miércoles, 27 de julio de 2016

La Cosa Kostra: Capítulo XII


Había un ambiente relajado en el Gudari, bastante tranquilo para ser un viernes y, aún más, el último viernes del verano.

Eneko entró sonriendo. Llevaba unos vaqueros, una camiseta de los Chikos del Maíz y una cresta en su cabeza.

—¡Coño, Eneko!—saludó Josu—¿Y esa cresta? ¡Aupa ahí!
—Me ha dado la venada y me la he hecho yo solo.
—Estás muy guapo—apuntó Osegi, lanzándole un beso.

El chaval tomó asiento con Josu y con Osegi, saludando con la cabeza también a algún otro miembro sentado en otras mesas.

—¿Qué, cómo va eso de la expansión? Que cada uno me cuenta una cosa distinta, macho.
—Hay cuatro miembros nuevos—dijo Josu—. Uno me lo quedo yo, ahora que soy capo. Otro Celaya. Y Osegi ha aceptado quedarse con otros dos.
—Tengo que cuidar un poco al chaval, que era soldado mío—dijo Osegi señalando a Josu con la cabeza—. Si nada más hacerle capo ya le empezamos a poner gente nueva, se va a volver loco. Me los quedo yo mejor.
—A ver, a ver, ¿entonces qué cambios ha habido? Contadme. ¿Con quién te quedas tú, Josu?

El nuevo capo bebió un trago de su kalimotxo mientras hacía memoria.

—Con Cristina, por supuesto.
—Había que juntar a los dos tortolitos—bromeó Osegi.
—De éste de aquí, me quedo con el Risas y con Haizea. Y estábamos pensando si trasladarte a ti también, te queríamos comentar.
—¿Qué dices? ¿Me abandonas y te vas con Josu?—preguntó Osegi.
—No sé, habría que ver. ¿Qué ruta me tocaría, y eso?
—Eso es lo jodido—contestó Josu—. Tenemos que consolidar las rutas, encontrar nueva gente a la que extorsionar. Habrá que repartir muchas hostias las primeras semanas, y jugársela bastante.
—Uffffff… yo después de lo del Jaime Sainz ese…
—Como veas. Si no quieres meterte en más movidas, lo entiendo. Con lo de Sainz estamos los dos en el mismo barco, a ver si nos dicen de una vez cuándo es el juicio y si no quieren meter de por medio pertenencia a banda armada o alguna mierda por el estilo.
—Sí, a ver…

Hubo un breve silencio y Josu volvió al tema de sus soldados.

—Celaya me ha trasladado a Ander, un skinhead. Vamos, como todos los de Celaya, ése vendrá muy bien para repartir hostias.
—Ya te digo, la gente de Celaya reparte hostias como panes. Aunque Ander creo que es de los que menos, también es verdad.
—Sí. Luego, Chapa me ha pasado a Jonan. Y ya nada más. 6 soldados a mi cargo.

Eneko asintió, sacó un librillo de papeles, un cigarrillo, una piedra de hachís y un mechero, y comenzó a prepararse un porro.

—¿Y los nuevos, qué tal?
—El mío es un straight edge—respondió Josu—. Me llama la atención.
—Pues a buen sitio se ha ido a meter, ¿no? Si aquí en la Cosa Kostra todos nos ponemos ciegos a kalimotxo y porros, y la mitad se meten speed.
—Pues sí. Éste tiene las equis tatuadas en el brazo y todo, me imagino que lo llevará a rajatabla.
—No sé, nunca he entendido mucho de eso…
—Hombre, a ver, tiene sentido—puntualizó el capo—. Que además somos de Bilbao y eso lo ves. Está claro que la heroína en los 80 no se pudo extender tanto por casualidad, alguien con mucho poder tuvo que dejar que eso pasara. La heroína, por ejemplo, sí se usó para joder toda la revolución, y destrozar todos los entornos abertzales y punk y eso. Sólo digo que de ahí, yo tampoco pasaría a ser straight edge y decir que por fumarte un porro te vas a quedar tonto y ya no vas a poder luchar por tus derechos.
—Sí, eso es.
—Pero bueno, cada cual verá. Si él quiere ser straight edge, me parece perfecto. Además, se ha metido en la Cosa Kostra y seguro que se imaginará que muchos tomamos alcohol o porros, pero las prioridades son las prioridades, ¿sabes? Aunque tengamos posturas distintas en eso, tenemos muy claro cuál es el enemigo común y que hay que unirnos para actuar.
—Así se habla—comentó Osegi—. No me extraña que hayas llegado a capo.
—Está bien eso de unirse—añadió Eneko, ya liando el porro—. No sé, es que a veces tenemos éticas muy distintas. Por ejemplo, los veganos. Joder, yo he hablado con uno, y claro, algunos son totalmente antiespecistas y piensan que la vida de una vaca vale exactamente lo mismo que la de un humano… Entonces tiene que ser duro soportar estar al lado de gente como nosotros que nos encantan las hamburguesas, ¿no? O sea, es como si vieras a un colega tuyo matar a un chaval inocente porque sí. Si eres antiespecista, tiene que ser difícil juntarse con gente que no lo sea.
—Bueno, no sé, gente antiespecista así al 100 % tampoco hay mucha en la Cosa Kostra, ¿no? Yo sé que Maitane es vegana, he hablado con ella muchas veces, pero vamos, que si le planteas un dilema moral de asesinar a un niño o a una vaca, pues va a asesinar a la vaca. Una cosa es ser vegano y otra cosa es pensar que valen lo mismo una vaca y un humano, con todos sus sueños, ilusiones y demás.
—Pues precisamente creo que Haizea es de las que se lo jugaría a cara o cruz—apuntó Eneko—. Ahora que la vas a tener a tus órdenes, tenlo en cuenta.
—Sí, sí, Haizea sí lleva muy a rajatabla eso—confirmó Osegi.
—Lo tendré en cuenta, entonces.
—Yo alguna vez me he planteado hacerme vegano—comentó Eneko—. Si tienen bastante razón, no tenemos por qué hacer sufrir a nadie para alimentarnos bien. Pero, joder, me da una pereza… con lo que me molan las hamburguesas y un buen filete, renunciar a eso… buffff, no podría.
—Eso sí que no se lo puedes decir a ningún vegano. Es lo que más les jode del mundo, al menos a los que yo conozco. Prefieren a alguien que no tenga problema en comer animales antes que a alguien que entienda su postura pero no quiera volverse vegano por no renunciar a la carne. Hazme caso.

Eneko asintió en silencio, llevándose el porro a la boca. Lo encendió y le dio una primera calada.

—¿Y los tuyos nuevos, Asier? ¿Hay algún straight edge o vegano o algo?
—No, nada de eso. Pero da la casualidad de que aquí llega uno.

Un hombre de unos 30 años, con barba de varios días, se acercó a la mesa.

—Arratselde on, peña—dijo, estrechando la mano a todos, Osegi el primero.
—Éste es Carlos Zalbidea—le presentó el capo mientras Josu y Eneko le decían sus nombres—. Es colega de Luis, el soldado de Celaya. Un gran fichaje para nuestra familia.
—Eso espero—contestó él—. Llevo toda la puta vida esperando la oportunidad de devolver a esos cerdos todo el daño que nos han hecho.
—La tendrás. Venga, pide una caña y siéntate con nosotros.

El ertzaintza que se hacía llamar Carlos Zalbidea asintió, sonriendo. Los muchos meses de trabajo habían dado su fruto: por fin estaba infiltrado en la Cosa Kostra.


La avenida Zugazarte era una de las zonas más ricas de Las Arenas. Tres soldados de Iker Celaya paseando por allí, dos de ellos punks y el otro tirando hacia skinhead –aunque sin exagerar su indumentaria- no pasaban precisamente desapercibidos.

Mikel Amorrortu, Luis Andikoetxea y Kike Rodríguez caminaban por la amplia avenida, en silencio. Tenían un pago que conseguir: otro chaval de NNGG, otro niñato pijo de la cantera de los peperos.

No tardaron en localizarle; ya sabían que a esa hora solía pasear a su perro. Efectivamente, allí estaba, iluminado por las farolas. No había ningún otro peatón en la calle, aunque sí pasaban bastantes coches, yendo y viniendo del puerto deportivo. En todo caso, no era un lugar para aparcar ni para pararse: nadie les molestaría.

El joven les vio llegar y la expresión de su rostro cambió, aunque no hizo amago alguno de intentar huir. Aún no les tenía demasiado miedo, pensaba que eran sólo un puñado de matones desorganizados y prácticamente inofensivos: gran error.

Al grito de “¡¿Ahora qué, maricón?!” –insulto homófobo que algunos miembros de la Cosa Kostra aún no se habían acostumbrado a no usar-, Amorrortu dio el primer golpe, un fuerte puñetazo en su cara. Sorprendemtenete, el joven de NNGG no cayó. Al segundo golpe sí.

El perro se lanzó contra los soldados, dispuesto a defender a su amo hasta la muerte, pero antes de que pudiera hacer el menor daño, Kike lo agarró y lo arrojó a la urbanización cercana. Lo bueno de las urbanizaciones adineradas, pensó Kike, era que sus muros siempre eran muy altos; el perro quedó allí, ladrando, incapaz de llegar a su amo ni a los agresores.

Amorrortu y Andikoetxea comenzaron a golpear al joven en el suelo. Éste, incapaz de levantarse, encajaba las patadas entre gritos de dolor, amortiguados por perder el aliento cada vez que le alcanzaban en el estómago o en las costillas. Kike se unió a la paliza rápidamente, con certeros pisotones.

—¡Vándalos! ¡Hijos de puta!—gritó alguien desde una ventana. Los primeros vecinos, alertados por los gritos y ladridos, comenzaban a asomarse.
—¡Vámonos, éste ya ha aprendido a pagar cuando toca!—gritó Kike, retirándose y corriendo hacia el cercano parque de San José, donde podrían eludir fácilmente a los coches de policía.

Andikoetxea y Amorrortu salieron corriendo tras él. Cuando había dado algunos pasos, Amorrortu titubeó y se detuvo.

—¡Ya voy, un segundo!—gritó.

Y, cogiendo carrerilla, corrió desde donde estaba hasta el cuerpo semiinconsciente del joven de NNGG, que se retorcía en el suelo. Con todas sus fuerzas, descargó una patada sobre su cabeza. Amorrortu llevaba botas con puntera de metal: 900 gr de metal en cada puntera, para ser más exactos. Pudo sentir perfectamente cómo el cráneo del joven se rompía bajo su patada.


Después, abandonó definitivamente la zona, siguiendo a sus compañeros, mientras la sangre se extendía por la acera.

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