miércoles, 27 de enero de 2016

La Cosa Kostra: Capítulo V

Antes que nada, si alguien quiere leer el capítulo anterior, click aquí.


Amanecía en Erandio cuando los cinco ladrones del chalé de un directivo del BBVA terminaron de meter las cosas en la lonja en la que se reunía ocasionalmente la Cosa Kostra.

Hernández contempló el botín y soltó un silbido.

—Bien, habrá que repartir el dinero. Lo primero es cuidar de nuestra informadora… el 50 % del dinero será para ella.

Luis carraspeó. Maitane y Josu se miraron, con la duda en su mirada. Mikel Amorrortu, a su vez, miró a Celaya.

—No quiero cuestionar tu decisión, ¿pero estás seguro, jefe?—preguntó Celaya—Es mucho dinero, más de 200.000 €.
—Pues espero que done algo a buenas causas. Independientemente del dinero que consiguierais, mi decisión iba a ser la misma. Esta mujer nos ha informado de que la casa estaba vacía, sin ella no hubiéramos podido hacer nada; sólo por eso ya merece una buena parte. Aún dejando al margen su información, nuestros actos han implicado quemar la casa, lo que a su vez implica que ella perderá una fuente de ingresos. Hemos jodido a una trabajadora y vamos a compensarla; nosotros cuidamos de los nuestros.

Celaya asintió en silencio, aún con el ceño fruncido.

—Lo mejor que nos puede pasar es que se corra el rumor. Eso será un incentivo enorme, ya que ha salido ganando claramente; si la gente lo oye, todo el mundo empezará a informarnos de acciones que podemos realizar a cambio de ganar una parte.
>>Otro 25 % será para nuestra causa. 100.000 € más podrían venirnos muy bien, y podríamos ir pensando en una expansión pronto. Un nuevo capo. Ya hablaremos de ello.
>>El otro 25 % os lo repartís entre vosotros. Un 5 % para cada uno, eso son 20.000 € para cada uno. No creo que os suponga muchas quejas, ya que lo habitual es que no se os pague más allá de vuestra mensualidad. Y vuestra mensualidad no son ni 1000 €. De hecho, qué coño, ya de por sí son 20.000 pavos. Considerando que no lo vais a poder gastar en nada especialmente visible que Hacienda pueda detectar, creo que os va a sobrar mucho.

Los cinco se miraron entre ellos y asintieron. Por muy injusto que les pareciera quedarse sin la mayor parte del botín para el que se habían arriesgado y esforzado, era cierto que les iba a sobrar mucho dinero, y también que la avaricia y los lujos no encajaban especialmente bien con sus ideologías.


Josu y Cristina entraron a un bar de Bilbao.

—Un paquete de Lucky—pidió Cris dejando un billete de 5 euros en la barra.

El dueño, cuya mandíbula estaba recientemente recuperada de la paliza que la chica le había dado dos meses atrás, obedeció en silencio, con el temor reflejándose en su rostro, y le dio el cambio.

Los jóvenes salieron a la calle. Cris sacó un cigarrillo y lo encendió, ofreciendo otro a Josu, y sacando también dos billetes de 50 € del paquete.

—Con esto ya tenemos lo de este mes—comentó la chica—. Bueno, tú ya lo tienes desde hace una semana, ¿eh, cabrón? Lo tuyo y lo de tu prima.

Josu rió mientras rodeaba con el brazo a la chica.

—20.000 pavos, sí. No había visto tanto dinero junto en mi puta vida. Bueno, lo máximo que había visto junto serían 2000 o así. ¿Qué te parece si nos vamos de vacaciones en julio o en agosto? Podemos ir a un hotel cojonudo, con SPA y esas mierdas.
—Hmmmm, suena bien. Maitane ya se ha ido. Se fue la semana pasada.
—Me dijo que se iba, pero no a dónde.
—A Benidorm.
—Ni tan mal…—Josu valoró la idea.
—Joder que no, eso estará a reventar de pijos y canis. Por lo menos se estará hinchando a follar y a beber, que pa’ qué pedir más.
—¿Sí, verdad? Le pega más irse a un festival o algo. Claro que con 20.000 pavos puedes irte a todos los festivales que haya, a Benidorm y te sobra para comprarte un coche nuevo.
—¿No fue al Azkena Rock la semana pasada? Me parece que empalmó Azkena Rock y Benidorm.
—Ostia, pues entonces ya puede volverse pronto, que hay que currar. Tenemos palizas que dar y esas cosas.

Cris rió y dio la última calada al cigarrillo, tirándolo al suelo.

—Va a haber que ocuparse de los nazis esos. ¿Se sabe algo?
—No. Pintaron la sede de Cambio en Romo y después se escondieron bajo las piedras como los mierdas que son. En cuanto vuelvan a asomar la cabeza, se la reventamos.


Sergio Martín bajó la persiana de la lonja de Erandio. Dentro sólo estaban Hernández, el capo Juan González y él, en calidad de escolta de Hernández, por supuesto.

—Cuéntame—dijo el don.
—¿Cuándo fue la última vez que revisasteis esta lonja en busca de micros?
—Esta mañana. Es segura.
—Está bien… pero no es segura.
—¿No?
—Es una de las cosas que quería comentarte. Pero en fin, tampoco creo que te pueda sorprender mucho…
—Hay gente que nos ve entrando y saliendo de aquí, sí. No creo que sea un asunto grave.
—Nos conocen, Hernández. Estuvieron a punto de incriminarnos por el asesinato de Isabel Carrasco. Nuestra cara está en los periódicos, en la tele. La gente nos mira por la calle. Saben quiénes somos, y a qué nos dedicamos. Simplemente, no pueden demostrarlo.

Hernández suspiró.

—Si queremos usar Cambio como tapadera, alguien tiene que hacer de político. Y tenemos que ser los altos cargos, porque somos los que menos nos ensuciamos las manos.
—Lo sé, lo sé. La Cosa Kostra de toda España se basa en eso. Pero a lo que iba. ¿Recuerdas a Rodríguez?
—Imanol Rodríguez. Nuestro topo en la Ertzaintza, sí. ¿Información jugosa?
—Bastante. Ha podido enterarse un poco de cómo nos vigilan. Por lo que sabe, vigilan la sede de Cambio en Romo, esta lonja y los bares de Iturribide durante varias horas al día. Aún no tienen presupuesto para vigilarlos las 24 horas.
—No somos una amenaza lo bastante grande, ¿eh?—Hernández sonrió.
—Con toda probabilidad, ni siquiera se imaginan la cantidad de negocios y personas que estamos extorsionando. Sólo ven la punta del iceberg, por eso no nos consideran una amenaza. Sin embargo, hay algo más.
—Dime.
—Al parecer ellos también nos están intentando meter al menos un topo. Rodríguez no tiene ni idea de por dónde nos va a venir, sólo sabe eso.
—Mierda… habrá que tenerlo en cuenta. En fin, llevábamos preparándonos para esto un tiempo.
—Sí, pero… ya sabes.
—Lo de siempre.
—Lo de siempre, sí.

Hernández miró fijamente a González. Las arrugas de su rostro reflejaban toda una vida de lucha.

—Que sean jóvenes no significa que sean gilipollas, Juan. Para eso estamos nosotros, para enseñarles. Estoy seguro de que no hay ni un solo miembro de la familia que vaya gritando a los cuatro vientos las cosas que hacemos.
—Esa confianza te va a costar cara. Te va a costar cara.
—No me gusta ponerme autoritario, Juan… pero las decisiones las tomo yo. No sé qué coño quieres que haga, ¿echar a todo el que no tenga de 25 años para arriba? No me jodas.

Los dos hombres se quedaron mirando con el ceño fruncido, ambos conteniéndose para evitar un conflicto que no llevaría a ninguna parte.

—¿Al menos hablarás con ellos y les explicarás que deben ultimar las precauciones?
—Está bien. Lo haré. Pero sólo si tú te ocupas de los que están bajo tu mando.
—No te voy a garantizar que no les llame de todo, pero hecho.

Jefe y capo se estrecharon la mano.


Era una noche cualquiera. Un 10 de julio. Todo el mundo seguía su rutina.

En una habitación llena de humo de marihuana, Asier Osegi contaba fajos de billetes, organizando sus negocios.

Sergio Martín hacía pesas. Realmente, a pesar de su trabajo como escolta, rara vez entraba en combate físico, pero tenía que estar preparado por si se daba la ocasión.

Josu y Cris probaban una postura nueva. El sexo siempre tenía algo nuevo que ofrecer.

Maitane hacía otro tanto con un joven de 30 años al que había conocido en Benidorm aquella misma noche.

Hernández fumaba un cigarrillo, con la mirada perdida en el vacío. Pensaba. Planeaba.

Iker Celaya golpeaba un saco de boxeo con todas sus fuerzas. Era buena manera de desahogarse, y él necesitaba hacerlo a menudo.

Mikel Amorrortu buscaba porno en su ordenador portátil, o, al menos, su ordenador portátil desde el momento en que lo había robado del chalé de cierto directivo de la BBVA.

Luis Andikoetxea calentaba heroína en una cuchara. Según su teoría, el mayor problema de la heroína era no tener suficiente cantidad para ir dejándola poco a poco. Pero sin duda, con 20.000 €, podría comprar toda la heroína que quisiera.

Jon Ibarra ensayaba con su batería –para disgusto de todos sus vecinos—. Con ayuda de la Cosa Kostra, veía bastantes posibilidades de que su grupo llegara lejos en la escena.

Eneko Arrola intentaba dormir. La denuncia de Jaime Sainz pendía sobre su cabeza desde hace meses, pero esperaba que ser menor de edad le ayudase. Aún así, la situación con sus padres era cada vez más tensa.


Una noche más, como otra cualquiera.

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