miércoles, 7 de marzo de 2018

La Cosa Kostra: Capítulo XXXII


Perdón por no actualizar la semana pasada, quién iba a decirme que sin estudiar y sin trabajar y no me dé tiempo a todo.


—Siéntate, Josu.

El capo obedeció en silencio. Celaya bebía un vaso de whisky a pelo sentado a la mesa que usaba como escritorio. Tras él se encontraban Koldo y June: seguridad reforzada tras el fallido intento de asesinato.

—Quería hablarte de un tema un poco delicado… es sobre uno de tus soldados.
—¿Quién?
—Javi. El Risas, como le soléis llamar.
—Sí. ¿Qué pasa con él?
—Tiene un pasado… peculiar.

Celaya dio un sorbo a su vaso. Josu esperaba, innecesariamente tenso.

—Antes era facha—apuntó directamente Celaya.
—¿El Risas? No sabía.
—Sí, de los buenos. Una especie de Pío Moa pero al revés. Hemos encontrado un Fotolog suyo de allá por 2005…
—¿Fotolog? ¿Pero, cómo…?
—Hostia, Josu, no es tan complicado. El tío se empezó a interesar por la política, era un adolescente influenciable, se hizo prácticamente nazi. Sólo subía fotos de banderas de España, de no dejar entrar al inmigrante, críticas a Zapatero desde su derecha y mierdas por el estilo. Luego cambió, tuvo otras influencias, y se hizo antifascista. Después se unió a la Cosa Kostra. Eso es todo.
—Vale. Vale, no lo sabia. ¿Qué quieres que haga?
—Expulsarlo. No quiero a mierdas así entre nosotros.
—Pero… o sea, todo el mundo puede cambiar. En las normas de la Cosa Kostra queda claro que se puede permitir. De hecho, en las familias de Madrid y Valencia, por lo menos, sé que tienen algunos skinheads que antes iban de un palo más ambiguo, ¿no? Supongo que…
—Lo sé, por eso te lo estoy contando en lugar de haberle pegado yo directamente un navajazo en las costillas. Expúlsale y ya está. Son tiempos en los que prefiero tener a gente en la que confíe. ¿Te recuerdo que me debes un favor por lo de Cris?
—Pero… no, está bien. Está bien, le expulsaré.


Cris saludó a la gente en la puerta del Gudari antes de entrar; con el calor de mayo, la gente fumando en el exterior se multiplicaba; aún cuando la mayoría eran miembros de la Cosa Kostra y Mikel les habría permitido fumar dentro.

La joven pidió una caña y se sentó con Spank y la Dinamitera.

—¿Entonces sigue sin saberse nada?—preguntó directamente.
—Qué va—contestó Spank—. Habrán sido nazis, pero a saber quiénes, no tenemos ninguna pista. Y es jodido que alguien se atreva a disparar a Celaya en plena calle, en Romo.
—¿Qué saben los txakurras?
—Koldo tiró la pistola al Gobelas… al río ese que pasa por Romo. Estará hundida en el barro del fondo, creo que piensan recuperarla porque vamos, no hay ni medio metro de profundidad, podrían dar con ella fácilmente. Supongo que por cómo fueron los disparos y eso saben que o Koldo o Celaya devolvieron el fuego, y cuando les tomaron declaración no tenían la pistola, así que la estarán buscando. Del que disparó no han dicho nada.
—Mierda… con lo de Hernández hace poco y ahora esto, va a parecer que somos débiles.
—Oye, perdona—dijo alguien tras Cris, interrumpiendo la conversación.

La chica se giró. Era Adri, uno de los soldados de Inés Chapa; le conocía de vista. Y la joven punk que le acompañaba era Alazne, otra soldado de Chapa.

—Tú eres Cris, ¿no?—preguntó Adri.
—Sí, ¿qué pasa?
—Habíamos oído que hace unos días estabas cobrando lo de la familia y, bueno, como que el tío del bar te dijo que ya lo había pagado.
—Eso es.
—Es que nos ha pasado exactamente lo mismo hoy a Alazne y a mí, lo hemos hablado con Chapa y nos ha contado lo que te pasó a ti. Creo que va a haber que hablarlo con Celaya, porque parece que alguien se está haciendo pasar por gente de la Cosa Kostra para quedarse con nuestro dinero, ¿no?


Javi paseaba por la calle con mil ojos. Seguía siendo punk, seguía teniendo intención de conservar el apodo de “el Risas” y que sus colegas le conocieran así. Pero ya no era un soldado de la Cosa Kostra, y eso era un problema.

Porque después de que el asesinato de Eneko saliera (más o menos) a la luz, Javi se sentía en un grave peligro de ser asesinado por su breve pasado fascista durante unos meses en los que tenía… ¿cuánto, 14 años? Estaba todavía en la ESO, eso seguro, recordaba haber subido fotos en clase de informática.

Naturalmente, nadie en la Cosa Kostra tenía intención de asesinar a Javi: lo que había hecho Eneko, traicionándoles y convirtiéndose en confidente de la policía, era mucho más grave que aquello. Pero Javi no tenía esto tan claro: él sí se veía en un grave peligro.

Por eso, antes de irse, había robado una pistola y la llevaba siempre encima.

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