miércoles, 17 de febrero de 2016

La Cosa Kostra: Capítulo VI

Capítulo V: http://kallixti.blogspot.com.es/2016/01/la-cosa-kostra-capitulo-v.html


La noche cayó sobre Erandio, pesada y calurosa. En el silencio de la periferia, cuatro siluetas se recortaban contra las sombras.

La primera de ellas sacó un spray. La impoluta persiana de la lonja de la Cosa Kostra empezó a verse rota por lo que fue conformándose en una esvástica.

—¡Ay, Paco! ¡Que están pintando la lonja de los chavales!—gritó entonces una voz desde el edificio de enfrente.

Los cuatro jóvenes siguieron con su tarea. Intentaban escribir “Muerte a los traidores” cuando empezaron a oír pasos corriendo hacia ellos.

—¡Gitanos, tú! ¡Vienen gitanos!—dijo uno, rebuscando en su pantalón en busca del puño americano.

Eran tres gitanos, encabezados por el hombre al que habían llamado Paco, de unos 40 años, y cargando con un martillo en la mano que indicaba cierta habilidad para improvisar armas. Por las casas de la zona se oían más gritos. Estaban llamando a más.

Los cuatro neonazis no tenían ninguna intención de huir. La batalla estalló en plena calle, y los golpes se fueron sucediendo, con evidente ventaja para ellos. Uno de los gitanos cayó al suelo y empezó a recibir una cantidad considerable de patadas.

Entonces, llegó una furgoneta y aparcó en mitad de la carretera. Dos nuevos gitanos salieron corriendo, uno de ellos con un palo de golf.

—¡Rápido, joder, que están matando al Charlie!

Los neonazis sabían cuándo retirarse, y se prepararon para correr tras una noche provechosa, pero ya era tarde. El palo de golf se dobló en la espalda de uno de ellos mientras decidía en qué dirección escapar. Una lluvia de puñetazos y patadas empezó a caer sobre los otros.

Uno de los nazis, acorralado y recibiendo demasiados golpes, sacó un cuchillo. Gran error. Un golpe certero en un brazo ya dolorido hizo que se le cayera al suelo, y uno de los gitanos lo cogió con rapidez. A continuación, con un diestro movimiento, lo hundió en su muslo.

A lo lejos se empezaron a oír sirenas.

—¡Vamos, vamos!

Los gitanos se retiraron corriendo, cargando con su compañero herido.


“Carlos Zalbidea. Carlos Zalbidea. Recuerda, te llamas Carlos Zalbidea.”

El ertzaintza infiltrado entró en el gaztetxe, se acercó a la barra improvisada y pidió una caña.

—Aupa, Carlos! ¿Qué tal andas?

Zalbidea se giró para ver a Luis Andikoetxea. Le tenía fichado: soldado, 28 años, bajo el mando del capo Iker Celaya.

—Nah, aquí, pasando la tarde. Disfrutando del paro, ya sabes.
—Oye, he pillado un pollo de una farlopa que está que te cagas. ¿Vamos a tu coche y te invito a unas rayas?

Zalbidea se encogió de hombros y salió con Andikoetxea, mientras suspiraba para sus adentros. Lo que había que hacer por infiltrarse…


—Felipe no va a durar ni dos años como rey, te lo digo yo—le comentaba Osegi a Jon Ibarra, ambos vaciando sus cervezas en una mesa del Gudari—. No tiene suficientes chanchullos con gente poderosa como para que le apoyen. Su padre era un corrupto de la hostia y por eso se mantenía en el poder, ¿pero éste? Es un pringao.

La puerta del bar se abrió en aquel momento, y entró una chica morena, de poco más de 20 años, con la piel de tono muy blanco y dilataciones en las orejas.

—Aupa, Nerea!—saludó Osegi—Ven, siéntate con nosotros.

La chica sonrió, pidió otra cerveza y se acomodó.

—Ésta es Nerea, Jon—los dos jóvenes se saludaron con 2 besos—. No la conocías, ¿no?
—No, la verdad. No te había visto nunca.
—No me paso mucho por aquí, no—dijo ella tímidamente.
—Nerea tiene también una pequeña ruta en Romo, ahí recogiendo dinero. Y además me ayuda a vender la yerba.
—Ah, pues no te conocía. Pensaba que conocía a todos los soldados de Asier.
—Qué va, yo creo que el único que nos conoce a todos los soldados de todos los capos es Hernández—contestó Nerea—. Si en Bizkaia igual somos 50 o así, ¿no?
—Sí, algo así. A ver, es normal, precisamente lo hacemos para que no nos vean bien, ni nos vean juntos ni nada de eso.
—Joder, pero tantos… yo no sabía. Si conozco a poco más de una docena—dijo Jon.
—Qué va, qué va. Lo que si es normal es que conoces sólo a los que más se implican, a los que suelen asistir a las reuniones y dar palizas a gente y esas cosas. Mira, te digo, de los 8 soldados que tengo yo… se suelen implicar Josu, Maitane y últimamente también Eneko. Bueno, y el Risas también a veces…
—El Risas, sí—afirmó Nerea.
—Pero eso, que los demás sólo se pasan a recoger el dinero, para que no vean siempre que lo recogen las mismas personas, si están vigilando. Y algunos, como Nerea, también me ayudan a vender yerba. Pero no son los que se encargan del contacto con nuestros clientes, ni se meten en movidas ni nada.
—Ajá. Ya. No, si con Inés también hacemos más o menos lo mismo, eh. Y qué coño, yo mismo tampoco he tenido que extorsionar mucho. Lo que sí espero es aportar un poco de dinero ahora con el grupo y eso.
—Ah, el grupo. ¿Qué tal te va?
—Bien, bien, vamos tirando. Tenemos algún concierto este verano.
—¿Qué tocas?—preguntó Nerea, dando un sorbo a su cerveza.
—Batería.
—Batería, sí. Está bien.
—¿Entonces no hay mucha acción en el grupo de Inés o qué?—preguntó Osegi con tono burlón.
—Sí, bueno, algo tenemos. A Jonan le han puesto a un facha nuevo en la lista. No sé de dónde sacan tantos, la verdad.
—Informantes no nos faltan, eso te lo aseguro. La gente está hasta los huevos. Si conocen a un facha porque es vecino suyo, o del trabajo, o de clase, o lo que sea, se las arreglan para intentar darnos su dirección y todo lo que necesitemos saber. Joder, lo menos media España debe de estar encantada con nosotros.
—Pues que así siga. Salud.


Los tres brindaron con sus cervezas. 

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