miércoles, 27 de septiembre de 2017

La Cosa Kostra: Capítulo XXVII


Hernández, acompañado de Martín como guardaespaldas, atravesó la plaza de Unamuno rumbo a la calle Iturribide, al Gudari. La gente se apartaba a su paso, y no era de extrañar.

Daniel Barrios y él estaban entre los dos hombres más odiados de España, probablemente. El capo de la familia madrileña y el de la vizcaína. Del primero se sabía con bastante certeza que había participado en varios asesinatos, y por eso la policía le buscaba; Hernández aún no era perseguido legalmente, al no haber pruebas lo bastante sólidas ni siquiera como para interrogarle. Pero la prensa ya le había condenado, y su rostro estaba en todos los canales de televisión como el responsable de la matanza de dieciocho jóvenes, siete de ellos menores de edad.

Con todo, Hernández no estaba excesivamente preocupado. No habían dejado ninguna prueba, y sólo los cargos más altos y los soldados más leales de la familia sabían la verdad. La operación había salido bien, el joven asesinado de la familia de Burgos había sido vengado y todo el país había recibido el mensaje de no meterse con la Cosa Kostra. No había de qué preocuparse, las cosas estaban saliendo bien y era una bonita mañana de finales de marzo.

La calle estaba mojada por la lluvia del día anterior, pero empezaba a clarear. La calle Iturribide no estaba muy concurrida: algunas personas fumando en algún bar ya abierto, otras subiendo y bajando de camino a algún sitio, cierta afluencia hacia una frutería y un supermercado.

Un hombre de unos 45 años se acercó a Hernández. Llevaba unos sencillos pantalones vaqueros y una camisa de cuadros. Un anillo de casado en su mano. Su pelo empezaba a encanecer. Sus ojos estaban rojos de haber llorado. Antes de que nadie pudiera reaccionar, sacó una pistola.

—Hijo de puta—murmuró, simplemente.

El primer disparo atravesó el costado de Martín, que cayó al suelo. El segundo, acto seguido, acertó a Hernández en el hombro. Antes de que el don cayera siquiera, un tercer disparo le atravesó el cuello.

Hernández se desplomó boca arriba en la calle, y el hombre se acercó un par de pasos para rematarle. El cuarto disparo le acertó en el abdomen; el quinto rebotó junto a su oreja, sin alcanzarle; el sexto le atravesó la frente. La sangre dejó de manar a borbotones cuando su corazón se detuvo. El hombre soltó la pistola y cayó de rodillas allí mismo, llorando.


—¡Ya estoy!—gritó Osegi jadeando—Joder, ¿qué ha pasado? ¿Quién ha sido?

Un ordenador portátil retransmitía las noticias en Erandio. El Gudari había sido cerrado preventivamente.

—Ya era hora, joder—murmuró Celaya. La tensión se podía cortar con un cuchillo.
—Era policía nacional, de Burgos—dijo Maitane sin alterar su expresión en absoluto—. Por eso tenía pistola. Dicen que su sobrino era uno de los nazis del campamento.
—Joder…

Los otros cuatro capos estaban ya allí, junto a media docena de soldados, los más leales y los que más habían arriesgado.

—¿Y Martín? He oído que…
—Está vivo—dijo Inés Chapa, sacando un cigarrillo liado de su boca—. No han tocado ningún órgano vital, pero ha perdido mucha sangre. Dicen que el pronóstico es bueno. Están Adri y Ariane en el hospital.
—Para una puta vez en todos estos años que tiene trabajo como guardaespaldas y falla—comentó Celaya.
—Eso no es justo. No ha sido nada justo. No podía hacer nada, ha pasado todo en un segundo. ¿Tú lo habrías hecho mejor?
—No digo que yo lo hubiera hecho mejor, sólo lo comento. Joder, es verdad, ha sido la primera vez que ha tenido que hacer su trabajo y ha fallado. Es mala suerte o lo que sea, pero es así.
—¿Qué hacemos ahora?—preguntó Osegi, tratando de aliviar la tensión—Tenemos que organizar funeral, designar sucesor… y la chica ésta con la que andaba, ¿Iratxe? ¿Tenemos que pagarla?
—¿Pero qué clase de gilipollez machista estás…?—interrumpió Maitane.
—No sé, no sé, ¡joder! Como cogemos algunas tradiciones de la mafia y otras no, pues lo de mantener a la pareja después de que haya muerto un miembro…
—Deja de decir gilipolleces. Elegid sucesor. Tenéis que votar entre los capos, ¿no?

Los cinco capos se miraron entre sí.

—Vale, está bien—dijo por fin Osegi—. Supongo que me toca. Fui la mano derecha de Hernández la mayor parte del tiempo, así que si estáis todos de acuerdo…
—Y una polla—le interrumpió Celaya—. Mira, Osegi, se te da bien mantener un puesto alto, ser el segundo, porque controlas las cuentas, controlas la venta de marihuana y esas cosas. Pero para ser un líder hace falta más que eso. Hace falta decisión… agresividad, eso no lo tienes.
—No era oficial, pero todos sabemos que yo era el segundo al mando…
—Y deberías seguir siéndolo. Deberías seguir siendo el segundo, porque eso es lo que se te da bien. No creo que Hernández hubiera querido que ocuparas el puesto de don. Sinceramente, creo que yo lo haría mejor que tú.
—Vale, votemos. Votemos y ya está—intervino Chapa—. Yo voto en blanco.
—Estoy con Osegi—dijo Josu Etxebarria.
—Yo voto a Celaya—dijo Juan González—. Tiene razón, Osegi no tiene lo que hay que tener para ser el jefe.
—Mierda. Esto es un empate. ¿Inés? ¿No te decides por ninguno de los dos?

Chapa terminó el cigarrillo, lo tiró al suelo y lo pisó.

—Hernández, Celaya y Osegi… creasteis cierta… élite entre los capos. Vosotros erais los que llevabais las movidas más importantes, como las armas y eso. Puede que González, Etxebarria y yo fuéramos también capos, pero nos dejabais al margen de algunos asuntos, y por eso yo me he perdido muchas cosas. No sé si sería mejor jefe Osegi o Celaya porque no he visto cómo actuabais en esas situaciones, sin más, así que no puedo votaros a ninguno de los dos. Voto en blanco, ya lo he dicho.
—Yo te puedo decir cómo actúa él en esas situaciones—dijo Osegi—. Como un puto psicópata. Fue el que propuso matar a todos los chavales nazis y mira cómo ha acabado esto, fue el que le partió la columna de un hachazo a un concejal al que se supone que sólo íbamos a dar un susto, una paliza. Joder, él planeó el asesinato de Eneko.
—¡¿Eneko?!—preguntó Etxebarria. Chapa y él eran los únicos capos que no lo sabían—¿Vosotros os cargasteis a Eneko? ¿Qué coño…?
—Era un chivato. Un chivato y un bocazas, nos vendió a los maderos—aclaró Celaya—. Y tú, Osegi, tú también eres un puto bocazas. Payaso de los cojones. Has hablado más de la cuenta.
—¿Y qué pasa si quiero hablar, eh?

Sin dudarlo, Celaya se abalanzó sobre Osegi, derribándole de un puñetazo y tirando la mesa. Osegi tenía mucha menos experiencia en combate, menos fuerza, menos resistencia. Pero fue rápido y cogió un cenicero que había caído al suelo junto con la mesa. Antes de que Celaya pudiera atestar un segundo puñetazo, Osegi le golpeó con el cenizero en la cabeza, produciéndole una pequeña brecha de la que empezó a manar sangre.

—Hijo de puta…

El skinhead, arrodillado sobre Osegi, le agarró del cuello con la mano izquierda y le dio dos fuertes puñetazos con la derecha en plena boca, antes de que los demás capos y soldados presentes le sujetaran y les separaran.

—¡Calmaos, joder, calmaos!—gritó Chapa—Estamos tensos por el asesinato de Hernández, esto hay que hablarlo con más calma. ¡Separaos!

Osegi retrocedió al tiempo que le soltaban. Su sudadera estaba manchada de sangre que le caía de la boca; tenía el labio roto. Celaya también se relajó, con un fino hilo de sangre manando de su cabeza rapada.


—Esto no va a quedar así—amenazó Celaya, señalando con el índice a Osegi. Y, con paso decidido, abandonó la lonja. Empezaban tiempos duros para la familia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Blog Widget by LinkWithin