miércoles, 14 de septiembre de 2016

La Cosa Kostra: Capítulo XIV


Un poco de ceniza cayó sobre la barba de Josu. Cristina rió y se la sacudió.

Los jóvenes estaban desnudos, tendidos en la cama del pequeño piso de alquiler de Josu. Llevaba tiempo intentando mudarse, tal vez su nuevo sueldo de capo le ayudaría. El joven fumaba un cigarrillo después del sexo, para cumplir el tópico, tumbado boca arriba, con la vista perdida en el techo.

—Dentro de dos semanas es el cumpleaños de Hernández—dijo sin venir a cuento, como recordándolo de pronto—. Tendré que pensar un regalo. Los soldados vale, pero los capos tendremos que hacerle un regalo sí o sí, eso lo sabe cualquiera que haya visto una peli de la mafia.
—Pensaba que el evento importante era cuando se casaba su hija.
—Sí, bueno, pero ése es para pedirle favores, y ya molaría, ¿eh? Que no tiene una hija ni intención de tenerla, que yo sepa, pero bueno… soy fan de El Padrino. “Pides sin respeto, no como un amigo, ni siquiera me llamas padrino. En cambio vienes a mi casa el día de la boda de mi hija a pedirme que mate por dinero”—recitó Josu imitando la voz de Marlon Brando.
—¿Qué le vas a regalar?
—No tengo ni idea. ¿Qué crees que le gustará?
—Bueno, seguimos llevando rollo de perroflautas, ¿no? Vamos, que no hace falta que le regales nada caro ni nada de eso. Píllale una cami de alguna movida antifascista o algo así.
—Hmm, no sé. Viste un poco perroflauta cuando está con nosotros, pero cuando tiene que actuar como político de Cambio y eso, tiene que llevar ropa formal. Igual la ropa formal funcionaría mejor. En mayo son las municipales, supongo que Hernández conseguirá un puesto, ¿no?
—Debería. Podemos se está llevando muchos votos, pero desde la izquierda radical les llaman revisionistas. Supongo que Cambio podrá llevarse los votos de la izquierda radical, ¿no?
—Puede ser. Sí, tal vez.

Cristina agarró una de las almohadas y le golpeó. Josu consiguió salvar su cigarrillo y rió.

—¿Cómo que tal vez?—preguntó la joven—¡Tú eres capo, tienes que entender de estas cosas! ¡A la que le da igual la política es a mí, que sólo quiero partirle la cara a fachas!
—Sí… sí, tienes razón. Debería preocuparme más de estas cosas. Estoy leyendo El estado y la revolución, de Lenin. Es cojonudo, aunque no me va a servir mucho para aplicarlo a España en 2014… Pero estoy de acuerdo contigo en que partirle la cara a fachas es la parte más divertida de mi trabajo.
—Sí…

Hubo unos segundos en silencio. Josu le dio los últimos tiros a su cigarrillo, mientras Cris le miraba a sólo unos centímetros de distancia, reflexionando.

—Josu—dijo finalmente.
—¿Sí?
—¿Qué va a pasar con lo de Amorrortu? Nos van a joder bien, ¿verdad?

El capo suspiró y se estiró hasta el cenicero.

—No lo sé. Nunca hay que creer a los zipaios con estas cosas. Le han dicho que tienen un video suyo, pero todavía no se lo han enseñado. Podría ser mentira.
—Entonces, ¿se va a librar?
—No, no lo creo. Les conviene demasiado que vaya a la cárcel, y está claro que le van a acusar de pertenencia a banda armada, o terrorismo, o lo que sea. Pero van a actuar dando por hecho que es de la Cosa Kostra, y no le va a servir de nada negar eso, porque el muerto puso una denuncia unas semanas antes diciendo que la Cosa Kostra le iba a extorsionar.
—¿Pero nos van a tratar como etarras ya a todos? Que tú también tienes un juicio pendiente, Josu.
—No sé. No tengo ni idea. Lo que sí parece ser verdad es que le han visto sólo a él, deben de haberlo grabado o mirado cuando los otros dos ya se habían ido… sino no se entiende que hayan pillado sólo a Amorrortu.
—¿Puede ser por la cresta? Da mucho la nota. ¿Y cómo sabían dónde vivía y todo?
—Parece que nos vigilan más de lo que yo creía, Cris. Es jodido. Nos hemos acostumbrado a ver secretas enfrente de la lonja de Erandio, y alguna vez por el Gudari o por la sede de Romo, pero parece que también vigilan nuestros domicilios. No lo sé. Hace unas semanas vi a un pavo sospechoso enfrente de mi casa, apartó la mirada y se dio media vuelta en cuanto le miré. Durante unos segundos pensé que era secreta, luego lo dejé en que sería una paranoia mía… pero ahora ya no estoy tan seguro. Igual sí nos vigilan mucho. Tenemos que tener cuidado.

La joven asintió en silencio y abrazó al capo, acurrucándose junto a él.


La cresta de Amorrortu, ahora sin gomina, colgaba lacia, como reflejo de su estado de ánimo. La ropa, en cambio, seguía siendo la misma de siempre: después de ver tantas series estadounidenses, Amorrortu ya no tenía claro si en España se usaba el uniforme naranja o no, y le había alegrado comprobar que podía llevar la ropa que quisiera –exceptuando, por supuesto, las botas con puntera de metal que le habían metido allí—.

Agradeció especialmente poder vestir a su manera cuando un hombre de unos 30 años, melena y larga barba rubia, le llamó para que se sentara a su lado en el comedor. Era bueno poder ser identificado fácilmente.

—Eres Amorrortu, ¿no?—le dijo el hombre, tendiéndole la mano—Soy Maguregui, de la familia de Navarra.
—Encantado—el recién llegado le estrechó la mano—. Ya oí lo vuestro, una putada. Por lo menos estaréis todos juntos en la cárcel, ¿no?
—Qué va, ya nos gustaría. No, nos aplican la misma política de dispersión que a los etarras, estamos repartidos por toda España. Hablando de eso…

Maguregui señaló con la cabeza al otro hombre que estaba sentado en la mesa, enfrente de ellos, que parecía estar esperando a intervenir en la conversación.

—Éste es Juanma, de ETA. Está pagando 16 años por atentado con coche bomba.
—Zer moduz?—saludó el etarra, estrechando la mano de Amorrortu.
—Supongo que somos la cuadrilla antisistema de este antro.
—Sí, sólo estamos nosotros—confirmó Maguregui—. Así que, aunque tengamos alguna que otra diferencia ideológica, tenemos que unirnos. Somos nosotros o ellos, camarada.

Amorrortu asintió en silencio.

—Yo estuve en Segi con Aitor Etxebarria—dijo Juanma, dirigiéndose al punk.
—No le conozco—respondió éste, confuso.
—Creo que su hermano estaba en la Cosa Kostra de Bizkaia, no me acuerdo como se llamaba.
—Etxebarria… ¡Ah, claro, hostia!—Amorrortu miró a los lados para asegurarse de que nadie estaba atento a su conversación—El hermano de Josu, ¿no?
—Sí, Josu, eso es.
—Josu ascendió a capo hace un mes o así. Ahora es uno de los 5 capos, sólo obedece órdenes del don y tiene a su cargo 6 ó 7 soldados.
—Así me gusta—sonrió Juanma—. ¿Aitor lo sabe?
—Ni idea.
—Le encantará saberlo. Ya sabía yo que los Etxebarria llegarían lejos.
—Te mola entonces lo de la Cosa Kostra, ¿no?—bromeó Amorrortu.
—Bueno, el nombre es una mierda, pero está bien. A ver, en mis tiempos si había que pegarle una paliza a un facha se la pegábamos de la misma, sin soldados ni capos ni dones ni hostias, nos juntábamos unos colegas y le partíamos la cara. Pero bueno, oye, si encima sacáis un dinerillo con esto y os ganáis la vida, pues que os quiten lo bailao’, ¿no? “Impuesto revolucionario”, le llamábamos nosotros a eso.


—Zorionaaaaaaak zuriiiiiiiii, zorionaaaaaaaak zuriiiiiiiii, zorionaaaaaaaak, padrinooooooo, zorionaaaaaaak zuriiiiiiiii—canturreaban entre risas.

El Gudari estaba lleno a rebosar: todos habían visto suficientes películas de mafiosos como para saber que sería una falta de respeto no presentarse al cumpleaños del jefe.

Los regalos se iban sucediendo: un puñal de acero toledano ornamentado, una biografía de Buenaventura Durruti, un reloj, la serie completa de Los Soprano en DVD, un perfume, un sello con las letras CK grabadas para añadir a su amplia colección de anillos… Josu finalmente había optado por regalarle un traje elegante.

Hernández estaría muy ocupado. Los regalos, felicitaciones y buenos deseos se iban sucediendo sobre él.

A pocos metros de él, Inés Chapa explicaba a Adri, uno de sus soldados, la situación en Madrid.

—…están que no paran, entre los neonazis ucranianos que atacaron la Complutense la semana pasada, los del hogar social de Tetuán… la familia de Madrid tiene mucho más trabajo que nosotros.

Disimuladamente, mientras sostenía su vaso, Carlos Zalbidea escuchaba la conversación y recopilaba información. Estaba siendo una infiltración muy provechosa.

—No, joder—comentaba Celaya a uno de sus soldados—. Non Servium es el grupo, “non serviam” es “no serviré”, la frase que le dijo Lucifer a Dios antes de que le expulsara del Paraíso. Yo tengo tatuado “non serviam”.
—Pero entonces, ¿qué significa Non Servium?—preguntaba el otro, intentando aclarar de una vez por todas una duda que siempre le había corroído.
—Nada, es un fallo ortográfico, querían llamarse Non Serviam. Supongo que ya es tarde para cambiarlo.

Por su parte, Juan González abandonaba ya el Gudari. No se caracterizaba precisamente por ser muy sociable, aunque desde luego, era un capo muy eficaz. Su hijo, Kepa, sí permanecía en la fiesta, bromeando con Maitane.

—Creo que deberíamos aprovechar para pillar un buen ciego—decía—. Míralo así: un cubata a la salud del cumpleaños del don. Otro para celebrar la muerte de Emilio Botín. Otro para celebrar la muerte de Isidoro Álvarez. Otro…

Josu y Cristina se abrazaban en una esquina. Demasiado empalagosos, pensó Osegi, que hacía ya tiempo que les había dejado solos y estaba hablando con Andikoetxea, escuchando de primera mano los detalles de la paliza al miembro de NNGG que tan cara les había costado.

—Tómate un kalimotxo aunque sea, joder, que por un kalimotxo no te vas a caer al suelo—dijo Eneko ofreciéndole un vaso a Sergio Martín, que estaba junto a la puerta, cumpliendo su labor de encargarse de la seguridad.

Jon Ibarra, por su parte, estaba conversando con Jonan y con Haizea, dos de los soldados que ahora estaban al cargo de Josu.

—¿Y lo de Rodrigo Rato?—comentaba—¿Habéis visto los gastos de su tarjeta? 460 € diarios en clubs. Vamos, en putas, porque sino tú me dirás qué puede ser tan caro en un club.
—Serían visitas a su madre—bromeó Jonan.

Inés terminó de hablar con Adri y se encaminó hacia Hernández, que parecía ya menos ocupado.

—Puedo hablar contigo, ¿don? ¿Te beso el anillo ése de la Cosa Kostra tan guapo que te han regalado?—bromeó apoyándole el brazo en el hombro.
—No hará falta por el momento. Mira Stalin cómo empezó con el culto a la personalidad y ahora está el mundo lleno de troskos, por algo será. Dime.
—Estábamos pensando en ampliar un poco nuestra red de informadores y pagar a los que nos consigan cierta información, igual que pagamos a los gitanos de Erandio para que nos protejan la lonja.
—Dependerá de cuánto dinero estemos hablando. Cuéntame más.
—Bueno, si no hay dinero ahora, igual podríamos esperar a las municipales, que es cuando vamos a tener más dinero. Estaba pensando en pagar a unos cuantos de los del top manta.
—¿Top manta? ¿Crees que puede funcionar?
—Bueno, lo primero, como buenos izquierdistas que somos, deberíamos preocuparnos de quien menos dinero tenga. Esa gente apenas tiene para sobrevivir, si les damos una ayuda económica estaremos cumpliendo uno de los objetivos principales de la Cosa Kostra. Peeero además pensamos que pueden ser los mejores espías. Piénsalo, nadie se fija en ellos, actúan como si no existieran. Pueden pasearse por las terrazas de las cafeterías pijas ofreciendo discos, cinturones, bolsos o lo que sea y oír todo lo que comenten los fachillas. Ellos seguirán hablando tan tranquilo aunque tengan a los del top manta al lado.
—Hmmm… suena bien, Inés, suena bien. ¿Os encargáis tú y tus soldados?
—Si quieres.
—Perfecto. ¿Me traes un presupuesto para el lunes?
—Ongi, ¿estarás en la sede de Romo?
—De 9 a 1.

—Para el lunes lo tendrás.

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