sótano! ¡Allí no nos encontrará!-susurró Penrod, pero ya era tarde para que su amigo le oyera.

Con el corazón a punto de salírsele del pecho, el chico continuó bajando las escaleras hasta el sótano.

La única luz de la estancia en la que se encontraba entraba por unas pequeñas ventanas con rejas situadas en lo alto del techo, que comunicaban con un patio trasero de la clínica.

Penrod caminó con mucho cuidado por la estancia. El aire estaba viciado, aunque al menos parecía que no había telarañas, debido a la humedad. Sin embargo, no sabía lo que había allí; cada paso podía ser un paso en falso, de modo que iba andando muy lentamente.

Finalmente, consiguió llegar junto a las ventanas y se quedó allí, mucho más tranquilo.

Entonces, oyó los ruidos de nuevo. Se agachó y abrazó sus rodillas hasta que cesaron. Segundos después, una sombra cruzó por las ventanas.

Tras un momento de sorpresa, Penrod echó a reír, enormemente aliviado. Un zorro. Los ruidos los había provocado un zorro, y ellos corriendo como dos estúpidos. Ahora sólo tenía que encontrar a Emil…

Y, ¿por dónde estaba la salida del sótano?

Emil, mientras tanto, había corrido escaleras arriba hacia el ático. Apenas podía respirar y sentía los latidos de su corazón palpitando en las sienes.

El ático estaba oscuro, apenas iluminado por unos ventanales tapados por gruesas cortinas en el otro extremo. Daba igual. Emil corría a ciegas, sin saber a dónde quería llegar, sabiendo sólo que quería estar lo más lejos posible de allí.

Cuando estaba terminando su precipitada carrera, Emil tropezó con una camilla. La inercia hizo el resto. La camilla emprendió la trayectoria, con el niño agarrado a ella, intentando mantener el equilibrio. Los ventanales ni siquiera tenían cristal, tras décadas de degradamiento de la clínica.

La escasa vegetación que aprovechaba este degradamiento para crecer en uno de los patios no pudo evitar que la cabeza del niño chocara contra la dura piedra, con un ruido que nadie podría olvidar jamás y la sangre cayendo a borbotones.

Abajo, en el sótano, Penrod tuvo la desgracia de verlo. Ni siquiera pudo pronunciar palabra, ni las lágrimas brotaron de sus ojos. Estaba demasiado impactado para eso. La sangre fue resbalando por el patio hasta las pequeñas ventanas, colándose en el sótano poco a poco.

Aún sin decir ni una palabra, empezó a correr. No sabía a dónde, no sabía por qué, sólo tenía que huir de allí. Tropezó con un esqueleto anatómico y todos los huesos quedaron desperdigados; él cayó al suelo. Levantó, con las rodillas despellejadas pero sin sentir el dolor, y continuó corriendo.

Ninguno de los viejos objetos y herramientas almacenados en el sótano detuvo su avance, mientras continuaba adentrándose más y más en la destrozada ala oeste.

Por fin, vio algo de luz a lo lejos. Los escombros de los pisos de arriba, totalmente derruidos, habían hecho que el sótano se desplomara y parte de él quedara al descubierto.

Penrod trepó por la montaña de escombros, buscando salir de allí lo antes posible. Las piedras resbalaban y el caía continuamente, pero volvía a levantarse e intentarlo.

Finalmente, una gran roca en precario equilibro cayó rodando y golpeó la frente del niño. Una montaña de escombros la siguió con el impacto de la caída, cubriendo totalmente el cuerpo de Penrod.


Y así, la clínica del dr. Baermann se cobró sus dos últimas vidas, las de dos chicos muertos por nada más que su propio terror y su paranoia. Asesinados por nada más que fantasmas.

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