miércoles, 25 de enero de 2017

La Cosa Kostra: Capítulo XVIII


Hernández tenía apoyados los codos sobre la mesa, estudiando los documentos de la trastienda de lo que antes era la sede de Cambio en Romo, ahora una lonja vacía. Al otro extremo se encontraban Osegi y Alazne.

—Pobre hombre—comentó Osegi mientras se liaba un porro—. Yo no le conocía mucho, pero joder, siempre me hablaban de él. Y yo le respetaba, porque estuvo metido en casi todas las movidas más importantes que hemos hecho últimamente.
—Estuvo en la paliza a los nazis, ¿no?—preguntó Alazne—Me acuerdo porque me contaron que le dieron un navajazo en el brazo.
—En la paliza a los nazis, sí. Y en el robo al chalé. Y en la paliza al tío de las NNGG por la que arrestaron a Amorrortu. Eso es lo más jodido de cara a organizarnos, ¿no, jefe?
—Sí—asintió Hernández, sin apartar la vista de los papeles y ligeramente irritado por no poder concentrarse en ellos—. Con Amorrortu preso y Andikoetxea muerto, el grupo de Celaya queda cojo. Ha perdido a sus dos mejores soldados.

Osegi asintió en silencio y se encendió su porro. Alazne le hizo un gesto para indicar que le dejara la chusta. Los siguientes minutos transcurrieron en un silencio interrumpido sólo por el teclear de Hernández en una calculadora. Entonces, una alerta de Whatsapp en el móvil de Osegi lo interrumpió del todo.

—Perdón, pensaba que lo tenía en silencio—comentó, sacando el móvil.

Leyó el mensaje en silencio y su expresión se fue tornando amarga.

—Mierda… me parece que el grupo de Celaya va a quedar más cojo todavía—dijo, mostrando la pantalla a Hernández.

Era un mensaje de June, soldado de Celaya. Había distribuido alguna vez la marihuana de Osegi, de ahí que tuviera su número. Decía “acaban de detener a kike, avisa al don”.

—Mierda—dijo inmediatamente Hernández—. ¿No se sabe por qué le han detenido?
—Ahora le pregun…

Entonces, la puerta de la trastienda cayó hecha astillas. Tres policías con pasamontañas entraron gritando, apuntándoles con sus pistolas.

—¡Al suelo! ¡Al suelo todos!

Soldado, capo y don obedecieron. Uno de los policías dio instrucciones para cachearles, mientras sacaba las esposas y ordenaba a otro vigilar.

—Alazne Otero, ¿no?—preguntó a continuación. La soldado asintió desde el suelo—Estás detenida por robo con amenazas y pertenencia a banda armada.


Hernández dio una calada al cigarrillo. Los papeles se amontonaban en la lonja de Erandio; habría que empezar a escribir muchos de nuevo, y cambiar las rutas, ya que la Ertzaintza se había quedado con los que encontró en la trastienda de la antigua sede de Romo. Por suerte, no todos los datos eran muy concretos; pero, de todas formas, había que suponer que conocían buena parte de las rutas de extorsión.

Sentado en otro de los sofás estaba Osegi. Él también estaba colaborando con Hernández para calcular las nuevas rutas de los soldados, hasta que llamaron a la puerta. Era la persona que estaban esperando.

—Pasa—dijo el don, al tiempo que apagaba el cigarrillo en el cenicero.

Carlos Zalbidea entró con paso tranquilo.

—Buenos días, capo, padrino.
—Eres consciente de que la has cagado al mover ficha antes de tiempo—respondió simplemente Hernández—. Supongo que no eres tan gilipollas. ¿Han sido órdenes de arriba?
—¿Perdón?
—No jodas, no puedes empezar a disimular ahora cuando han detenido a Kike, Alazne y Sidorenko y te han dejado libre a ti. Está claro que eres un topo de la Ertzaintza. Lo curioso es que hayas movido ficha tan rápido cuando podrías haber recopilado mucha más información; imagino que son órdenes desde arriba y bastante mal dadas. Pero supongo que por motivos políticos era el momento adecuado para anunciar el arresto de tres miembros de la Cosa Kostra.

Zalbidea abrió la boca para contestar, pero se lo pensó mejor y esgrimió una sonrisa burlona. Sí, era evidente que no tenía coartada posible, le habrían investigado ya lo bastante.

—Entonces, ¿me vais a matar aquí mismo por haber violado la omertà?
—¿Omertà? Tú has visto muchas películas—repuso al momento Osegi.
—Hice ese juramento al entrar. “Nunca traicionarás los secretos de la Cosa Kostra. La violación de esta ley significa la muerte, sin juicio o advertencia.” Eso fue lo que nos dijiste, Hernández. ¿Recuerdas, Osegi? Tú también estabas presente.
—Es una dramatización. Una forma de adaptar teatralmente los rituales sicilianos. Pura ficción. Nosotros no asesinamos a nadie.
—¿Así que eso es todo? ¿Me expulsáis y ya está?
—Sí, eso es todo. No vuelvas por aquí. Que te jodan.

Zalbidea dio media vuelta y se fue.


Josu entró en el Gudari. Era ya diciembre, pero no hacía demasiado frío, de modo que sólo llevaba una sudadera de Bizardunak por encima de la camiseta. Osegi, Maitane e Inés estaban reunidos en una mesa; Koldo y June, soldados de Celaya, estaban en otra, aunque las conversaciones se entremezclaban ocasionalmente.

June era una chica de unos 22-23 años, baja y gordita; contrastaba con la gran altura de Koldo, que casi llegaba a los dos metros, y tenía el rostro cubierto por una espesa barba. Koldo le estaba narrando la detención de Celaya en la manifestación de Madrid, tres semanas atrás.

—Yo creo que hubiera podido escapar de no haberse descojonado de la vieja facha a la que le abrieron la cabeza. Joder, es que fue gracioso, ella insultándonos a los manifestantes y viene un antidisturbios y la tumba confundiéndola con uno.
—Si es que van hasta el culo de farlopa, no ven ni a quién le hostian—asintió June.

Josu pidió una caña y se sentó con Osegi, Maitane e Inés.

—Les acabo de contar un chiste cojonudo—dijo Osegi al momento—. Mira, van Miguel Ángel Blanco y un etarra por un bosque todo oscuro y silencioso y eso, y dice Miguel Ángel Blanco: “Joder, qué miedo, ¿no?” Y le contesta el etarra: “Pues imagínate yo, que tengo que volver solo.”
—Es malísimo—replicó Josu, esgrimiendo apenas media sonrisa, y viendo que Inés y Maitane, definitivamente, estaban de acuerdo con él—. ¿De dónde sacas chistes tan malos?
—A ver, lo importante no es que sea malo, es que va con mala hostia.
—Bueno, míralo por el lado bueno, este año se ha muerto gente mucho más hijaputa que Miguel Ángel Blanco, seguro que te puedes desahogar mucho más.
—Sí, vaya año llevamos, ¿eh?—comentó Inés—Qué pasada.
—Ariel Sharon, Isabel Carrasco, Emilio Botín, la Duquesa de Alba…—apuntó Maitane.
—Isidoro Álvarez—añadió Josu—. Y Adolfo Suárez.
—Y Miguel Boyer. Y un banquero con apellido de por aquí también se murió por las mismas fechas que Botín, ¿no?
—Sí, creo que sí—confirmó Inés—. Pero no le dedicaron tanto espacio en las noticias como a Botín, no habría robado tanto.
—Un año malo para la burguesía, entonces—concluyó Josu dando un gran trago a su caña—. Aunque para nosotros tampoco es que esté siendo cojonudo.
—No, buenas hostias nos estamos llevando… sobre todo Celaya.

Osegi se giró para dirigirse a Koldo y June.

—¿Qué tal, al final hay algún sustituto?
—Sí—contestó Koldo—. Inés ha transferido a Gorka.
—O sea que ahora Gorka está bajo el mando de Celaya…—repitió Osegi—Es bueno, ¿no?
—Sí, suelta buenas hostias. Nos vendrá bien.
—Joder, pues ya me alegro. Di que yo también he perdido a Alazne y a Sidorenko, pero en vuestro caso estabais perdiendo a todos los pesos pesados.
—Todavía nos queda Koldo—apuntó June, golpeándole amistosamente en el hombro.
—No seas humilde, que tú también repartes buenas hostias—contestó éste.
—Yo no puedo cederos a nadie—intervino Josu—, pero si necesitáis ayuda con cualquier movida llamadme, eh.
—Nah, tranquilo. Mientras no nos expandamos más y nos centremos en lo que tenemos de momento, estará bien. A Kike seguramente le suelten después del juicio. Mientras tanto, June, Spank, Peru, Gorka y yo nos arreglamos. Para extorsionar a unos cuantos gilipollas ya nos da.
—Sí, con Spank estuve en alguna movida—apuntó Osegi—. Igual en 2012, cuando escapamos de los munillos de Getxo en el coche que robamos al concejal aquel… no, espera. Ahí iba a venir pero al final no vino. Le dolía la tripa o algo.
—Sí, lo normal. Tiene síndrome de colon irritable o no sé qué pollas. Cada vez que se pone nervioso le entran unas cagaleras que flipas. Vamos, cada vez que hay un asunto importante.
—Joder. ¿Entonces nunca va a las movidas importantes?
—Sí, casi siempre, cumplir sí cumple. Y te lo digo yo, que he estado en alguna con él desde antes de que se formara la Cosa Kostra, cuando la liábamos con Celaya y esta peña. Alguna vez ha tenido que parar a cagar en un callejón en mitad de un asunto serio.
—Bueno, si es leal y eficaz, es lo importante.

—Sí. Eso siempre—repuso Koldo sonriendo.

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