miércoles, 7 de diciembre de 2016

La Cosa Kostra: Capítulo XVII


—Iker Celaya, nacido el 13 de junio de 1985. ¿29 años, entonces? Eso para lo habitual en perroflautas ya es estar viejo, ¿no?

El capo permaneció en completo silencio, esposado a la silla como estaba. Los dos policías le miraban con evidente odio: parece que no iba a haber poli bueno y poli malo.

—Antecedentes: dos multas por llevar navajas por la calle, una en 2005 y otra en 2012. En 2007 te detuvieron por disturbios en una manifestación y te soltaron con cargos. En 2010 estuviste unas semanas en arresto domiciliario por darle una paliza a un chaval que celebraba la victoria de España en el Mundial. Menos mal que vosotros sois los buenos, ¿no?
—Sólo le di un tortazo para que espabilara—respondió Celaya—. Luego él empezó una pelea, y perdió.
—Un tortazo para que espabilara, ¿eh? ¿Y eso funciona? A ver, a ver si funciona.

Uno de los policías se acercó a Celaya y le abofeteó.

—Pues no sé, yo te veo igual.
—En mayo de 2011, te presentaste a las elecciones municipales de Erandio como concejal de Cambio—continuó el otro policía, como si nada hubiera pasado—. No lo conseguiste. 10 concejales del PNV, 5 del PSOE, 4 de Bildu, 2 del PP. Aralar, Izquierda Unida y Cambio os quedasteis sin concejal.
—Una pena—apuntó el primer policía—. Igual lo hubieras conseguido en las del año que viene si no estuvierais ilegalizados, ¿eh?
—En 2011 pensábamos que lo de la Cosa Kostra era coña, con esa mierda de nombre y tal. Pero había un hecho indiscutible: por todo España se estaban poniendo denuncias por extorsión, y se llamase como se llamase, estaba claro que había una nueva organización criminal.
—Sospechosamente cercana a Cambio.
—Muy cercana a Cambio, sí. Tanto que nos pusimos a investigar a todos y cada uno de los políticos de Cambio, tú incluido.
—Y entonces nos enteramos de que eras un capo.

Celaya rió brevemente.

—Habéis visto muchas películas de mafiosos. Eso de la Cosa Kostra es una gilipollez como una casa, se lo habrá inventado Hermann Tertsch o alguno de ésos.
—Sabemos que eres un capo de la Cosa Kostra—prosiguió el policía—. Tu jefe es Aitor Hernández. El guardaespaldas de Hernández es Sergio Martín. Otro de los capos es Juan González. ¿Qué más puedes decirnos?
—Que tenéis mucha imaginación—replicó el capo.
Mikel Amorrortu, detenido el 21 de septiembre por homicidio, él y dos hombres más no identificados apalearon a un adolescente hasta la muerte. Le hemos visto contigo. ¿Trabajaba para ti? ¿Fuiste tú el que ordenaste la paliza a ese chaval?

No hubo respuesta alguna. Uno de los policías suspiró.

—Parece que has opuesto mucha resistencia en tu detención. Te han tenido que golpear para inmovilizarte.

Acto seguido, propinó un fuerte rodillazo en la cara al capo.


Carlos, Alazne y Sidorenko, tres de los soldados de Osegi, se encontraban agazapados tras unos arbustos. Era de noche, y comenzaba a refrescar. La carretera frente a la que se encontraban estaba vacía.

Oyeron unos pasos a su espalda, silenciosos. Kike, uno de los soldados de Celaya, llegó y se agachó junto a ellos.

—Bien, ya se acerca. Poneos los pasamontañas.

Los soldados asintieron en silencio. El golpe, al fin y al cabo, había sido idea suya; sin embargo, les faltaba un soldado lo bastante peligroso como para llevarlo a cabo. Dado que Maitane había tenido que ir a visitar a su madre, que ahora vivía sola, Osegi había pedido a Celaya a uno de sus soldados, a cambio de llevarse un 50 % de lo que sacaran.

Kike acababa de regresar de Madrid, junto al resto de detenidos en la manifestación, incluido el propio Celaya. Eso no le impidió participar. De modo que él llevaba la pistola –una de las que encontraron en el zulo etarra— y corría la mayor parte del riesgo, mientras los tres soldados de Osegi le apoyaban.

—¿Qué haremos con esto?—susurró Carlos—¿Dónde lo podemos vender?
—No lo venderemos. Nos quedaremos con lo más caro para nosotros y para regalar a nuestros familiares y amigos en fechas especiales. El resto se lo daremos a los pobres—respondió Alazne, la principal creadora de la idea.
—Ah, pensaba que lo venderíamos. Así sacamos muy poco beneficio, ¿no?
—Sí. Sacamos poco beneficio para nosotros, pero les daremos a mucha gente algo con lo que vestirse: y además, lanzamos un mensaje. Está claro, somos la Cosa Kostra, hemos atracado un camión de reparto de Inditex, no es casualidad. Sabrán que lo hemos hecho porque son unos cabrones explotadores de niños, a los que pagan una puta miseria por tenerles esclavizados en condiciones inhumanas.

Carlos Zalbidea asintió en silencio. Los cuatro se pusieron en medio de la carretera. El camión se fue acercando y disminuyendo la velocidad poco a poco hasta detenerse.

—¿Qué coño es esto?—preguntó el conductor, abriendo la ventanilla—¿Es una broma de ésas de cámara oculta o qué?

Sin mediar palabra, Kike se incorporó a la puerta y le mostró la pistola.

—Bájate. Ahora.

El transportista hizo amago de decir algo más, pero al final calló y obedeció. Kike le tendió un billete de 20 €.

—Toma, quédate esto. No es mucho, pero para compensar las molestas que te hayamos podido causar. Tómate unas birras o algo.

Mientras, los tres soldados de Osegi fueron a la parte trasera del camión y comenzaron a descargar ropa y transportarla al coche, escondido tras unos árboles a unos treinta metros de distancia.


La noche en el Gudari transcurría tranquila, como era habitual. El bar estaba vacío excepto por Mikel, en la barra, y Josu e Inés, que charlaban tranquilamente; llevaban tiempo sin verse, y la comunicación entre capos siempre era positiva.

—Pues las encuestas dan a Podemos como primer partido en intención directa de voto—comentaba Inés—. Imagínate que al final terminamos con un gobierno de extrema izquierda, ¿y qué haríamos nosotros? La gracia es ir contra el sistema, joder.
—Bueno, imagínate que Podemos nos diera cobertura legal, como con la Mafia real. Tratos con la policía y eso. Sería mucho mejor, ¿no?
—Hombre, no sé. Yo no me imagino colaborando con la policía, la verdad. Son los mismos que nos detienen ahora sirviendo al capitalismo.

Josu asintió y bebió un trago de su caña.

—¿Sabes que a un colega mío, militante de Gazte Libertarioak, creo, le detuvieron los picoletos la semana pasada? En lo de la Operación Araña 2.
—¿Lo de internet?
—Ésa, sí.
—Qué cabrones.
—Ya ves. El tweet que enseñaron era algo así como “alternativas al bipartidismo: una bomba en el coche oficial de Rajoy y otra en el de Rubalcaba”. Que digo yo, ¿cómo coño podrá ser eso enaltecimiento del terrorismo? Si no enaltece nada. Que poner bombas es una alternativa al bipartidismo es indiscutible. Te puede gustar o no, pero es verdad que es una alternativa, y el tweet sólo decía eso, no decía “sería buena idea” o “me gustaría poner bombas”, no.
—Si es que lo de la Operación Araña, esto, son órdenes directas del Ministerio de Interior, fijo. Ahí, además de ser cabrones, ni conocen las leyes, ellos mandan detener a todo el que piense distinto y ya está. Vaya malnacidos. ¿Y a ti qué tal te va?
—El juicio es en abril—repuso Josu, encogiéndose de hombros—. No me preocupa mucho. La que nos pueden liar por las armas de fuego ya me preocupa más.
—¿Cómo va el asunto? Hernández me dio una pistola ayer, sin darme muchos detalles.
—Amorrortu nos pasó la ubicación del segundo zulo, el domingo fueron Celaya y los suyos. No sé qué armas encontraron exactamente; Hernández, Celaya y Osegi se han quedado la mayor parte. A mí me dieron un subfusil ayer. La idea ahora es dispersar las armas lo máximo posible: Osegi tiene unas cuantas en su lonja en Romo, donde planta marihuana, y Celaya tiene otras vete a saber dónde. No sé qué habrá sido de las demás, y mejor no saberlo: cuanta menos comunicación haya, mejor.
—Sí, sí. Que sino, luego empiezan las torturas y la peña se va de la lengua.

Entonces la puerta del bar se abrió con un golpe fuerte. Josu e Inés se giraron y vieron a entrar a un joven de unos 22-23 años, embutido en cuero negro, con una cresta verde sobre su cabeza y docenas de aros colgando de las orejas. Era Spank, uno de los soldados de Celaya; apenas le conocían de vista. Caminó hacia ellos muy agitado.

—Joder, ¿os habéis enterado ya?—dijo, al tiempo que golpeaba la barra varias veces—Ponme un chupito de vodka, Mikel—Joder, yo se lo acabo de contar a Hernández y no lo sabía. Mierda, qué marrón, tenía que haberse enterado por Celaya, pero Celaya no sé qué hostias andaba haciendo y además se ha enterado después de mí, así que no sé, joder. Joder. Joder…
—A ver, Spank, cálmate—dijo Inés poniéndole una mano en el hombro—. ¿Qué pasa?
—Luis—repuso el soldado, vaciando el chupito en su boca—. Luis Andikoetxea, uno de nuestros mejores soldados.
—Sí, le conozco…
—Ha muerto esta tarde. De sobredosis.
—Mierda.


Se hizo el silencio en el Gudari. Mikel fue preparando una ronda entera de chupitos.

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