miércoles, 28 de octubre de 2015

La Cosa Kostra: Capítulo III

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Aitor Hernández tomó asiento en un sillón. Se encontraba en una lonja a las afueras de Erandio, en la zona de familias gitanas. Frente a su sillón había un sofá, otros dos sillones y un pequeño taburete. En una de las paredes había una pancarta con el lema “Euskal preso eta iheslariak etxera”; las otras estaban prácticamente desnudas, con excepción de pequeños recortes de periódico hablando de la Cosa Kostra.

Allí estaban sentados los cuatro capos de la Cosa Kostra de Bizkaia. Aquellas reuniones rara vez debían suceder; era importante mantener a los altos cargos distanciados entre sí, para que no pudieran detener a todos a la vez. La familia de Navarra no había sido tan cautelosa. A su lado, por supuesto, se encontraba también Sergio.

—Bien. Hora de comenzar la reunión. Como sabréis, vuestro sueldo ha ascendido a 780 €, en gran medida gracias al aquí presente Asier, que cobrará 800.

Asier Osegi era el más importante de los capos de Hernández; prácticamente su mano derecha. Era el que más dinero aportaba a la Cosa Kostra.

—El siguiente tema más importante es el de los nazis. La sede de Cambio en Romo amaneció el miércoles pasado con unas cuantas esvásticas pintadas y un “Viva España”.
—Hay que matar a esos hijos de puta—murmuró Celaya.

Iker Celaya tenía la misma edad que Hernández. Llevaba la cabeza rapada y era considerablemente musculoso. Tenía una camiseta de tirantes, unos vaqueros y unas botas con puntera de metal. Con toda seguridad, era el capo más violento y radical, y la gente bajo su mando -la mayoría de ellos amigos y compañeros suyos ya desde antes que naciera la Cosa Kostra- no se quedaba atrás.

—Lo nuestro funciona mejor que lo de la mayoría de familias. Esto es así porque gastan tiempo, recursos y gente en mantener enfrentamientos contra los nazis, mientras que nosotros tenemos la suerte de vivir en Euskadi, donde apenas hay nazis. Quiero que siga siendo así.
—¿Para qué coño luché yo, eh?—intervino González.

Juan González era el miembro más viejo de la Cosa Kostra de Bilbao. Había pasado buena parte de su vida en una cárcel franquista, y a sus 68 años tenía mucho odio acumulado.

—Exactamente. Los nazis son un retroceso importante, tenemos que ocuparnos de ellos lo antes posible. Más cosas. Inés, creo que planeabas añadir una nueva parada a las rutas de las que te ocupas.

Inés Chapa era una joven de 23 años. Llevaba el pelo, peinado con rastas, recogido en una cinta. Un colgante con la “A” de “anarquía” brillaba en su cuello, y un piercing en su nariz.

—Sí. Vamos a tener 200 € más al mes de un ex concejal del PP, un fracasado, casi le echan del partido y todo. Un “conocido” tuvo que colarse en su garaje y hacerle un arreglo a su coche con un bate de béisbol, pero le convencimos de que pagara. Y el coche quedó precioso, eh.
—Bien. Un ex concejal es buen blanco. Y 200 € más no están mal… ahora mismo andamos bien de dinero. Si la cosa sigue yendo bien y añadimos unas cuantas paradas más en las rutas en los próximos meses, podríamos empezar a considerar una expansión.
—¿Cuántos?—preguntó González.
—No sé. Lo votaríamos nosotros cinco y llegaríamos a un acuerdo.

Hernández se reclinó hacia atrás y se acarició la pequeña perilla que llevaba.

—Vale. Esto es sólo palabrería, falta que pasen unos meses y que votemos, pero estoy pensando en una propuesta inicial. Ascendemos a alguien lo bastante capaz a capo, nos quedamos con 5 capos. Después conseguimos de algún lado 2 ó 3 miembros nuevos y los ponemos bajo su mando. Y a 3 ó 4 personas que estén bajo vuestro mando, también se las pasamos a él. Creo que controlar a unos 6 soldados está bien para un recién ascendido a capo, ¿no?

Los cuatro asintieron, con distintos grados de entusiasmo.

—En el gaztetxe de aquí hay peña que yo creo que podría entrar—comentó Celaya—. Les veo con ganas, y creo que pueden hacerlo bien. Si hace falta, durante unas semanas les entreno yo un poco, les enseño algo de boxeo y alguna llave por si tienen que repartir ostias y luego el resto ya lo irán aprendiendo sobre la marcha. Pero vamos, que te hablo de peña que ya ha estado metida en movidas, que sabe acojonar y dar palizas a los fachas que haga falta.

Hernández sonrió. Era bueno ver crecer la familia.


El calor de mayo empezaba a hacerse patente en el interior del Gudari. Mikel servía cerveza fría con toda la rapidez que podía, pero los clientes se amontonaban fuera, disfrutando del calor y del poder fumar. Dentro apenas había media docena de personas, la mayoría de ellos involucrados en asuntos que no se podían comentar en voz alta.

Cristina entró y se acercó a Josu, que se encontraba en la barra.

—Aupa, Josu—dijo, dándole dos besos—. ¿Qué tal la denuncia?
—Nada nuevo. Nuestros abogados todavía están hablando, no hay fecha para el juicio.
—¿Quién te representa, Gutiérrez?
—Sí.
—Dicen que es bueno. Tú tranqui que te irá bien.

Josu asintió con la cabeza mientras vaciaba el vaso de un trago.

—Me gusta tu parche de Boikot—dijo, señalando un parche que llevaba la chica en la chaqueta a la altura del pecho—. Buen grupo.
—Gracias. Es bueno ver que las horas que he invertido en esta chupa dan su fruto—dijo, riendo.
—Seh, te queda muy bien.
—¿Te vienes a tomar otra por ahí?
—Claro.

Los dos jóvenes abandonaron el Gudari.

—¿Estos dos follan? Ésta es nueva—preguntó Osegi a Maitane. Ella se encogió de hombros y cambió de tema.
—¿Has visto lo de la política asesinada esa?
—¿La hija de puta ésa de los 12 sueldos? Sí, sí. Y nos querían echar la culpa a nosotros, eh.
—Ya te digo. Los del PP se matan entre ellos y lo primero que decía todo el mundo cuando salió la noticia es que había sido la Cosa Kostra, la Cosa Kostra, todo el mundo igual… en fin.


En algún lugar de la costa de Bizkaia, Inés Chapa aparcó su coche frente a un acantilado. El Mar Cantábrico se extendía, inmenso, hasta el horizonte, reflejando un sol cegador. Algunas pocas gaviotas graznaban a lo lejos, y el viento mecía suavemente las briznas de hierba.

Jon Ibarra, un joven de unos 19 años, salió de un coche que ya estaba aparcado y caminó junto a ella.

—Aquí está—dijo, tendiéndole un fajo de billetes. Chapa los contó rapidamente.
—237 euros. No está nada mal. Hace dos semanas tuve una reunión con el don, si lo llego a saber se lo menciono también.
—Bueno, sin más, no sé si todos los meses podremos conseguir tanto.

Chapa sonrió mientras guardaba el dinero en su bolsillo.

—Pero es una fuente de ingresos importante. Casi todo lo obtenemos de extorsionar y de vender yerba. Hasta ahora, nuestra única fuente legal de ingresos era lo que conseguimos algunos como políticos de Cambio. Pero si tu grupo puede sacarse un dinerillo con los conciertos, nos vendría muy bien.
—Me parece buen negocio. ¿Lo del ex concejal al que le rompió el coche Adri…?
—Al final sí tenía amigos entre sus sucesores. Está hecho. Ya le hemos informado y ha aceptado muy rápidamente que deis un concierto en fiestas de su pueblo. Además os pagarán muy bien.
—¡De puta madre!
—Y además enviaré a Adri y Gorka para que vigilen un poco que no haya altercados, no vaya a ser que se pase algún nazi por allí.
—De puta madre. Gracias. Venga, ya estaremos.
—Agur.


Jon volvió a su coche, satisfecho por el arreglo.

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