miércoles, 7 de septiembre de 2016

La clínica del dr. Baermann: La caída


8 de junio de 1934.

La noche era calurosa; los murciélagos revoloteaban tranquilamente bajo la luz de la luna. El dr. Baermann miraba por los ventanales de su despacho, sentado en la silla de ruedas. Hacía ya semanas que tenía dificultades para dormir, anticipando un momento que llegaría aquella noche.

A lo lejos, unas luces se veían por el único camino que conducía a la clínica. Pronto se apagaron, y Baermann supo que eso significaba que habían bajado de los coches. Se dirigían a la clínica.

Se deslizó lentamente hacia el armario situado en el otro extremo de su despacho. Lo abrió y extrajo una escopeta. Venían a por él, y lo sabía. Pero vendería cara su vida.

El resto de la clínica permanecía en el silencio de la noche. Ehrlich y Lustig hacían su ronda por la noche. Alguna de las enfermeras, probablemente Bernadette, también estaría haciendo su ronda. El resto del mundo estaría dormido, ignorando el peligro que se acercaba.

No tenían ni idea. Ni idea de los esfuerzos que Baermann había hecho por mantener aquella clínica y ocultarse de quienes pretendían arrebatársela. Los sobornos no habían bastado; asesinar recientemente al Reparador no había bastado. No, probablemente había sido cosa de Tausch. Seguro que tenía algún método para hacer llegar la información en caso de su muerte. Habría sido eso.

Ahora las autoridades sabían lo que ocurría en la clínica del dr. Baermann. Todos los experimentos ilegales, las torturas, el tráfico de órganos, los secuestros… todo había quedado expuesto.

La policía derribó la puerta y entraron, pistola en mano. Ehrlich estaba casualmente pasando por el vestíbulo, de modo que fue el primero al que vieron.

-¡Al suelo! ¡Al suelo!

El celador obedeció inmediatamente, temeroso de recibir una bala. Los policías se fueron desperdigando por la clínica mientras dos de ellos se quedaban en el vestíbulo para esposar a Ehrlich y llevárselo.

-¡Que todo el mundo permanezca en sus habitaciones! ¡Que nadie se mueva!

Friedman salió corriendo rápidamente de su habitación, aún en pijama. Tenía que escapar, y sabía cómo: el pasadizo secreto por el que entraban y salían mucho de sus sujetos. Sólo tenía que llegar al sótano y escapar por el pasadizo; por las escaleras no, probablemente las vigilaban, iría por el montacargas de la morgue.

Corrió por el pasillo, encontrándose al dr. Kleiber; ambos se miraron apenas durante un segundo y corrieron juntos, sin decir una palabra. Obviamente, habían tenido la misma idea.

Mientras, el primero de los policías entró en la habitación del dr. Wittgenstein, que no había sido tan rápido o tan valiente.

-¡Las manos detrás de la cabeza! ¡Ahora!-gritó. Otro policía se acercó para esposarle.

Escasos segundos después –y aún no había pasado un minuto desde la irrupción-, uno de los policías abrió la puerta del despacho del dr. Baermann. Últimamente había tenido algunos problemas en el trabajo, y le pareció que ser él quien detuviera al cerebro de la operación le facilitaría las cosas. Nunca debió hacerlo.

Apenas movió la puerta, antes de poder ver nada, Baermann, apostado tras su escritorio, disparó con su escopeta. El disparo alcanzó de lleno en el vientre al joven policía, que cayó al suelo con un terrible dolor.

-¡Disparos! ¡Preparaos!
-¡Han abatido a Blumer!

Los policías redoblaron la precaución, asiendo firmemente sus pistolas.

Bernadette, que estaba atendiendo a un paciente, salió al pasillo para ver qué era todo aquel escándalo. Una pareja de policías, que estaban rastreando las habitaciones de los sujetos, la vio al momento y la ordenó tirarse al suelo. La enfermera obedeció, estupefacta, y se dejó esposar.

Gretchen tuvo más suerte que su compañera. Ella se levantó de su habitación y echó a correr, asustada, sin saber muy bien hacia dónde. A los pocos segundos, se encontró con Lustig, que se dirigía hacia el montacargas al fondo de la clínica.

-¡Por aquí!-le gritó el celador, y la enfermera obedeció sin pensarlo.

Mientras tanto, la mayoría de policías estaban apostados en torno al despacho del dr. Baermann. El policía herido agonizaba en el suelo, consciente de que nada podría salvarle ya. Sus manos intentaban tapar la enorme herida, y podía notar el tacto de sus tripas saliéndose, lubricadas por la sangre. Estaba muriendo y lo sabía.

Otra pareja de policías terminó de despejar las habitaciones de los médicos. Sorprendieron al dr. Schoenherr intentando escapar, con evidente retraso; pero la avanzada edad del doctor no le permitía correr más rápido.

-¡Quieto! ¡Quieto o disparamos!-ordenó uno de los policías. Schoenherr obedeció y le esposaron.

Ya lejos de allí, Kleiber y Friedman llegaron por fin al montacargas. Estaba en el sótano; Friedman apretó rápidamente el botón que lo haría ascender, consciente de que cada segundo contaba.

En aquel momento, Lustig y Gretchen llegaron también corriendo. Los cuatro se miraron en silencio y asintieron. El montacargas continuaba subiendo, demasiado lento.

La mayoría de policías, por suerte, estaban apostados en torno al despacho de Baermann. Uno hizo cierto amago de asomarse y el director disparó. Un pedazo del marco de la puerta voló, reducido a astillas que cayeron sobre el charco de sangre que dejaba el policía herido.

El montacargas llegó por fin arriba. Aubrey apareció corriendo.

-¡Esperadme!-gritó.

Los cuatro ya estaban metiéndose en el montacargas. Entonces, otra pareja de policías apareció en dirección contraria a Aubrey.

-¡Quietos! ¡Todos quietos!-ordenaron.

Con un rápido movimiento, Lustig agarró a Aubrey y, aprovechando el movimiento que ya llevaba ella al correr, la arrojó contra los dos policías. Apartaron las pistolas para no herir a la enfermera y recibieron de lleno el impacto, cayendo ambos al suelo.

Friedman, Kleiber, Lustig y Gretchen ya estaban dentro del montacargas. Las puertas se cerraron y comenzó a bajar.

Nadie se molestaría en perseguirles. La acción, por supuesto, se centraba en el despacho del dr. Baermann. Los policías apenas podían asomarse, estando el director atrincherado como estaba. Abrieron fuego a ciegas en más de una ocasión, pero no acertaron a su blanco. El policía herido en el suelo ya había perdido la consciencia, si no estaba ya muerto.

En cuanto las puertas del montacargas se abrieron en el sótano, Friedman fue el primero en salir. Se dirigió a un armario pegado a la pared, lo abrió y retiró apresuradamente todos los medicamentos, tirándolos al suelo. Tras esto, metió los dedos por un resquicio en el fondo del armario y estiró, levantando todo un falso fondo de una sola pieza de madera tras el cual había un agujero excavado en la pared del sótano.

-Vamos, rápido, joder, antes de que alguien note algo-murmuró.

Los otros tres obedecieron rápidamente y entraron en un estrecho túnel. Friedman entró el último, cerrando la puerta del armario y colocando de nuevo el falso fondo.

Baermann disparó una vez más con su escopeta, alcanzando esta vez la pistola que uno de los policías había asomado y tirándosela, aunque sin herirle en la mano. Justo entonces, antes de que tuviera tiempo de recargar, otro policía se asomó, expuesto completamente, se tomó un segundo para apuntar y disparó.

Con el escritorio cubriéndole, lo lógico fue apuntar a la cabeza. Falló, le pareció que le había acertado en el hombro, tal vez en el cuello. En cualquier caso, Baermann emitió un grito de dolor y el policía volvió a refugiarse.

Mientras, Lustig, Friedman, Kleiber y Gretchen ya habían llegado al final del pasadizo. Lustig empujó una trampilla y salieron a la superficie, en el bosque tras la clínica. Concretamente, debajo de una gruesa raíz de árbol, en una trampilla completamente camuflada con tierra y hojas secas.

El celador cerró la trampilla de nuevo, y la cerradura hizo un chasquido. Aquella trampilla era unidireccional; no se podía abrir desde fuera. Una medida de seguridad lógica, ya que además la salida estaba fuera de los terrenos de la clínica.

-Aquí nos separamos-dijo Friedman con voz tranquila, aunque más bien pareciera que estaba dando una orden-. Es casi imposible que nos encuentren en este bosque por la noche, pero por si acaso, será mejor que tomemos cuatro caminos diferentes. Así hay muchas más posibilidades de que salgamos sanos y salvos.
-Pero… ¿a dónde vamos a ir?-preguntó Gretchen, asustada.
-No lo sé. Vete a otro país, consigue un documento de identidad falso, haz lo que quieras. Es problema tuyo.

Y, sin mediar ni una palabra más, Friedman se perdió en la oscuridad.

Uno de los policías se asomó una vez más a disparar. Baermann disparó la escopeta, errando el disparo, y el policía se escondió rápidamente. Tal vez estuviera herido, pero el director de la clínica todavía iba a pelear durante unos cuantos minutos.

Kleiber corría por el bosque. Todos los árboles le parecían iguales. Estaba seguro de estar dando vueltas en círculos. ¿Tendrían Friedman, Lustig y Gretchen los mismos problemas que él? Ni siquiera sabía hacia dónde se suponía que tenía que correr.

Vale, pensó, habría que calmarse. Es todo ciencia, los seres humanos no son capaces de caminar en linea recta durante largas distancias si no tienen un punto de referencia. Kleiber había estudiado aquello en la universidad. El cielo se había nublado y no se veía la luna, ni una sola estrella. No había punto de referencia posible. Tendría, entonces, que tentar a la suerte. Con calma, sin desconcentrarse, caminando siempre en la misma dirección… de todos modos, pronto amanecería. ¿Y el musgo? Tal vez podría usar el musgo como referencia. El musgo es más abundante en el lado norte de árboles y piedras. 

Sí. Kleiber comenzó a caminar orientándose por el musgo. Su mirada permanecía fija en el suelo, contemplando cada roca. Entonces, algo se abalanzó sobre él y notó un intenso dolor en el cuello. La sangre cálida se empezó a desparramar. Le estaban desgarrando la garganta. ¿Qué era aquello? ¿Algún animal? ¿Iba a morir devorado por un lobo salvaje?

Intentando taparse la herida, el doctor giró sobre sí mismo. La visión le dejó helado. Era un vampiro. Era el vampiro que él mismo había creado dos años atrás. ¿Había sobrevivido todo aquel tiempo en el bosque, bebiendo sangre? ¿Cómo? Aquello era imposible… no podía ser…

El vampiro se abalanzó de nuevo sobre el otro lado de su cuello, arrancando la carne y masticándola con ansia. Kleiber empezó a ver todo negro y notó que su consciencia le abandonaba.

Baermann disparó, fallando nuevamente el tiro. Aprovechando que recargaba, uno de los policías se asomó, apuntó y disparó, acertando esta vez en pleno pecho. La fuerza del impacto hizo retroceder la silla de ruedas del dr. Baermann, que perdió así la ventaja de estar atrincherado tras el escritorio, y fue lanzado contra los ventanales.

Otros dos policías se asomaron, listos para apoyar a su compañero. Lo que vieron fue al director de la clínica, aún con un agujero en el pecho, juntando todas sus fuerzas para disparar una vez más.

Los policías abrieron fuego y una lluvia de balas cayó sobre Baermann, que atravesó los ventanales y cayó desde el segundo piso.

La clínica estaba asegurada. Su director yacía en el suelo en un charco de sangre. El dolor había acabado por fin.

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