miércoles, 15 de marzo de 2017

La Cosa Kostra: Capítulo XX


Era 24 de diciembre, pero a pesar de ello, Hernández seguía trabajando en la lonja en la que había estado la sede de Cambio en Romo. Despojada de buena parte de sus muebles y redecorada con una gran bandera palestina, la estancia principal ahora también cumplía la función de sala de reuniones o simple escritorio para trabajar. A su lado, Maitane liaba un cigarrillo.

—Por ejemplo, en la Cosa Kostra de Donostia la jefa es una mujer—insistió.
—De forma totalmente merecida—apuntó Hernández—. Urionabarrenetxea lleva mucho tiempo en este negocio, era la elección más lógica.
—Entonces, ¿no crees que haya machismo? ¿En serio? ¿Ni rastro?

El don suspiró.

—¿Qué quieres que te diga, Maitane? Sólo puedo hablar por mí mismo. Yo siempre he decidido en base al talento, independientemente de si es hombre o mujer. ¿Que cinco de seis capos son hombres? Pues sí. De momento, la única mujer a la que he visto con capacidad suficiente para el cargo es Inés, y por eso está ahí. Tú eres la soldado más eficaz de Osegi y lo sabes. También Cristina es la soldado más eficaz de Josu. ¿A ti eso te parece machismo?
—Vamos, que como soldados sí, pero para capos no somos tan eficaces.
—Como decía, sólo puedo hablar por mí mismo.

Hubo unos breves segundos de silencio que Hernández aprovechó para cambiar de tema.

—¿No cenas con la familia?
—Sí, pero estoy haciendo tiempo. No quiero pasar más de tres horas allí, desde que mi aita murió ya no es lo mismo. ¿Tú?
—Haciendo tiempo y no queriendo pasar más de tres horas allí a secas.
—¿Se sabe algo de los compas presos?
—Poca cosa—Hernández se encogió de hombros—. Gutiérrez cree que puede conseguir la libertad para Kike, Alazne y Sidorenko, pero pendientes de juicio.
—Bueno, es mejor que nada. Buenas noticias.
—Sí, eso parece. A ver qué tal se presenta el año que viene.


Koldo, Gorka y Cristina permanecían agazapados tras unos arbustos, cubiertos con pasamontañas. Aquella operación era de los soldados de Celaya, pero dado que June había sufrido un esguince de tobillo, habían pedido ayuda a los demás capos. Finalmente fue Cristina, por parte de Etxebarria, quien aceptó ayudarles.

Aún así, no se preveían muchas complicaciones. Si bien la operación sonaba mucho más emocionante que las habituales, no entrañaba mucho riesgo. Todo era sencillo: a aquella hora, pasaba una furgoneta de Prosegur por aquella gasolinera de Repsol. Ellos esperaban al momento del intercambio, entonces salían y se llevaban el dinero.

Y, efectivamente, llegó la furgoneta: la vigilancia había dado sus frutos. Koldo, el primero de la fila de tres, sacó la pistola con cuidado. Los segundos fueron pasando lentos, en tensión.

—Ahora—susurró finalmente.

Los tres salieron de su escondite.

—¡Manos arriba!—gritó.

Los dos vigilantes de seguridad titubearon, sin saber si coger su arma o no.

—¡Ni lo penséis! ¡Como os mováis, os acribillo! ¡Pensad si merece la pena morir por una petrolera que se está cargando todo Sudamérica!

Los vigilantes se resignaron y levantaron las manos. Tras aquel pequeño discurso, también estaba claro quién les estaba atracando. Cris y Gorka se adelantaron para coger los fajos de dinero, cuando un grito les detuvo.

—¡Eh! ¿Qué pasa aquí?

Los dos se giraron y vieron a una pareja de ertzainas, que desenfundaron sus pistolas rápidamente.

—Mierda—susurraron.

Koldo evaluó la situación. Su mano aún permanecía firme, apuntando con la pistola directamente a uno de los vigilantes. Ninguno de los dos se había atrevido aún a sacar moverse. Los ertzainas sí le apuntaban con sus pistolas, y eran dos contra uno. ¿Pero se atreverían a disparar contra unos chavales? ¿Y a disparar en una gasolinera?

—¡Corred! ¡Vamos!—gritó, apostando todo a esta segunda opción.

Los tres miembros de la Cosa Kostra echaron a correr, con los ertzainas corriendo detrás. La autopista y la gasolinera estaban bien iluminadas, pero no el monte. Allí podrían despistarles fácilmente.

Sin embargo, en cuanto abandonaron la gasolinera, uno de los ertzainas abrió fuego, seguido segundos después por el otro. Los disparos rompieron el silencio de la noche, mientras las balas pasaban silbando cerca de los jóvenes.

—¡Mierda! ¿Qué coño hacen? ¿Estáis zumbados, hijos de puta?

Mientras corría, expuesto a un peligro que ni se había imaginado y sin poder pensar en nada más que escapar, Koldo tardó varios segundos en recordar que él también tenía una pistola en la mano, a pesar de que no la había disparado en su vida ni tenía intención de hacerlo hasta ese momento.

Sin cesar en su carrera, disparó varias veces mirando hacia atrás. Las balas no pasaron ni remotamente cerca de los ertzainas, pero se tiraron al suelo por precaución, dando a los tres jóvenes el tiempo necesario para desaparecer en la noche.


Jon Ibarra estaba sentado en el Gudari tomando una caña. Llevaba una camiseta negra de su propio grupo, Demenzia Prekoz, en un intento de hacer propaganda. Se encontraba entre su compañero Adri, también bajo el mando de Chapa, y Eneko, bajo el mando de Osegi.

—A mí la que me pone es Nerea—comentó, algo bebido ya.
—¿Nerea? No la conozco—respondió Adri, intrigado.
—Es de los de Osegi, Eneko la conocerá—éste asintió en silencio—. Creo que me la puedo tirar, la noto interesada.
—¿La notas interesada?—repitió Eneko con media sonrisa en su rostro.
—Sí, le he pasado algunas canciones de Demenzia Prekoz y me han dicho que le molan y eso, dice que irá al próximo concierto y ya quedaremos…
—Y crees que te la puedes tirar.
—Supongo.
—Lo llevas jodido. Es lesbiana.

Adri estalló en carcajadas ante la cara de estupefacción de Jon.

—¿En serio?
—Sí, y tiene novia—Eneko se encogió de hombros—. Creo que tienes que aprender a distinguir entre caerle bien a una tía y que te quiera follar.

El batería estaba intentando recuperar su orgullo cuando Koldo y Gorka entraron en el Gudari. Ambos soldados de Celaya saludaron a los ya sentados en las mesas.

—¿Qué tal están los soldados pistoleros?—bromeó Adri.
—Menos coñas con el tema—repuso Koldo seriamente—, que yo ya me veía muerto y enterrado en una cuneta. Hostia puta. Vaya psicópatas.
—¿Qué ha pasado?—preguntó Eneko confundido—No me he enterado.
—El sábado pasado intentamos atracar una gasolinera. Nos estaban esperando unos ertzainas y nos intentaron matar a tiros. Escapamos de puro milagro.
—La cosa se pone jodida—comentó Jon—. Con Amorrortu y Rodríguez todavía en la cárcel, ¿lo lleváis bien? ¿Qué tal el nuevo?
—¿Peru? A la próxima nos lo llevamos. Pelear, pelea de puta madre.

Jon evocó la imagen de Peru, uno de los nuevos miembros incorporados en septiembre del año pasado, que esperaba que diera mejor resultado que Zalbidea. Era un skinhead alto, no muy musculado, con gafas y una expresión muy seria que no parecía cambiar nunca.

—Nunca le he visto con lentillas. ¿Se quita las gafas para pelear?
—No, y sin embargo siempre permanecen enteras—contestó Gorka con una sonrisa—. Él dice que no le van a suponer ningún problema porque no tiene intención de dejar que nadie le pegue en la cara, y de momento nadie lo ha conseguido. Resulta que es cinturón negro de kick boxing o alguna mierda por el estilo, no sé muy bien pero reparte hostias como panes.
—Ah, bien, bien…
—Un momento—interrumpió Eneko, que aún intentaba asimilar la información anterior—. Koldo, ¿has dicho que los ertzainas os estaban esperando? ¿Estás seguro?
—Sí. Estaban escondidos en un ángulo en el que no les veíamos desde el monte, y aparcados. No se quedarían ahí aparcados en una gasolinera si no estuvieran esperando algo.
—Pero… ¿esto no puede ser que…?

—Claro. Hernández ya está informado. Probablemente, Zalbidea no era el único infiltrado en la Cosa Kostra. Tenemos una rata entre los nuestros.

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