miércoles, 26 de agosto de 2015

La clínica del dr. Baermann: El demonio


29 de mayo de 1929.

El dr. Baermann paseaba nervioso por el despacho del dr. Tausch.

-Necesito una respuesta ya-dijo, en un tono de voz considerablemente alto-. No puedo hacer esto solo. Si usted quiere participar, dígalo ya.
-La propuesta del reverendo Kaufman es interesante. Creo que podríamos ganar mucho dinero, pero hay que evaluar los riesgos.
-Nadie podrá examinarlo con detenimiento, Kaufman se encargará de eso. Es sencillo. Cogemos a un paciente de los que nadie quiere, le hacemos parecer un demonio, le cortamos la lengua para que no pueda hablar y se lo entregamos a Kaufman. Ellos sabrán cómo usarlo para sus intereses.

-Es un proyecto interesante, dr. Baermann. Pero necesita el apoyo de todos los principales doctores de la clínica. Sino, será usted denunciado. Y caerá.
-¿Y acaso no tengo ese apoyo?-inquirió Baermann.
-No, no lo tiene. He hablado con el dr. Leunberger en privado. Dice que es una locura. No piensa apoyarle, y seguramente llamará a la policía.
-Está bien. Demos marcha atrás durante unos días. Si en esos días consigo el apoyo de Leunberger, ¿tendré también el suyo?

Tausch reflexionó durante un momento, y después asintió.

-Delo por hecho.

Los dos hombres se estrecharon la mano.


7 de junio de 1929.

Tausch llamó a la puerta del dr. Baermann.

-Adelante.

El médico entró en el despacho con gesto serio. Fue directo al grano.

-Debo confesar, dr. Baermann, que no esperaba que solucionara el asunto de Leunberger de una forma tan… permanente.
-No hay nada que tratar sobre el tema. El dr. Leunberger ha tenido la desgracia de ser asaltado en el bosque, probablemente por ladrones que buscaban su dinero. Una coincidencia lamentable.

Tausch sonrió.

-En fin. Con su permiso, doctor, tengo algunas sugerencias para el proyecto.
-Cuénteme. Usted está más integrado entre los médicos, sabrá mejor quién es de confianza.
-En cuanto al equipo médico, creo que podríamos actuar usted y yo, junto al dr. Becher. Becher lleva trabajando aquí desde 1920 y es un doctor experimentado. Está especializado en odontología, pero domina muy bien la medicina general; creo que podría encargarse de cualquier cosa.
-Bien.
-El dr. Friedman podría ayudarnos con la parte psiquiátrica. Alicia Maschwitz podría asistirnos como enfermera. Y, finalmente, creo que el nuevo celador, Wiegand, puede ser de ayuda.
-Yo contraté a Wiegand-repuso Baermann con una sonrisa-. Sí, le aseguro que será de ayuda.

Ambos hombres se estrecharon la mano.

-Una última cosa-apuntó Tausch-. Queda Schoenherr, a lo mejor también…
-Schoenherr tiene sus propios proyectos, está muy ocupado.
-Entiendo. Bien. Nos vemos mañana, dr. Baermann.

El director de la clínica asintió y volvió la vista a sus papeles.


8 de junio de 1929.

Friedman trabajaba en su despacho, pensando y haciendo cálculos sobre la cantidad de droga que debía usar. Al paciente que sería convertido en demonio le iban a operar la lengua y las cuerdas vocales para que no fuera capaz de hablar; pero con eso no bastaba. El reverendo Kaufman quería un demonio furioso, y esa parte le tocaba a Friedman.

Anfetaminas estarían bien. Tal vez alguna variante… tendría que tener en cuenta también el peso del paciente, y que estaría debilitado por las operaciones, había que darle una dosis muy alta sin llegar a sobredosis…

Mientras, en un quirófano, Baermann, Tausch, Becher e incluso Alicia habían empezado el primer paso, que a pesar de estar realizado entre cuatro personas era extremadamente laborioso: tenían que tatuar de rojo cada centímetro de la piel del paciente, sin dejar ni un solo resquicio.

-No parece que esté reaccionando bien a la tinta-comentó Tausch-. Esperemos que aguante lo necesario.
-No creo que la reacción alérgica le mate; de hecho, incluso podría ayudarnos, si le hace parecer más monstruoso-respondió Baermann-. Si vemos que su salud corre peligro, abortamos y lo intentamos hacer con Rosenstock o algún otro paciente.

Los tatuadores continuaron con su labor. Aún quedaba trabajo para varios días.


11 de junio de 1929.

Becher se encargó de los cuernos. Lo primero fue practicar incisiones en la piel, para a continuación acoplar dos estructuras óseas. Luego habría que dejar la piel cicatrizar por encima. Probablemente, en unos días, sería buena idea debilitar las defensas del paciente para para que su cuerpo no rechazara los cuernos.

Un sencillo limado en dientes y uñas hizo que el aspecto del demonio empezase a ser aún más amenazador.

Después, llegó el turno de operar la garganta.


12 de junio de 1929.

-¿Qué tal progresa?-preguntó Baermann entrando al quirófano. Todos los demás participantes estaban ya allí.
-Le estábamos esperando para administrar la primera prueba con las anfetaminas, doctor-contestó Friedman-. Creo que la dosis es correcta, aunque el sujeto parece muy debilitado por las operaciones. De todos modos, tal vez sería prudente atarle para que no se haga daño a sí mismo.
-No será necesario, apenas puede moverse.

Friedman asintió e indicó a Alicia que le pusiera una goma en el brazo al sujeto. Acto seguido, le inyectó las anfetaminas.

El demonio despertó al momento y comenzó a temblar y a tener pequeñas convulsiones. Intentó decir algo, pero sólo emitió un rugido ronco. Sus afilados dientes rechinaron una y otra vez.

Entonces, sin previo aviso, sin dar el menor indicio de que aquello iba a suceder, el demonio se levantó de un salto y se abalanzó sobre Becher, clavando sus garras en su cuello.

La sangre comenzó a manar en abundancia de la herida, pero los próximos segundos fueron mucho peores. En apenas un momento, el demonio embistió contra su cara, hundiendo uno de sus cuernos en el ojo derecho de Becher, que gritó de dolor con todas sus fuerzas. El demonio sacó el cuerno rápidamente y arrancó la nariz del médico de un mordisco.

Wiegand pudo intervenir entonces, preparado para la acción. Golpeó con fuerza el rostro del demonio, pero éste no pareció siquiera notarlo, mientras continuaba desgarrando la garganta de Becher. Había cuatro médicos y una enfermera en la sala, y todos ellos sabían ya que Becher no sobreviviría a aquel ataque. La sangre caía en cascada de su cuello, su ojo y su nariz.

Con fuerza sobrehumana, el demonio arrojó el cuerpo moribundo del doctor, y después descargó una patada en las costillas de Wiegand, que se dobló sobre sí mismo, perdiendo el aliento.

La situación era caótica. Alicia chillaba aterrada. Tausch acudió rápidamente a intentar atender a Becher, ahora que el demonio le había soltado. Wiegand intentaba recuperar el aliento. Friedman permanecía en una esquina, totalmente inmóvil, su rostro lleno de miedo. Baermann estaba frente al demonio; y fue su próxima víctima.

El sujeto se abalanzó sobre el director de la clínica, que intentó esquivarle saltando hacia atrás. Se libró de sus brazos, pero uno de los afilados cuernos del demonio penetró en su cadera. Baermann gritó de dolor.

Cuando el sujeto vio la sangre manando de la herida, supo donde tenía que atacar. Rápidamente, clavó sus garras en el agujero practicado por su cuerno, y desgarró la carne todo lo que pudo, en todas las direcciones que le permitían sus dedos.

Carne, músculo, riñón, intestino. Los dedos del demonio intentaban expandir la herida lo máximo posible.

-No respira… Becher no respira…-se podía oír de fondo a Tausch, como macabro acompañamiento de los gritos de Baermann.

Entonces, el demonio se detuvo, tan repentinamente como había empezado. Con los ojos borrosos y perdiendo el conocimiento, Baermann pudo distinguir a Wiegand, sujetando un bisturí que se hundía en la nuca del demonio. Es lo último que pudo recordar antes de desvanecerse.


17 de junio de 1929.

El reverendo Kaufman sonrió al entrar en la habitación del dr. Baermann.

-Veo que tiene un crucifijo sobre la cama, doctor-dijo estrechándole la mano-. Nunca está de más.
-Sospecho que a usted no le preocupa en absoluto, reverendo.

Baermann había sido ingresado, por supuesto, en su propia clínica. El pronóstico no era precisamente bueno; tal vez no pudiera volver a andar con normalidad en toda su vida, y tendría que pasar unos meses alimentándose de papillas.

-Hay muchas cosas que son de mi incumbencia. Pero no, no he venido aquí a hablar de su crucifijo.
-Entonces supongo que sabe que el demonio que quería no es viable.
-Me imagino. No se preocupe, improvisaremos. Y tal vez vuelva a contactar con usted; estoy seguro de que podríamos llegar a colaboraciones con mejor resultado.

Hubo un breve silencio, mientras Baermann consideraba la propuesta, pero fue Kaufman el que lo rompió sin darle tiempo a contestar.

-Estoy seguro de que ahora necesita descansar, doctor, de modo que le dejaré. Si quiere retomar los negocios, ya sabe cómo contactar conmigo.


El reverendo se marchó sin volver la vista atrás, con pasos rápidos y silenciosos.

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