miércoles, 20 de abril de 2016

La clínica del dr. Baermann: el hombre perfecto


15 de junio de 1941.

El sol del inminente verano caía con pesadez. Las tropas de Hitler avanzaban lentamente por el campo; la carretera terminaba bastante antes del recinto en el que se encontraba la clínica que antaño perteneció al dr. Baermann. Era, ciertamente, muy poco práctico a la hora de trasladar enfermos graves, pero había que reconocer que para la mayoría de cosas que se habían hecho en aquella clínica, sí era más conveniente la privacidad que una carretera.

El comandante Aigner de las SS, un hombre de unos 50 años, de mirada decidida y grueso bigote blanco, encabezaba la marcha. A su izquierda se encontraba el capitán Steinberg, un hombre 10 años más joven, pulcramente afeitado, alto y musculoso. A la derecha de Aigner, sin embargo, había un civil.

El civil, de hecho, era el que les estaba guiando. Era el dr. Emil Friedman, un hombre de unos 55 años. Apenas había trabajado 5 de esos años en aquella clínica, pero había supuesto para él una parte importante de su vida. Sus experimentos en aquella clínica, los contactos que pudo hacer, le ayudaron mucho.

-Debo confesar-comentó Friedman-que estoy muy intrigado por la posibilidad de que todo el material siga en su sitio. Como ya les he dicho, habría jurado que la policía sólo incautó pruebas evidentes de crímenes. Todo lo demás debería estar intacto.
-Bien, ahora lo averiguaremos-asintió el comandante Aigner-. De todos modos, nosotros traemos equipo suficiente como para hacernos cargo de todo lo necesario, y no serán grandes cambios. Lo único que necesitamos es un lugar apartado de ojos curiosos y un buen psiquiatra; y ahí es donde entra usted, dr. Friedman.
-He supervisado personalmente todos los pasos necesarios para el proyecto que el Führer nos ha encargado-añadió el capitán-. No necesitaremos un equipo sofisticado. No tiene que preocuparse por eso.

Friedman asintió en silencio. Ya habían llegado a la puerta principal de la clínica.

-Si no queremos llamar la atención, será mejor que entremos por una de las puertas traseras. Síganme.

El psiquiatra condujo a los nazis rodeando la clínica, hasta un pequeño callejón. Al fondo había una pequeña puerta, no sólo cerrada con llave, sino también por una cadena y un candado.

-Por aquí sacábamos las cosas de las que queríamos deshacernos-señaló Friedman.
-Abridla-ordenó Aigner.

Uno de los soldados se adelantó por el callejón y descargó su fusil sobre el candado, partiéndolo en una lluvia de chispas. A continuación, cogió carrerilla y derribó la puerta de una patada.

-Bien. Friedman, necesitaremos un despacho, un quirófano en el que trabajar, dos habitaciones individuales para el capitán Steinberg y para mí, y cuatro habitaciones triples para mis hombres. Oh, y otra habitación individual para el sujeto, pero asegúrate de que se pueda cerrar con llave.
-Perfecto, comandante. Permítame guiarle, por favor.


18 de junio de 1941.

Un hombre, vestido sólo con unos calzoncillos, se encontraba sentado en una camilla. Sus músculos estaban perfectamente definidos; su rostro miraba al frente con la decisión reflejándose en sus ojos azules, su brillante pelo rubio completando el cuadro. Era extraordinariamente hermoso.

Friedman preparó una inyección con sumo cuidado, al tiempo que el sujeto extendía su brazo derecho. El psiquiatra localizó fácilmente la vena y la aguja atravesó la piel.

Nadie sabía exactamente qué tenía aquella inyección que usaba Friedman en algunos de sus proyectos. Se rumoreaba que contenía morfina, mezclada tal vez con algún tipo de estimulante. Indudablemente, provocaba en todos los sujetos una fuerte sensación de bienestar y felicidad.

A partir de ahí, el psiquiatra sabía trabajar bastante bien. Sus palabras quedaban asociadas con aquella sensación de bienestar, y los sujetos eran mucho más proclives a creer cada cosa que dijera que si no hubieran recibido la inyección.

-Sé que la aguja duele un poco, hijo-comenzó-. Pero creéme, merece la pena. Necesitamos realzar las cualidades que tú ya tienes por ti mismo. Serás el ario perfecto, y nos guiarás hacia una época de esplendor para nuestra raza como jamás se ha visto.
-Lo sé. Estoy dispuesto a hacerlo.
-Bien…

Friedman continuó hablándole durante media hora, sometiéndole a una técnica de inoculación psicológica: le explicaba qué argumentos darían contra sus ideales nacionalsocialistas, para que estuviera preparado cuando los atacaran de verdad. Le ofrecía aproximadamente las respuestas y los contraargumentos que tendría que usar.

Cuando acabó, abandonó la habitación. El comandante Aigner le sobresaltó; estaba fuera, en silencio, esperando.

-¡Comandante! No le había visto.
-Estaba esperando a que saliera para que me informe del progreso. Necesitamos resultados pronto.
-Los tendrá. El sujeto ya ha interiorizado completamente su rol. Sólo le estoy enseñando algunos argumentos más para que pueda defender la grandeza de la raza aria en cualquier situación. Por lo demás, creo que le quedan dos semanas de entrenamiento y dieta y será imposible pedir un cuerpo mejor.
-Perfecto. Perfecto…

Friedman hizo un saludo militar y se marchó por el pasillo, mientras el comandante se quedaba mirando la habitación del sujeto, pensativo.


22 de junio de 1941.

Por la noche, la clínica del dr. Baermann se convertía en un lugar especialmente siniestro. Faltaban un par de horas para acostarse, y lógicamente, no había luz eléctrica.

El capitán Steinberg había rechazado su habitación individual después de tres o cuatro noches durmiendo allí. Afirmó que quería controlar mejor a las tropas, pero las malas lenguas decían que le asustaba dormir solo: por las noches, toda la clínica crujía, demasiados suelos de madera, y había soldados que juraban por su madre haber oído una silla de ruedas arrastrándose por el suelo de arriba, o incluso llantos y gemidos.

La sugestión era un enemigo poderoso, y muchos soldados que habían comenzado sin ningún tipo de superstición, habían acabado igual de temerosos que sus compañeros. Aún quedaban, sin embargo, varios que nunca habían oído nada raro y se burlaban de los miedos del resto; incluso había sospechas de que alguno de ellos, cuando salía en silencio a visitar el orinal por la noche, aprovechaba para hacer ruidos extraños para aterrar al resto y poder burlarse de ellos al día siguiente.

En todo caso, Steinberg y Friedman dormían con otros seis soldados, y, acabado el trabajo del día, estaban todos reunidos en torno a un farol, esperando que llegara el momento de acostarse.

-Dicen que hoy ha empezado la invasión de la URSS-comentó uno de los soldados-. Me gustaría estar allí. Sé que este proyecto es importante, pero la mayoría de nosotros no estamos haciendo nada.
-Son órdenes que vienen de muy arriba-respondió inmediatamente Steinberg-. Con cinco soldados bastaría para hacer guardia y que no se acerquen curiosos; pero con dos docenas, reforzamos en nuestro ario perfecto la sensación de que muchos soldados dependen de él.
-¿Cree que le necesitamos, capitán?-preguntó otro soldado.
-Servirá para subir la moral de las tropas-dijo el capitán, evitando la respuesta directa-. Ahora que tenemos abierto también un frente oriental, la victoria no está tan clara. Nos vendrá bien.

El soldado que había preguntado asintió en silencio. Friedman esbozó media sonrisa: a él le iban a pagar igual.


27 de junio de 1941.

El capitán Steinberg llamó a la puerta del comandante Aigner, pero nadie contestó. El silencio en aquella clínica era escalofriante, especialmente al anochecer.

¿Dónde estaría el comandante si no era en su despacho? Tal vez habría ido al baño, pero en ese caso, no habría cerrado el despacho. No. La única posibilidad sería la habitación del sujeto.

Sin duda era una hora extraña para hacer una visita, pero el comandante Aigner solía visitar a menudo al sujeto, para hablarle sobre la situación política, contarle anécdotas y, en definitiva, que viera que tenía el apoyo de un comandante de las SS.

Steinberg llegó a la puerta del ario perfecto. Dentro se oían respiraciones entrecortadas y gemidos. No podía ser. ¿Estaban combatiendo? ¿Qué estaba pasando?

El capitán desenfundó su pistola en el acto y abrió la puerta bruscamente. No, no combatían. Ambos yacían desnudos en la cama del sujeto, el sujeto sobre el comandante Aigner, penetrándole con fuerza. Se detuvo cuando vio al capitán. Aigner, paralizado, también le miró sin saber qué expresión poner.

-Yo sólo… era tan perfecto…-murmuró.
-Maldito enfermo…-dijo entre dientes Steinberg-Debería matarte aquí mismo.
-Steinberg… no…

El capitán alzó la pistola y disparó a su comandante. Un movimiento brusco, falló el tiro. La bala atravesó la cabeza del sujeto mientras el comandante caía hacía atrás.

Al oír el disparo, los soldados comenzaron a correr en masa para ver qué sucedía. La habitación del sujeto estaba muy cerca de la primera de los soldados, de modo que dos hombres llegaron al momento y vieron la escena.

-No puede ser-susurró uno de ellos-¿Comandante?
-Me temo que sí es-confirmó Steinberg-. Matemos a este desviado. Asumo el mando de la operación.

El capitán alzó la pistola nuevamente, pero un grito le detuvo. Cuatro nuevos soldados, que no habían visto la escena, llegaban por el pasillo.

-Capitán, ¡¿qué demonios hace?!-gritó uno de ellos.
-¡Es un rojo!-mintió rápidamente Aigner, gritando desde la habitación-¡Son traidores comunistas! ¡Acabad con ellos!

Uno de los soldados alzó el fusil.

-¡No!-gritó Steinberg, pero era demasiado tarde.

El hombre abrió fuego, matando en el acto a uno de los soldados que estaban con Steinberg. El capitán y el otro pudieron saltar rápidamente y ponerse a cubierto en la habitación de enfrente de la del sujeto.

-¡Han matado al sujeto!-gritaba Aigner-¡Han saboteado toda la operación! ¡Matadlos!
-¡Escuchadme!-decía a su vez Steinberg-¡El comandante es un invertido! ¡Ordenó al sujeto que le sodomizara! ¡Es una vergüenza para nuestra raza!
-Han matado a Franz-susurró el otro soldado que se había puesto a cubierto.

Los siguientes segundos fueron muy tensos. Los soldados, a los que se iban uniendo más, debatían quién de los dos tenía razón. Ciertamente, el que fueran dos compañeros que se acababan de levantar los que defendían a Steinberg hacían que su versión fuera más creíble: sin embargo, de por sí, sonaba más probable tener traidores comunistas infiltrados que un comandante invertido.

-¡Cabrones!-gritó entonces el soldado de Steinberg, asomando ligeramente el brazo y la cabeza y abriendo fuego-¡Habéis matado a Franz, cabrones!

Las balas surcaron el pasillo y alcanzaron un blanco, dos, tres. La sangre tiñó el suelo de la clínica. El conflicto se desató.


28 de junio de 1941.

Aquel lugar les volvía a todos locos. La atmósfera tenía algo que destaba la paranoia, pensó Steinberg. Sino, no podía entender cómo una situación aparentemente tan fácil de resolver había desembocado en horas de tiroteos.

La sangre manaba de su costado, allí donde le habían herido horas atrás. ¿Cuántos supervivientes quedarían? Seguro que no muchos, había habido ya demasiados tiroteos… al psiquiatra, Friedman, no le había visto. Probablemente habría salido corriendo.

El capitán se arrastró por el quirófano, apoyado en la pared. La sangre dejaba un rastro en las baldosas blancas. Intentó localizar hilo, aguja, aunque fuera algún tipo de vendaje, algo con lo que cerrarse la herida, pero no quedaba nada ya. Se preguntó si en otros quirófanos habría algo y era sólo ése el que se encontraba vacío, o todos estarían así. Un bisturí también sería útil. Tal vez podría matar a sus enemigos silenciosamente, evitando así que los demás vinieran atraídos por el ruido de los disparos…

Steinberg salió de los quirófanos y se encaminó de nuevo a las habitaciones, por los pasillos vacíos. Los crujidos de la madera y los extraños sonidos de la clínica eran más aterradores que nunca: ya no tenía nada que temer de fantasmas, sino de enemigos de carne y hueso mucho más peligrosos. No sabía de nadie asesinado por un fantasma, pero, desde luego, estaba seguro de que sus soldados podían matarle.

Oyó disparos en el piso de arriba. No produjeron eco, así que debían de haber sido disparados hacia el exterior. Era ya la tercera vez que sucedía en las últimas horas: un soldado aterrorizado intentaba aprovechar la oscuridad de la noche para escabullirse y largarse corriendo de la clínica, pero otro le disparaba desde las ventanas. Nadie estaba dispuesto a dejar que otro escapara, temeroso de que pudiera ser el enemigo, quizá un espía comunista. Todos morirían allí.

El único capaz de irse parecía haber sido Friedman. Tal vez conocía alguna salida secreta… aquella clínica estaba llena de secretos, y Friedman parecía saberlos todos. La idea de intentar localizar algún pasadizo por el que escapar se le pasó por la cabeza a Steinberg, pero la desechó rápidamente. Él también moriría allí, y se llevaría a la tumba al comandante Aigner. Al menos, no iba a escapar hasta no asegurarse de que había matado a aquel traidor invertido y cobarde.

Algo le golpeó fuertemente en la cabeza, sacándole de sus pensamientos. Cayó al suelo dolorido e intentó alzar la pistola. Una certera patada, sin embargo, se la arrebató de la mano.

Tendido en el suelo, en un charcho de su propia sangre, Steinberg pudo ver al comandante Aigner de pie frente a él. Llevaba el traje de un soldado de menor rango, lo primero que había encontrado, pero no estaba en absoluto herido. Apuntaba con una pistola al capitán, su mano firme.

-¿Por qué tuviste que desencadenar todo esto?-inquirió el comandante-¿No habría sido más fácil ignorarlo y que todos pudiéramos seguir con el proyecto del Führer? ¿Te das cuenta de lo que has hecho?
-No finjas que es culpa mía, jodido degenerado-gruñó Steinberg, la sangre manando de su boca.
-En fin… de todos modos, la Historia la escriben los vencedores-el comandante se preparó para apretar el gatillo.
-Ya lo creo-dijo Steinberg mostrando su mano derecha.

Sostenía una granada. Sin anilla. Aigner quedó helado. ¿Cuándo la había sacado? ¿Cuándo había quitado la anilla? ¿Le daba tiempo a huir?


Steinberg sonrió, la sangre escurriéndose entre sus dientes. Era aquella clínica: les volvía a todos locos. La granada explotó, devastando toda la habitación.

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