miércoles, 7 de junio de 2017

La Cosa Kostra: Capítulo XXIII


—Y entonces, ¿los gitanos ya no cubrirán la lonja de Erandio?
—No, si van a demoler sus casas, ¿cómo coño nos van a cubrir?
—Vale, vale. Sólo digo que a mí me venía bien como sitio para reunirnos y eso.
—Igual lo conservamos. De todas formas, ¿vas a acabar de una vez?

Spank asintió en silencio. Se encontraban en un callejón oscuro: se suponía que iban a dar una paliza a un antiguo guardia civil, especialmente fascista, que se negaba a aceptar su extorsión. 

No obstante, Koldo y Peru esperaban pacientemente mientras Spank terminaba de cagar en el callejón. Aquel colon irritable le jugaba bastantes malas pasadas.


—Aupa, Eneko—saludó Osegi cuando el joven entró al Gudari.
—¡Una caña, Mikel!—pidió Eneko al tiempo que se sentaba en la mesa de Osegi.

Osegi, envuelto en una gruesa sudadera de Betagarri, fumaba un porro tranquilamente. Eneko parecía más activo, con su cresta recién hecha de nuevo, bien marcada.

—He estado pensando sobre lo que me dijiste de implicarte más y eso.
—¿Sí?—Eneko recogió la caña, sonriendo—¿Tienes algo para mí?

El capo bajó el tono de voz.

—Pasado mañana vamos al monte. El colega etarra de Amorrortu le ha pasado la ubicación de un zulo bien grande. Podremos conseguir muy buenas armas y explosivos.
—Joder.
—Sí, esto va a ser un antes y un después, hazme caso. Estáte preparado y, sobre todo, no le digas a nadie dónde vas.
—Bien, bien.


Amorrortu había terminado rapándose la cresta. Llevaba ya cinco meses en la cárcel, y su ánimo iba decayendo poco a poco: no es fácil aguantar tanto tiempo no sólo sin libertad, sino también sin privacidad, sin intimidad, sin afectividad…

Los guardias no le tratataban precisamente bien: la Cosa Kostra era muy odiada entre ellos.

Sin embargo, no había tenido auténticos problemas hasta aquel día. No hasta que la Cosa Kostra fue considerada lo bastante peligrosa como para aplicarle el régimen FIES 3.

Sentado en una celda solitaria, rodeada por cuatro guardias, el primero de ellos se dirigió a él.

—¿Sabes que es lo bueno de estar en FIES?
—Sorpréndeme—respondió Amorrortu.
—Que para cuando te vea cualquiera ya se te habrán curado las heridas y no habrá ninguna prueba.

El rostro de Amorrortu adquirió una expresión bastante más preocupada, que se le borró nuevamente de la cara cuando recibió el primer puñetazo en plena nariz. No le dio tiempo a recuperarse antes de que el aluvión de patadas, puñetazos y porrazos continuara despiadadamente.


—Ya estamos—Celaya detuvo el coche.

Estaban en mitad del monte, hasta donde llegaba un pequeño camino por el que apenas podían circular. Hernández, de copiloto, Osegi y Eneko, en los asientos traseros, y el propio Celaya se bajaron. Llevaban mochilas para cargar con todas las armas y explosivos que encontraran en el zulo.

Comenzó la excursión, y fueron subiendo poco a poco. Sólo Hernández conocía el camino exacto, y de hecho, ni siquiera había dado la menor pista de a qué zona tenían que ir hasta que se había montado en el coche.

—Con suerte nos da tiempo a hacer también el viaje de vuelta antes de que se haga de noche—comentó simplemente, dando a entender que sería un camino largo.

Se encontraban en algún punto al este del pequeño pueblo de Gabika, en una de las zonas más despobladas de Bizkaia: no había nada más que bosque y montaña, ni un simple caserío o un camino asomando en kilómetros a la redonda. Resultaba sorprendente que Hernández supiera por dónde ir habiendo escuchado las instrucciones de segunda mano.

Finalmente, tras varias horas de camino, se detuvieron en un pequeño monte, al borde de un precipicio.

—Es aquí—anunció el padrino, quitándose la mochila.
—¿Aquí?—Eneko miró a su alrededor, confundido—Si aquí no hay nada.
—Aquí es donde desaparecerá tu cadáver.

Hernández sacó una pistola de la mochila, le quitó el seguro y apuntó a Eneko, que se giró sorprendido.

—Mierda… ¿Hernández?

Eneko miró de reojo a Osegi. Éste, incómodo, desvió la mirada. Celaya, por el contrario, mantenía su vista clavada en el joven.

—Lo supimos el otro día. González convocó una reunión de capos para informarnos. El topo que tiene en la Ertzaintza, Rodríguez, consiguió meterse en la operación conjunta con la Guardia Civil; y como la Ertzaintza ha tenido que revelar a los picoletos todos los datos que tenían, Rodríguez también ha tenido acceso a ellos. Sabemos que nos has traicionado.
—Joder.

Eneko bajó la cabeza y empezó a llorar de pronto, como si la sorpresa hubiera sido sustituida por el arrepentimiento en menos de un segundo.

—Yo no quería, Hernández… Zalbidea, cuando le conocí él me convenció…
—Lo sé. Y es bueno saberlo. Ahora sabemos que Zalbidea fue el único topo que consiguieron colarnos, y mientras él estaba dentro, te “reclutó”, por así decirlo.

El joven continuó llorando amargamente. Estaba justo al borde del precipicio, totalmente acorralado. No había escapatoria posible.

—El 6 de abril tengo el juicio… por la paliza a aquel chaval de las NNGG. Tal y como está todo ahora, me acusarán de pertenencia a banda terrorista, banda armada, terminaré en la cárcel. Tengo 18 años recién cumplidos, joder. No puedo hacerle esto a mis aitas. Zalbidea… me prometió que si le ayudaba no me pasaría nada. No quería desarticular la Cosa Kostra, ni nada por el estilo, sólo quería a tres o cuatro personas en la cárcel, nada más que eso. Es por las cuotas, ¿entiendes? Si él sólo quiere encarcelar a unos pocos para tener un aumento de sueldo, lo demás se la suda, yo…
—Deja de decir gilipolleces baratas—le interrumpió Hernández—. ¿Te preocupan tus aitas? Podrían preocuparte también los de Koldo, los de Gorka y los de Cristina. Por tu culpa estuvieron a punto de matarles en aquella gasolinera. Dispararon balas reales contra ellos, joder. Balas reales.
—Yo no sabía que…
—Cállate. ¿Sabes que más padres podrían preocuparte? Cualquiera que veas por la calle, prácticamente. Los que no llegan a fin de mes, los que tienen a una abuela en el hospital a la que nunca operarán por los recortes sanitarios, los que ven como les desahucian, los que encajan hostias en las manis, los de Josu, que tiene el mismo juicio que tú y lo tiene más jodido, porque era él el que llevaba el bate de béisbol, pero no se ha planteado traicionarnos ni por un segundo.
—Joder, yo…

Manteniendo la pistola sujeta en su mano derecha, Hernández le propinó un fuerte empujón con la mano izquierda.

Eneko perdió el equilibrio, cayendo hacia atrás. El don y los dos capos presentes no pudieron asegurar si había muerto al primer golpe, cuando su cabeza chocó contra una roca unos diez metros más abajo. En cualquier caso, tras ese golpe rebotó suavemente, como si fuera un muñeco de trapo, y cayó mucho más abajo por el precipicio.


El efecto era curioso. Aunque el cadáver estaba tan lejos que no se podía apreciar la sangre, de alguna manera su aspecto no daba lugar a ninguna duda de que, efectivamente, estaba muerto.

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