miércoles, 18 de abril de 2018

La clínica del dr. Baermann: Tripas



24 de abril de 1930.

“Al entrar en la clínica, me sorprendo gratamente. No es de las más caras de Dusseldorf, así que no esperaba mucha ostentación, pero el vestíbulo es muy lujoso.

El dr. Wittgenstein me da la bienvenida. Será él el que supervisará mi caso. Cuando llego, veo brevemente al dr. Baermann, un hombre de mediana edad, de pelo canoso, bien afeitado. Usa gafas y se ayuda de un bastón para caminar, lo que le da un aire de seriedad. No esperaba que el director en persona me recibiera, aunque apenas estrecha mi mano, se disculpa y se marcha murmurando que tiene mucho trabajo.

Paso a un despacho con el dr. Wittgenstein. Me explica en qué consiste el tratamiento para adelgazar que voy a seguir durante las próximas semanas: una dieta algo más estricta de lo habitual, pastillas para adelgazar y algo de ejercicio. Estoy ansiosa por empezar.”


29 de abril de 1930.

“La clínica es un lugar agradable. Hay un bosque alrededor y paseo por él durante veinte minutos todos los días; es un entorno en el que dar el paseo que necesito para hacer ejercicio se hace más llevadero.

Me avergonzó haber llegado a alcanzar tanto peso que no puedo hacer paseos de media hora, como era la propuesta inicial del dr. Wittgenstein, pero él me hizo sentir bien. Además, supongo que la edad también influye; siempre he tenido algunos kilos de más, pero cuando era más joven no tenía problema en andar durante media hora.

Al fin y al cabo, la edad es también lo que me ha hecho decidirme a empezar este tratamiento. Ya tengo 50 años, y mi padre, que en paz descanse, murió de un ataque al corazón con apenas dos años más. Seguro que si hubiera cuidado más su peso habría vivido más años.

El dr. Wittgenstein me trata muy bien; es un hombre muy inteligente y preparado. Me ha asignado a dos enfermeras, media hora al día cada una. La del turno de mañana se llama Gretchen Becher, es una chica bastante joven, con la cara llena de pecas y pelirroja. Mi abuela decía que las pelirrojas eran hijas del Diablo pero, conociendo a Gretchen, es evidente que se equivocaba. Es un encanto: siempre me coge del brazo para ayudarme a subir y bajar las escaleras de la clínica durante mi paseo. La del turno de tarde se llama Aubrey Müller, y es una chica gordita, rubia, unos años mayor que Gretchen, aunque también joven. Es menos simpática y alegre que Gretchen, pero también hace su trabajo como es debido.

Todos en esta clínica son muy profesionales, y se toman muy en serio el buen trato al paciente y la privacidad. Hay zonas enteras del hospital en las que tienen mucho cuidado de que no pasemos, y siempre están los celadores vigilando. Así da gusto.”


6 de mayo de 1930.

“He perdido algunos kilos, pero es cierto que no funciona tan rápido como esperaba. El dr. Wittgenstein no me ha ofrecido ninguna solución aparte de reducir más la dieta y hacer más ejercicio. Creo que aceptaré parte de ello, pero no me veo con suficiente fuerza de voluntad como para aceptar todos los cambios. Aumentar la dosis de pastillas sería lo más sencillo, pero dice que lo ve peligroso. Por otro lado, yo no debería tener que hacer tanto esfuerzo para adelgazar: estoy pagando para que me ayuden.”


17 de mayo de 1930.

“Parece que el tratamiento se va a alargar más de lo previsto. He tenido que escribir una carta a Hans para que no se preocupe; se suponía que pasaría aquí entre tres semanas y un mes, y ya se va a cumplir un mes estando todavía lejos de los objetivos que nos habíamos propuesto.

El dr. Wittgenstein ha aumentado mi dosis de pastillas, para lo que he tenido que firmar un montón de documentos de consentimiento informado, aceptando que es una práctica peligrosa que podía traer consecuencias para mi salud. El doctor me ha explicado cuáles pueden ser esas consecuencias, y no parecen demasiado graves. No es como si me fuera a morir por tomar estas pastillas.

Al estar más tiempo del previsto, la clínica se me está empezando a hacer aburrida. Sigo disfrutando de mis paseos con Gretchen, pero el resto del día apenas hay nada que hacer. Doy gracias a Dios de que mis padres me llevaran a un buen colegio donde me enseñaron a leer, o no sé en qué invertiría mi tiempo.”


28 de mayo de 1930.

“Viendo que las pastillas tampoco parecen conseguir los resultados previstos, y ante mi insistencia, el dr. Wittgenstein me ha propuesto una operación más arriesgada. Él insiste en que debería seguir una dieta más estricta y hacer más ejercicio, pero no pueden obligarme a hacerlo en contra de mi voluntad. Si quisiera hacer eso, podría haberlo hecho en mi casa; si he decidido ingresar en una clínica es porque espero que me echen una mano y me ahorren incomodidades.

Me operará para quitarme parte del intestino o algo así y que absorba menos las comidas. No lo he entendido muy bien porque ha usado mucha palabrería médica, pero ha dicho que puede ser peligroso aunque casi seguro funcionará. Y entonces, adiós a mis problemas para siempre.

Le he escrito una carta a Hans explicándole un poco todo, pero sin decir que es peligroso, claro. No quiero que se preocupe innecesariamente.”


5 de junio de 1930.

“El período preoperatorio, como ellos lo llaman, ha sido lento y largo. Me tienen sin comer, sólo a base de agua, zumos y café, porque no puedo tener comida en las tripas cuando me operen.

He tenido que firmar un montón de papeles diciendo que sé lo peligrosa que es esta operación, otra vez. Ya firmé documentos de esos cuando me subieron la dosis de pastillas, y ahora otra vez, parece que nunca se acaben.”


6 de junio de 1930.

“Aubrey me pone un aparato con un tubo en la boca para darme la anestesia. Ni una palabra de ánimo, ni nada. Qué antipática es esta chica, nada que ver con Gretchen. Veo que el dr. Wittgenstein se ajusta los guantes y levanta un bisturí, y poco a poco mis párpados van pesando más y más hasta que todo se vuelve negro.

Me siento como si flotara en un inmenso vacío negro y es una sensación agradable. Entonces, algo se revuelve en mi interior. No. Ha sido mi imaginación, ¿no? Estoy en un mar negro y cálido totalmente en calma, no hay olas para mecerme, sólo la paz y flotar aquí sin pensar en nada…

Y, entonces, algo vuelve a revolverse en mi interior. Intento abrir los ojos y veo que no puedo, mis párpados pesan demasiado, ¿dónde estoy? La clínica, la operación. Claro. La anestesia, qué tonta, había olvidado por un momento que me habían dado anestesia. Pero, entonces, ¿por qué estoy pensando esto? ¿No debería estar durmiendo?

Sí, sí estoy dormida. O al menos, eso creo. ¿Dónde iba a estar si no? ¿Y si he muerto y esto es…? No, eso es imposible. Siempre he sido una mujer respetable y temerosa de Dios, y si muriera iría al Cielo.

¿Estoy soñando, tal vez? ¿Y qué es esto que noto? Mis tripas… intento abrir los ojos, mis párpados pesan, es una sensación horrible, un gran esfuerzo, alcanzo a entrever algo… luz…

Estoy deslumbrada, pero poco a poco me voy adaptando y me doy cuenta, estoy en una sala blanca, estoy en el quirófano y algunas figuras se mueven. Estoy viendo la luz del techo, estoy aquí tumbada, tumbada en la mesa…

Oh, no. Oh no no puede ser. Por favor, no puede ser. Ahora veo con claridad, el dr. Wittgenstein se inclina sobre mí y hay sangre, mucha sangre. Me saca las tripas, me está sacando las tripas y oh, Dios, esto era lo que se movía en mi interior, sus guantes blancos agarrando mis tripas y tirando y tirando y parece que nunca se acaban.

Me está sacando las tripas y duele y cada vez hay más sangre, mucha sangre, ¿por qué me hace esto? Estoy despierta, no me pueden operar mientras estoy despierta, no tiene sentido, ¿por qué no me han dormido? ¿Es que no se dan cuenta de que estoy despierta? Intento decírselo, intento moverme, pero mi cuerpo pesa demasiado, no consigo hacer nada.

Estoy despierta, sí, anestesiada, Dios, por eso no puedo moverme. Cada vez hay más sangre y estoy demasiado despierta para estar dormida y demasiado dormida para estar despierta, y, ¿tiene eso sentido? No tiene sentido, o sí, es como ese relato de Edgar Alan Poe en el que cuenta que a veces entierran viva a gente sin querer, y qué casualidad, precisamente lo había leído hacía unas semanas estando en la clínica, pero no es lo mismo porque yo no debería estar muerta, debería estar anestesiada, ¿y me enterrarán también viva?

No, eso no es así, no debe de ser así, sólo tiene que acabar la operación, pero, ¿cuándo acaba? Cada segundo es eterno y todo parece repetirse una y otra vez como muñecos de cartón, el dr. Wittgenstein tirando de mis tripas y más y más sangre y Aubrey pasándole los instrumentos y más y más sangre.

Y quiero moverme y gritar y escapar pero no puedo, estoy atrapada aquí y mis tripas siguen saliendo aunque ya no duele y todo se va volviendo negro otra vez…”


7 de junio de 1930.

-Señora König, por favor, cálmese…
-¿Que me calme? ¿Que me calme? ¡Me han operado mientras estaba despierta, doctor Wittgenstein! ¡Esto es un ultraje y le aseguro que, si no hubiera recibido una buena educación, no habría palabras tan malsonantes en el mismísimo Infierno como para describir esto!
-Señora…
-¡Tuve que verme en la camilla, totalmente indefensa, viendo cómo me sacaban mis propias tripas! ¡¿Puede usted imaginar siquiera lo que se siente, aunque sea por un segundo?!
-Debe de ser horrible, sin duda…
-¡Vaya sí lo es! ¡Es mucho más que horrible!
-Está bien, señora König, lo cierto es que en la literatura médica existen algunos casos en los que la anestesia no ha funcionado como es debido, pero lo importante es que sí ha hecho un efecto muy importante, eliminando casi por completo el dolor…
-¡Por el amor de Dios, sólo faltaba! ¿Es que además de ver cómo me sacan mis propias tripas pretende usted que sintiera todo el dolor que ello supone?
-No, no… lo que digo es que la anestesia ha producido cierto efecto, al menos, y eso es buena noticia. Si la dosis hubiera sido sólo un poco más alta, no habría habido ni el menor problema.
-¿Es culpa tuya entonces?-la señora König señaló a Aubrey. Era ella la que le había puesto la anestesia, al fin y al cabo-¿Ha sido porque yo estaba adelgazando y tú sigues estando gorda? Zorra envidiosa.

La enfermera escudriñó en silencio a la paciente, haciendo un esfuerzo evidente por conservar la profesionalidad y no responder.


12 de junio de 1930.

“Me encuentro muy debilitada por la operación. Todavía tengo unas décimas de fiebre y, aunque mi temperatura ha ido bajando y las heridas están curando, me siento muy débil. Apenas tengo fuerzas para moverme. Ya no puedo pasear con Gretchen, por supuesto, así que a la única enfermera que veo es a Aubrey. Creo que me odia. Es normal. Me gustaría disculparme con ella, pero es verdad que, si puso mal la anestesia, me hizo pasar por todo eso… no creo que lo merezca. No sé qué hacer. Empiezo a arrepentirme de haber venido.”


17 de junio de 1930.

“Voy a morir en esta clínica. Ya es obvio para mí. ¿Cómo he sido tan estúpida?

En una de las novelas que he leído en mi estancia aquí, y más en uno de los relatos cortos, el clímax ya habría pasado. El clímax, por supuesto, sería todo el sufrimiento y el miedo de despertarme en mitad de la operación. A partir de ahí ya no habría problemas, excepto quizás como toque final a una historia de terror. Pero las cosas aquí no pasan como en las novelas, y un solo clímax se queda corto. Despertarme durante la operación y sentir el bisturí y las manos enguantadas en mi tripa fue lo peor, sí, pero ahora estoy ante otro problema muy diferente. Me están matando. Me están matando de hambre.

Es Aubrey, seguro. Tal vez al ponerme la anestesia se equivocó con la dosis, pero ahora lo está haciendo a propósito. Sólo me ofrece algo menos de agua y suero del que necesito. Para matarme de hambre muy poco a poco. Día tras día.

Es su venganza por aquel momento de furia en el que la llamé “gorda”. Ahora es ella la única que me visita día tras día y no tengo fuerzas para levantarme de la cama. No hay forma de que pueda hablar con otra persona. He escrito cartas a Hans, pero no tengo forma de enviarlas… sólo a través de ella. Ella es la dueña absoluta de mi destino, y me va a matar de hambre.

He intentado disculparme con ella, juro por Dios que lo he intentado. Apenas me sale un hilo de voz, pero lo ha entendido perfectamente… y me ha ignorado. Mis disculpas no le sirven de nada. Todo me da vueltas, mis tripas rugen y moriré de hambre en esta clínica maldita.”


23 de junio de 1930.

-Adelante.

El dr. Wittgenstein y Aubrey obedecieron.

-Nos ha hecho llamar, ¿señor?-preguntó el primero.
-Sí, definitivamente, y sin duda conocéis el motivo.

Baermann hizo girar su silla de ruedas, desde la que contemplaba el jardín por el ventanal, y se desplazó hasta la mesa, donde estaba apoyado su bastón. Lo cogió y, con esfuerzo, se levantó de la silla. Era obvio que pretendía transmitir autoridad, y estando en pie lo haría mejor.

-Habéis dejado morir a una paciente. Pero esta vez no era nadie que nos hubieran traído nuestros inversores, ni un pobre diablo que hayamos encontrado vagando sin hogar, ni tan siquiera un comunista o un preso del que alguien poderoso quisiera deshacerse. No, esta vez habéis dejado morir a una paciente común, una paciente adinerada que ha pagado por su estancia aquí… y tras experimentar con ella de una forma muy poco ortodoxa.
>>No sé si sois conscientes de que todos los experimentos que hacemos en esta clínica no nos van a hacer millonarios. Mantener esta clínica es caro, muy caro, y para poder hacerlo, tenemos que tratar a pacientes como a reyes. Hay pacientes que tienen que volver a su casa con una buena impresión e incluso recomendar este lugar a sus familiares y a sus amistades. La mujer a la que habéis dejado morir era una de esas pacientes.
-Doctor Baermann, si me permite…-dijo Wittgenstein, encontrando por fin una pausa en el discurso del director. Aubrey seguía con la cabeza agachada.
-Adelante.
-La paciente firmó varios documentos asegurando que conocía el riesgo de la operación y aclaraban que había insistido en ser operada pese a dicho riesgo. Además, revisamos todas las cartas que mandaba a su marido, como es habitual para comprobar si ha visto algo sospechoso en esta clínica…
-Evidente.
-…y sabemos que también le comunicó a él su insistencia en ser sometida a la operación. La srta. Müller y yo somos conscientes de haber cometido un error que no se repetirá, pero quería que supiera que las peores consecuencias derivadas de este tipo de errores no pueden llegar a suceder: no existe una base por la que acusarnos de negligencia médica, gracias a estos documentos.
-Bien-Baermann esgrimió una sonrisa forzada-. Dejadme los documentos y, si están bien redactados conforme a las sugerencias de los abogados que contratamos, olvidaremos este turbio asunto. Sin embargo, tengo que insistir: que no vuelva a suceder.

Doctor y enfermera asintieron en silencio.

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