miércoles, 16 de mayo de 2018

La Cosa Kostra: Capítulo XXXIV



Faltaba una semana para el verano, técnicamente, pero los estudiantes estaban ya de vacaciones y el clima, desde luego, era de verano. Eso en Euskadi se podía traducir como que ya había empezado la temporada de fiestas en los pueblos.

Buena parte de la familia de la Cosa Kostra de Bilbao estaba en el concierto en la plaza del ayuntamiento; algunos como parte del dispositivo de seguridad no oficial, otros por diversión.

Al fin y al cabo, tocaba Demenzia Prekoz, y era buen momento para relajarse.

—…y entonces, ¿cuándo será el momento?—preguntó Maitane a Josu. Ligeramente apartados, entre el ruido del público, nadie podía oírles.
—Joder, no sé. Ni siquiera sé ya si podremos hacerlo. Ha doblado su seguridad… es demasiado arriesgado.
—Pero en algún momento se tendrá que descuidar.
—No lo sé, Maitane, no lo sé.
—Es buena noticia que hayas podido arreglar lo del Risas, aunque es una putada que vayan a encarcelar también a Peru. Pero lo importante es que está arreglado rápido, y eso debería hacer que Celaya confíe más en ti. Eso es buena oportunidad.
—No lo sé… Habrá que ver qué dice Osegi…

En el escenario, Jon, batería y soldado de la Cosa Kostra bajo el mando de Inés Chapa, se puso en pie y se acercó al micrófono.

—¡Buenas noches, peña! ¿Está guapo esto o qué?

El público coreó.

—¡No os oigo, joder!—insistió Jon, repitiendo el cliché—¿Está guapo esto?

Ésta vez la aclamación del público fue mayor y Jon sonrió, satisfecho.

—Voy a cantar una canción muy especial, porque si en Elektroduendes se podía ser batería y cantante a la vez pues aquí también, hostia. Así que he decidido versionar el Jimmy Jazz de Kortatu… que a su vez es una versión del Jimmy Jazz de The Clash… y dedicársela a un amigo y mentor que fue muy importante para mí: Aitor Hernández, de Cambio.

El público aclamaba y aplaudía.

—Pero si apenas llegó a hablar con Hernández, ¿no?—murmuró Cris en el público. Oihane, compañera bajo las órdenes de González, se encogió de hombros.
—Supongo que vende más exagerar las cosas un poco.

El soldado y batería, que efectivamente no tenía mucha relación con Hernández ya que no era de los soldados que solían participar en acciones peligrosas, y las órdenes siempre las había recibido de Chapa, comenzó a cantar.

—La pasma anda buscando a Hernández; lo tienes claro, dije, ¡jódete! Seguirás buscando a Hernández, dez, dez…

El público, animado, comenzó a bailar pogos.

—Al menos parece que tendrá éxito como tema—suspiró Cris, apurando su katxi de cerveza para unirse a los pogos cuanto antes.


Javi, el Risas, se encogió cuando su abogado entró en la sala.

—No, si son buenas noticias—dijo éste.
—¿Ah, sí?
—La Fiscalía está dispuesta a quitarte el cargo de pertenencia a banda armada si afirmas bajo juramento que Iker Celaya es el jefe de la familia de la Cosa Kostra en Bilbao y que conseguiste el arma a través  de él.
—Joder, ¿qué? No puedo hacer eso, no… joder, no puedo.
—Pero además he conseguido que acepten meterte en un programa de protección de testigos si haces esa declaración. Nadie sabrá nunca que lo has hecho.
—Pero aún así… sería traicionarles.

El abogado se encogió de hombros.

—Tú piénsatelo y me dices. Tienes 24 horas para decidirte.


Iker Celaya entró en el cuartel de La Salve con los brazos esposados a la espalda y dos guardias civiles agarrándole fuertemente, uno a cada lado.

Le llevaron a la sala de interrogatorios, bajándole por unas escaleras en las que hasta cuatro guardias estaban pendientes de que no cayera o se tirara; la Guardia Civil en Euskadi no tenía un gran historial en el buen trato a los detenidos, y desde que cesó la actividad de ETA era buen momento para poner énfasis en mejorarla.

—Así que tú eres el sustituto de Hernández—le dijo un guardia con pasamontañas para cubrirse el rostro. Celaya permaneció en silencio—. Bueno, da igual. Con la investigación que hemos hecho y el testimonio de un testigo, ya tenemos bastante para tenerte encerrado unos años.

Celaya se encogió de hombros y el guardia volvió a la carga.

—Debes de saber perfectamente que esto no es un aviso. No habríamos detenido al padrino si no tuviéramos algo sólido. Tenemos asegurado que irás a la cárcel. A partir de ahí, puedes rebajar tu pena colaborando con la Fiscalía. Y si sabes algo del asesinato de aquellos chavales en Burgos...
—No voy a decir nada.
—Pasarás unos cuantos años en la cárcel por tráfico de armas y pertenencia a banda armada como mínimo.
—Entonces los pasaré.
—Bueno, pensábamos que derrotar a la Cosa Kostra en Bilbao sería más dificil.

Celaya rió, para después volver a ponerse serio.

—Pero no nos habéis derrotado.
—¿No? Tenemos al líder entre rejas.
—Pero no podéis derrotarnos. No podíais cuando la revolución social era sólo nuestros ideales, mucho menos podéis ahora. Ahora cobramos por la revolución social, nos dedicamos a ella, es nuestra forma de vida. La hemos integrado tan totalmente que es nuestro día a día. Por eso no podéis derrotarnos—y sonrió nuevamente.

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