miércoles, 30 de marzo de 2016

La Cosa Kostra: Capítulo VIII

Hernández apagó un cigarillo en el cenicero situado en el medio de su mesa en el Gudari –obviamente, la ley antitabaco no se aplicaba para él, no en aquel bar—. Observó a Osegi, que se acababa de sentar.

—Dime—dijo simplemente.
—Tengo un nuevo negocio entre manos. Hachís. Creo que podría ganar unos cuantos cientos de euros más al mes.

—Suena bien. ¿Cómo va?
—Es con un moro que tiene un kebab en Erandio. Se llama Mohammed. Sí, ya lo sé, es un tópico con patas, sólo le falta el turbante.
—Eso parece.
—Él me trae hachís de Marruecos, yo lo vendo. Si la cosa va bien, podemos sacarnos otros 500 euros mensuales.
—Hmm, es prácticamente un sueldo. Está bastante bien. ¿Cuánto quieres de paga extra por esto?
—Nada. Me conformo con poder fumar algo de ese hachís de vez en cuando, parece jodidamente bueno.
—Perfecto.

Hernández y Osegi se estrecharon la mano.

—Me voy ya—el don hizo una señal a Martín para que le acompañara—. Tengo que estar en la tertulia esa. Gran trabajo.
—Agur, jefe.

Hernández y Martín abandonaron el bar. En otra mesa, el hombre que ahora se hacía llamar Carlos Zalbidea vaciaba una cerveza. No había podido oír lo que hablaban Hernández y Osegi debido a una canción de Kortatu que le resultaba particularmente molesta al volumen al que estaba puesta, pero seguía encajando piezas. Y, si todo iba bien, estaba seguro de que pronto podría infiltrarse en la Cosa Kostra.


Horas después, ya no sonaba Kortatu en el Gudari. Mikel, por supuesto, había puesto la tertulia de Hernández, y una docena de miembros de la Cosa Kostra se encontraban pegados a la pantalla.

—Estás usando la financiación de un partido político para alimentar a mafiosos. Eres un mafioso, y diriges una mafia—le acusaba el director de un periódico de extrema derecha.
—Cambio no tiene ninguna relación con la Cosa Kostra, más allá de la que os inventáis para hacernos perder votos—respondió Hernández tranquilamente—. Yo no soy un mafioso. Mafioso es Camps. Mafioso es Rodrigo Rato. Mafioso es Bárcenas, como admitió sin ningún pudor en una conversación telefónica con un capo de la Camorra.
—¡Ahí, ahí!—gritó alguien en el Gudari.
—Sigues empeñado en negar las evidencias—insistía el director—. Igual que había relación entre Batasuna y ETA o entre el PCE y los GRAPO, Cambio es una tapadera para la Cosa Kostra. Nada más que eso. Pero claro, te crees que soy tonto, ¿no? Como soy de derechas…
—No creo que seas tonto, Marhuenda. Tampoco creo que seas de derechas—respondió Hernández, manteniendo totalmente su tono relajado—. Sólo eres un lameculos. Si Stalin estuviera en el poder, le estarías lamiendo el culo a él.

Todo el bar estalló en aplausos y carcajadas, mientras en la TV el moderador del debate intentaba poner orden.

Al fin y al cabo, la tertulia no estaba saliendo mal. La gente veía un Hernández confiado y tranquilo, muy alejado del sanguinario mafioso que solían vender en los telediarios. Tal vez tras esta tertulia, la gente dejara de mirarle con miedo cuando le veían por la calle. Tal vez.


La lonja de Erandio estaba llena a rebosar. El ventilador giraba en un pobre intento de despejar un poco el calor, pero era en vano. El tópico de que los miembros de la Cosa Kostra eran perroflautas que no habían visto una ducha en su vida era falso, pero a pesar de ello el ambiente estaba cargado de un fuerte olor a sudor.

Hernández y Martín se encontraban allí, junto a los cuatro capos y todos los soldados de confianza, los realmente comprometidos, de Bizkaia. Por parte de Osegi se encontraba Josu. Por parte de Celaya, estaban Mikel Amorrortu, Luis Andikoetxea, Koldo y Spank. Por parte de Juan González, estaban Kepa –su hijo—, Carlos y Cristina; el gran ausente era Imanol, el ertzaina infiltrado, que nunca se dejaba ver en las reuniones, ya que en su caso había que extremar las precauciones. Finalmente, por parte de Inés Chapa, estaban Gorka, Adri y el Tiros.

—¿Estamos todos ya?—preguntó Hernández.
—Falta Maitane—respondió Osegi—. No ha podido venir, acaba de morir su aita.

El jefe asintió en silencio.

—Que la tierra le sea leve. Sergio, vigila que nadie se acerque mucho.

Martín obedeció y salió de la lonja, cerrando la puerta tras de sí y cruzándose de brazos. No había secretas cerca.

—Bien—comenzó Hernández—. Los que estamos aquí llevamos ya varios años en esto, y creo que es hora de que demos un paso más adelante. En Madrid, la Cosa Kostra ya ha hecho desaparecer a más de una persona con la que tenía problemas. Nosotros también tenemos que hacerlo, pero a lo grande. Vamos a matar a un senador.

Hubo un leve murmullo en la lonja, aunque la mayoría de asistentes permanecieron en silencio.

—Hemos localizado a un senador de los populares. Podemos hacerlo. Un acto rápido. Le matamos y nos vamos; ya nos encargaremos después de reivindicar la acción.
—No quiero parecer avaricioso, pero, ¿por qué matarle sin más?—intervino Osegi—Cuando empezamos con esto, con la Cosa Kostra, teníamos claro que mataríamos dos pájaros de un tiro: joderíamos a los que nos joden y a la vez encontraríamos un modo de vida con el que seguir adelante. Eso era, matar dos pájaros de un tiro. Si matamos a un senador, está claro que les joderemos bien, pero no vamos a ganar ni un céntimo por ello.
—Esta vez no se trata de dinero—contestó el jefe—. No puede tratarse de dinero. Según la OMS, sólo el invierno pasado ya han muerto 7000 personas de frío en España. Muertos por no poder pagar una calefacción; por la crisis que han provocado, y por los trapicheos del bigotudo con Endesa y del Sr. X con Gas Natural para que suban las facturas. El Defensor del Paciente atribuye 800 muertos por neglicencia médica a los recortes en Sanidad actuales, hasta este año; ahora mismo mueren 11 personas al día de hepatitis C porque el Gobierno les niega el tratamiento, así que la cifra va a aumentar espectacularmente. Se calculan 3000 suicidios por la crisis en España, aunque el INE evita dar datos concretos. Añadid inmigrantes muertos en Ceuta y Melilla. Esta gente son asesinos de masas: me he tomado la molestia de hacer cuentas, y de media, podemos decir que asesinan a 32 personas al día. Son genocidas. Matar a cualquiera de ellos no sólo es éticamente legítimo, sino que debería ser un deber. Si matamos a un senador, a un ministro, a cualquier alto cargo, estamos poniendo nuestro grano de arena para salvar miles de vidas inocentes.

La mayoría de los presentes asintieron. No hacía falta que Hernández les convenciera; era algo que sabían ya.

—Pero estamos teniendo en cuenta que es arriesgado aún para los beneficios que reporta, ¿no?—apuntó Osegi.
—Sí, por supuesto. Aún así, si quieres ver beneficios directamente en nosotros… y digo “si quieres”, porque no debería ser necesario… pero si quieres ver beneficios directamente en nosotros, piensa que matar a un senador demostrará que vamos totalmente en serio. Después de esto, nadie se negará a pagarnos dinero si se lo exigimos. La gente nos tendrá miedo, y eso hará que podamos actuar mucho más eficazmente y recaudar mucho más dinero.

Hubo un nuevo silencio. Finalmente, Iker Celaya lo rompió.

—Mi grupo y yo lo haremos. Podemos ocuparnos.

Hernández asintió y sonrió levemente.

—Confío en ti. Sabía que podríamos hacerlo, joder. Somos como los Soprano, sólo que a nosotros no nos avergüenza comer coños. Pásate mañana por la mañana por el local de Romo, ¿bien? Te daré los detalles.


El capo y el don se estrecharon la mano, sellando el trato.

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