Cuando
el arquero Herleifr era un muchacho, cayó en una trampa. Casi veinte años
después, su pasado resurge de forma inesperada. Vamos con un spin-off de La balada de Hakon, protagonizado por uno de sus secundarios más recurrentes. La portadilla de Miguel Lob Lan (obviamente) nos muestra a Herleifr en los dos momentos de su vida en los que se divide este relato.
Herleifr estaba acostumbrado al dolor.
Había
nacido en las afueras de Ulfgod, capital de Svanhaim; segundo hijo de Aron el
Bajo, que regentaba una posada bastante humilde, y Lynae, una cazadora.
Llevaban una vida más o menos feliz. La posada les mantenía; por la mañana,
Lynae salía a cazar, y regresaba a la tarde, normalmente con algunos conejos, a
veces un zorro o una ardilla.
Cuando
Herleifr apenas era un niño, su hermano mayor, Briand, murió por una fiebre.
Ésa fue la primera pérdida que Herleifr experimentó. Sus padres tuvieron otra
hija, una niña llamada Kaysa.
Teniendo
Herleifr 10 años, su padre murió, asaltado por bandidos en un camino cuando iba
a buscar cerveza para su negocio. Nunca se encontró a los culpables. Cosas que
pasan.
De
pronto, la reducida familia se encontró con que ya no podía mantener la posada.
Tuvieron que venderla al mejor postor, y marcharse de Ulfgod. Se trasladaron a
Tjalmo, una pequeña aldea en la que una cazadora podía ganarse la vida con
mayor facilidad. Herleifr tenía que cuidar de su hermana; su madre pasaba todo
el día fuera, cazando. Supieron lo que era pasar hambre.
Lynae
intentó enseñar a su hijo a usar el arco, pero era demasiado pequeño. No tenía
fuerza para tensarlo tanto como era necesario. Aún así, no cedió. Con el paso
de los meses, fue más fácil. Para cuando tenía 12 años, Herleifr ya era
arquero.
Apenas
un par de años después, murió la pequeña Kaysa. La falta de comida había
debilitado su salud; una fiebre que en principio no debería ser muy grave se la
llevó. Herleifr y su madre quedaron solos y devastados por el dolor.
Ya no tenían motivos para establecerse en un sitio fijo. Viajaban de bosque en bosque, acampando allí, cazando y alimentándose. Vendían las pieles –o alguna pieza entera, si sobraba- en las aldeas. Herleifr aprendió a sobrevivir en la naturaleza, a construir pequeños refugios, a cazar. Pronto, su talento como arquero superó al de su madre.
En el otoño del año 1305 después de la derrota del Señor Oscuro, el joven participó en un pequeño torneo celebrado en la aldea de Mitanderjold. Ganó. Consiguieron cuatro monedas de plata, suficiente para vivir durante meses. Ahora que tenían dinero, volvieron a dormir en posadas, en un lecho cómodo. Volvieron a temer los caminos, pues los bandidos no eran tan temibles para quien no tenía dinero. Volvieron a sonreír.
Así
pues, en la primavera del año siguiente, Lynae y su hijo viajaron a la aldea de
Thersund, en Nihlhaim, en la que se celebraba todos los años el torneo del
Venado de Oro, el más prestigioso torneo de tiro con arco de los nueve reinos. Viajaron
en grupo para reducir el peligro de ser asaltado por bandidos: desde
Mitanderjold hasta Gottegod junto a una compañía de teatro, y desde Gottegod
hasta Thersund junto a unos comerciantes, pues el Venado de Oro también atraía a
un gran número de comerciantes a la aldea.
Herleifr
estaba acostumbrado al dolor, pero nada podía prepararle para lo que pasó la
noche después de ganar el Venado de Oro.
Se
alojaron en una posada. El torneo duraba tres días, durante los cuales Thersund
se llenaba de arqueros y de todo tipo de comerciantes.
Al
final del tercer día, sólo tres arqueros habían superado todas las pruebas.
Herleifr se enfrentaba a Knutr, un arquero del ejército de Nihlhaim que ya
había ganado el año anterior, y a Hirciros, un elfo silvano que solía ganar el
Venado de Oro cada cinco o seis años desde hacía ya muchas décadas.
Aquel
año, ninguno de esos dos arqueros pudo repetir su victoria. Contra todo
pronóstico, la victoria, aunque apenas por unos pocos puntos, fue para el joven
Herleifr.
El
mejor arquero de los nueve reinos. El mejor arquero de todo Danna, seguramente.
Y el premio de una moneda de oro, más dinero del que hubiera tenido nunca.
Herleifr no cabía en sí de gozo, y su madre tampoco.
Lo
primero que hicieron fue comprar algunas provisiones y aprovechar para cambiar
la moneda por monedas de plata. Con todo aquel dinero, tal vez podrían vivir
durante años; pero, si lo gestionaban bien… podrían construir una pequeña casa
o incluso una simple cabaña en cualquier bosque y continuar cazando, pero
viviendo de forma mucho más holgada y cómoda. O incluso… ¿y si volvía a ganar
el torneo? Bueno, era poco probable que ganara el Venado de Oro todos los años,
pero sólo con que consiguiera ganarlo tres o cuatro veces más a lo largo de su
vida, podrían tener una vida realmente cómoda. Y eso sin contar los premios
menores que pudiera ganar en torneos no tan importantes. En realidad, ni
siquiera necesitarían cazar si no les apetecía hacerlo.
Tras
cenar en el banquete que se organizaba tras el propio torneo, madre e hijo se
despidieron. Lynae volvió a la posada con la mayor parte de las monedas de
plata. Herleifr, aún cargando con su arco y sus flechas, hizo lo que se podía
esperar de un joven al que le quedaban unas semanas para cumplir 18 años:
quedarse unas horas más celebrando su victoria, derrochando una moneda de plata
entera.
El
arquero bebió vino e hidromiel. Se emborrachó. Por primera vez en su vida,
visitó un burdel y, por primera vez en su vida, conoció los placeres del sexo
de la mano de una bella cortesana. Y, tras salir del burdel, continuó
emborrachándose.
Se
hizo amigo de un hombre llamado Hollmuid, que le felicitó efusivamente por
haber ganado el Venado de Oro. Él veía el torneo casi todos los años y nunca
había visto a un arquero tan joven con tanta puntería, le aseguró. Le dijo que
no tenía que haber ido al burdel, que sin duda había multitud de muchachas en
Thersund que habrían estado encantadas de acostarse con el ganador del torneo
sin pedir dinero a cambio, especialmente siendo un muchacho apuesto. “Si
hubiera ganado el elfo, pues igual no, ¿quién cojones querría acostarse con un
jodido elfo?”, señaló. Pero después añadió que bueno, al fin y al cabo, Herleifr
podía permitirse gastar algo de dinero en un burdel después de ganar tal premio,
y no estaba mal acudir a una profesional.
Hollmuid
le invitó a una bebida más, y Herleifr aceptó de buen grado y bebió junto a su
nuevo amigo y al guerrero que le guardaba las espaldas, un hombre enorme de
cabeza rapada, numerosos tatuajes y un surco tallado en los dientes al que
llamaban Sacatripas. Celebraron su victoria, y después tomaron otra más, de un
hidromiel realmente caro al que Hollmuid le invitó. El joven arquero nunca
había bebido nada tan rico.
En
algún momento, salieron de la taberna. A Herleifr le presentaron a Atli, el
padre de Hollmuid, un comerciante adinerado que iría ya camino de los 70 años;
tenía el pelo completamente blanco y caminaba con ayuda de un elegante bastón.
También quería felicitarle.
Fueron
paseando por las afueras de Thersund. Hacía una noche estupenda. Evidentemente,
sus nuevos amigos estaban en una buena posición económica, aunque, según le
contaron, últimamente estaban atravesando muchos problemas.
Su
principal problema era un comerciante rival llamado Taegor Nieblaespesa. Al
parecer, había estado intentando arruinarles, e iba camino de conseguirlo.
Herleifr, acostumbrado a vender piezas de caza con su madre, entendía algo
sobre las reglas básicas del comercio: sabía, por ejemplo, que si en una aldea
tenían muchas pieles de conejo, les pagarían menos por las que trajeran ellos,
porque no las necesitaban tanto. Sin embargo, nunca había pensado que esas
reglas pudieran complicarse tanto cómo le estaban contando sus nuevos amigos,
aunque tenía sentido, incluso para su entendimiento aturdido por el alcohol.
Escuchó sobre las diversas estratagemas que Taegor Nieblaespesa empleaba para
asfixiar la economía de sus amigos, y todo sonaba coherente: pagar más a sus
proveedores para tenerlos en exclusiva para él, adelantarse en las rutas
comerciales para vender alimentos antes que ellos y que los suyos se pudrieran
antes de haber podido venderlos… ciertamente, parecía un hombre malvado y
dispuesto a arruinarles.
El
bosque a las afueras de Thersund estaba tranquilo y silencioso; con el cielo
totalmente despejado de nubes, la luna, casi llena, lo iluminaba lo bastante
para que los cuatro hombres pudieran pasear. Atli y Hollmuid le contaron todas
sus penas; Sacatripas sólo les acompañaba en silencio.
Su
paseo les llevó hasta el límite del bosque. Desde allí, a no mucha distancia se
podía ver una amplia casa, con la mitad inferior de sus muros hechos de piedra
y, sobre ellos, una construcción de madera que se erguía en dos pisos. Era la
casa de Taegor Nieblaespesa.
En
el segundo piso había un amplio balcón, en el que se podía ver la silueta de un
hombre, demasiado lejos como para poder ver sus rasgos con claridad. Aquel
hombre era el infame comerciante del que hablaban, según le indicaron. Se
consideraba demasiado importante y rico para acudir a las tabernas de la aldea,
así que solía beber vino por la noche él solo en su balcón, contemplando el
cielo nocturno.
Y
allí estaba una noche más, ajeno a ellos, mirando la luna. Tal y como estaban,
a la sombra de los árboles, él no les podía ver. Era imposible también que les
oyera a esa distancia, por encima del chirrido constante de los grillos y el
ulular de las lechuzas.
—Eres
un buen muchacho, Herleifr—dijo Atli con voz calmada y tranquila—. Te propongo
algo. Tú podrías salvar nuestra familia. Ahora mismo, de hecho. Sólo tienes que
disparar una flecha y matar a Taegor Nieblaespesa: será tarea fácil para ti. Te
puedo pagar por ello. Has ganado una moneda de oro hoy, ¿no? No será lo
suficiente para comprar unos terrenos, pero si te doy unas cuentas monedas de
plata más sí lo será. Salvarías a nuestra familia y a la tuya. Sólo con una
flecha.
El
arquero quedó perplejo con la oferta. La meditó durante unos momentos.
Normalmente,
asesinar a sangre fría a un hombre por primera vez es algo muy difícil para
quien tiene ciertos escrúpulos. En este caso, no lo fue. Quizá había demasiadas
cosas que jugaron en contra de esa dificultad. Herleifr era joven e ingenuo,
estaba eufórico por haber ganado el torneo de arco más importante de los nueve
reinos y aturdido por el alcohol, matar a aquel hombre era un nuevo reto con el
que demostrar sus habilidades, sus nuevos amigos le estaban pidiendo que lo
hiciera y además tenían razón en que aquel era un hombre cruel e injusto que no
merecía vivir, le ofrecían un dinero por ello que le vendría muy bien, estaba
lejos y no tenía que ver su cara al matarle… todas esas cosas hicieron que le
resultara bastante fácil agarrar una flecha, tensar su arco y matar a Taegor
Nieblaespesa.
Atli
y Hollmuid abrazaron efusivamente a Herleifr.
—Nos
has salvado, muchacho. Nos has salvado—insistió el anciano—. Toma esto. Por
favor, acepta esto.
Atli
le dio primero cinco monedas de plata, y después, rebuscando en su bolsa, sacó
un anillo que le dio también, con una joya pulida de color rojizo. Según le
explicó, aquel anillo también estaba hecho de plata y la joya era un rubí
incrustado; valía al menos el equivalente a tres monedas más.
Padre,
hijo y guardaespaldas se despidieron del joven arquero. Herleifr regresó a la
posada, compuesta por una única estancia con dos docenas de camas de paja;
agotado por un día duro lleno de emociones, cayó dormido nada más desplomarse
sobre su lecho, situado al lado del de su madre.
No
tuvo mucho tiempo para dormir. Menos de dos horas después, los gritos le
despertaron.
Herleifr
tardó un rato en entender qué pasaba, quiénes eran los intrusos. Eran cinco
hombres. Dos de ellos, a juzgar por la ballena en sus ropas, eran soldados del
ejército de Nihlhaim. Los otros tres no lo eran, así que debían de ser
guerreros de algún clan o simplemente hombres de la aldea; pero dispuestos a
hacer justicia, eso sí, dado que también iban armados.
Uno
de los soldados agarró a Herleifr del cuello, le levantó y le sujetó contra la
pared. El otro revisaba sus escasos enseres, y pronto encontró lo que buscaba.
Mientras tanto, Lynae también se levantó, aterrorizada. Cinco desconocidos
estaban atacando a su hijo.
El
resto de la gente alojada en la posada también se estaba levantando, perplejos.
La situación era extremadamente confusa, y el joven no entendía nada, pero las
palabras del soldado se le quedaron grabadas:
—¡El
viejo Atli tenía razón! Tiene el anillo de Taegor Nieblaespesa, él es el
asesino.
—¡Dejad
que lo mate aquí mismo!—gritó uno de los hombres que no era soldado, blandiendo
una espada.
—¡No!—le
contuvo el soldado que sujetaba a Herleifr—¡Será ejecutado en público como
establece la ley!
—¡Soltadle!—gritaba
Lynae al mismo tiempo—¡No ha hecho nada! ¡Es mi hijo!
El
joven arquero estaba demasiado confuso y demasiado avergonzado para hablar.
Estaba intentando comprender qué había pasado. Intentando asimilar que le
habían tendido una trampa obvia y él había caído. ¿Cómo podía haber sido tan
estúpido?
Después,
todo ocurrió muy rápido. Lynae había cogido el cuchillo que usaba para
despellejar animales; nadie la había visto cogerlo siquiera. Pero sí vieron
cómo se abalanzó sobre el hombre que insistía en matar a Herleifr.
—¡Cuidado!—gritó
otro.
El
hombre pudo girarse a tiempo e interponer su brazo para evitar el cuchillo de
la cazadora. El soldado que no estaba sujetando a Herleifr actuó rápido para
combatir aquella amenaza, casi por reflejo, y en un momento, hundió su espada
en el vientre de Lynae.
Herleifr
gritó, lloró y se retorció mientras la vida de su madre se apagaba. Los otros
hombres acudieron rápidamente a la ayuda del soldado que trataba de contenerle,
e inmovilizaron fácilmente al delgado joven. Después, se lo llevaron.
El
arquero pasó mucho tiempo repasando todo lo que recordaba de aquella noche,
encajando las piezas de la trampa que le habían tendido. Aún así, hubo detalles
que nunca llegó a conocer. Nunca supo cuál era exactamente la estratagema por
la que el anillo había servido para incriminarle, por ejemplo. ¿Era porque le
habían dado un anillo idéntico a uno que todo el mundo sabía que tenía Taegor
Nieblaespesa? ¿Quizá era realmente un anillo perteneciente a Taegor, y Atli y
su hijo se lo habían robado o comprado poco antes de convencer a Herleifr para
que le matara? ¿Quizá Taegor ni siquiera tenía un anillo parecido, pero Atli y Hollmuid
habían convencido a los soldados de que sí? ¿O incluso era posible que hubieran
comprado a los soldados, que ellos también formaran parte conscientemente de
aquella pequeña conspiración para incriminar a Herleifr? Cualquiera de las
cuatro opciones era posible, pero el arquero nunca supo cuál era la realidad.
Tampoco le importaba: de una forma u otra, había funcionado. Lo había perdido
todo.
Por
mucho que hubiera sufrido en el pasado, los peores días de su vida fueron
aquellos: su madre muerta por su culpa, totalmente solo, encerrado en una
pequeña casa de piedra que alguien había prestado a los soldados, esperando su
ejecución.
Aquella
ejecución nunca llegó: sólo un hombre con una cicatriz en la cara que dijo
llamarse Kolbein. Le ofreció un trato. Sería perdonado si se unía al ejército
de Arshaim: al parecer, unirse al ejército de Nihlhaim sería demasiado
polémico, probablemente había ganado demasiados enemigos allí. Pasaría unos
meses en el ejército puliendo sus habilidades; y después, se uniría a un
comando secreto, formado por hombres tan hábiles como él, con quienes
completaría su entrenamiento.
El
arquero aceptó. Pasó unos meses en el ejército de Arshaim, e incluso mejoró su
estado de ánimo. Le pagaban un pequeño salario por pertenecer al ejército, que
usó para pagarse su primer tatuaje: el símbolo de la diosa Eria. ¿Qué si no? La
muerte le había acompañado toda su vida.
Después
llegarían más tatuajes, más entrenamiento, más flechas y más aventuras.
Herleifr cumplió con éxito la misión para la que había sido reunido aquel
comando secreto y, después, fue libre.
***
Uno
de los primeros días del verano del año 1324, Herleifr bajó a la ciudad de
Ulfgod a vender algunas pieles, como solía hacer cada pocas semanas. A veces,
también se quedaba un rato en alguna taberna; o incluso la noche entera, en
ocasiones. Era cierto que, desde que pasó la frontera de los 30 años, esas
ocasiones eran muy escasas. No tenía tanta energía como en su juventud, así que
ya prefería quedarse sólo unas pocas horas. Aún así, esas horas le eran muy
necesarias. Era un hombre que apreciaba mucho la soledad, pero no tanto: si se
pasara todos los días de su vida en su cabaña en el Bosque de Ulf, sin hablar
con nadie en absoluto, se acabaría volviendo loco. Quizá tendría que buscarse
una esposa, pero nunca se le había dado bien cortejar a las mujeres, a decir
verdad.
Ulfgod
era una ciudad portuaria que bullía de actividad. Sus edificios lucían nuevos,
su muralla no estaba apenas desgastada: la razón era que la ciudad había sido
prácticamente arrasada por los enanos durante la Gran Guerra. Las consecuencias
habían sido devastadoras, pero, más de un siglo después, parecía que las
décadas de reconstrucción habían sido muy favorables para el aspecto de la ciudad.
La mayoría de edificios no estaban dispuestos al azar como en otros lugares,
sino cuidadosamente diseñados para permitir el paso de la gente, por calles más
estrechas o más anchas. La mayor parte de las calles más estrechas, por las que
no podían transitar caballos o animales de carga, estaban cubiertas por
maderos, de modo que la gente podía andar sin preocuparse por el barro. Quizá
fuera influencia de los elfos, que también hacían esto en sus ciudades. En
cualquier caso, era una ventaja enorme respecto a la mayor parte de aldeas y
ciudades que Herleifr conocía; no era tan eficaz como los suelos empedrados,
cierto, pero sí mucho menos costoso, y cumplía su función.
Así
pues, caminando con comodidad pese a las lluvias de los días anteriores, se
dirigió a la plaza del mercado. Cerca de la esquina oeste de la plaza estaba el
puesto de confianza para el arquero, el de una mujer llamada Ingrid. Su marido
viajaba por los nueve reinos y parte del exterior vendiendo las mercancías que
Ingrid compraba en la plaza. Herleifr siempre había pensado que no hacía falta
irse tan lejos para vender mercancías tan corrientes, pero quién sabe, quizá
simplemente le gustaba viajar. De una forma u otra, ése era su modo de vida, y
no parecía que les fuera mal.
Ingrid
era una mujer a la que le gustaba mucho hablar, pero también iba directa al
grano cuando se trataba de negocios, de modo que le saludó con un directo y
conciso:
—Herleifr.
¿Qué tienes para mí?
El
arquero dejó el fardo con el que cargaba sobre la mesa.
—Tres
pieles de liebre, tres de jabalí, dos de ciervo.
—Bueno,
te puedo dar siete monedas de cobre por esto.
—
Oh, vamos, Ingrid. Esto pesa mucho y tengo que cargar con ello desde el bosque.
Esperaba más de una de bronce…
—Imposible.
—Pero,
¿siete de cobre? Esto vale al menos nueve.
—Ocho.
Es todo lo que puedo ofrecer. Es que últimamente hay muchos jabalíes, ¿sabes?
No sé qué pasa, pero todo el mundo viene con pieles de jabalí. Y si todo el
mundo puede conseguir una piel de jabalí, valen menos. Ya sabes, las reglas del
comercio…
—Sí,
las reglas del comercio. He acabado aprendiéndolas, no te creas. Ocho monedas
de cobre entonces, trato hecho.
El
arquero, resignado, aceptó las monedas y las guardó en su bolsita de cuero. De
todas formas, le llegaría para comprar algo de pan, pescado, mantequilla, sal… quizá
carne de pollo… y también tenía que llevar su cuchillo a un herrero, había
perdido algo de filo. Eso sí, difícilmente podría llegar a pagar más de tres
cervezas en una taberna con lo que le sobrara. Si quería emborracharse aquella
noche, tendría que gastar también parte del poco dinero que llevaba en su
bolsita antes de aquella venta…
Cuando
ya iba a despedirse, Herleifr notó que se armaba algo de revuelo en la plaza.
Pasaba de vez en cuando, si venía algún comerciante rico o algún noble. A veces
acudían en persona miembros de la familia real y la gente se agolpaba hasta
donde los guardias reales les permitían sólo para ver a Arbid comprando algunas
hierbas para sus pócimas o a Siv comprando joyas.
Esta
vez no era para tanto. Sólo un comerciante rico. Herleifr vio primero a su
esclavo, cargando con un gran fardo de telas. Después pudo atisbar el rostro
del comerciante y, entonces, palideció.
Habían
pasado muchos años, ¿pero cómo iba a olvidar aquel rostro? Hollmuid. Era mayor,
las canas habían poblado sus sienes, pero se trataba de Hollmuid.
Aunque
había dos parejas de soldados del ejército de Svanhaim patrullando por la plaza
para disuadir a posibles ladrones, el comerciante tenía sus propios escoltas,
dos jóvenes guerreros, cada uno con un hacha en el cinto. La pequeña comitiva
atrajo brevemente las miradas de los curiosos y algunos cuchicheos.
—Vaya—murmuró
el arquero—. Tenemos un comerciante importante hoy, ¿eh? Igual es tu día de
suerte, Ingrid.
—¿Lo
dices por Hollmuid? No, me temo que no. Hace unos pocos años sí que le compré
algunas telas. Y entonces él ya era rico, pero ahora lo es mucho más, así que
sólo vende a los mejores compradores… se escapa un poco de mi alcance, vaya. Yo
no puedo permitirme pagarle lo que valen esas telas.
—¿En
serio vender telas da tanto dinero? Igual he escogido mal mi profesión…
—Claro.
No vende cualquier cosa, vende algunas de las mejores telas de los nueve
reinos. De lino y seda, sobre todo. Pero lo que le ha hecho realmente rico es
un material que llaman algodón… es muy parecido a la lana, pero sale de las
plantas, no de las ovejas. Imagínate, como si fuera un árbol de ovejas, ¿no es
una locura? Pues parece que los elfos llevan siglos usando el algodón y a los
humanos no se nos había ocurrido hasta ahora, ya ves.
—Ah,
siempre he encontrado interesantes a los elfos. Creo que es por lo de ser
arquero… como los elfos suelen ser buenos arqueros, nunca me han caído mal, la
verdad.
—Oh,
en Svanhaim no nos suelen caer mal los elfos. Bueno, es lo que tiene ser sus
vecinos, supongo.
—Ah.
Este tal Hollmuid también será de Svanhaim, entonces, ¿no? Si aprendió lo del…
¿algodón? De los elfos…
—Sí,
es de Mannejold, justo al lado de la frontera con Alfhaim. Bueno, no sé si es
de allí, pero, al menos, desde hace unos años, vive en Mannejold con sus dos
esposas y sus hijos. Me imagino que allí descubrió el algodón.
—Qué
cosas. Bueno, gracias, Ingrid. Volveré un día de éstos. Un día que las pieles
de jabalí se paguen mejor, a ser posible…
El
arquero se despidió y continuó caminando por la plaza del mercado. La idea de
vengarse empezó a reaparecer en su interior. Atli, con toda seguridad, estaba
muerto ya. Ya era un hombre anciano cuando Herleifr era un muchacho. No había
nada que hacer ahí. Pero Hollmuid… aún podía vengarse de Hollmuid. Seguía
siendo uno de los responsables de la muerte de su madre y de los peores meses
de su vida.
Era
algo con lo que había fantaseado alguna vez, aunque nunca en serio. Ya casi no
pensaba en ello. Sin embargo, ver el rostro de Hollmuid había despertado en él
la sed de venganza, y sabía que ya no podría quedarse tranquilo hasta no haber
acabado con su vida. Como diría un comerciante, era una cuenta que tenía que
saldar con su pasado.
No
quería mirar directamente a su objetivo. Podría ser reconocido por él, al fin y
al cabo. ¿No recordaría al arquero al que engañaron, con lo que aquello debió
de ayudarle a quitarse de en medio a su competencia y alcanzar la posición que
tenía ahora? Herleifr debía camuflarse entre la multitud de la plaza, pero aún
así, necesitaba acercarse. Vestido con su túnica raída, el arco y las flechas a
la espalda, un cinturón sencillo del que sólo colgaban una bolsita y el
cuchillo con el que despellejaba a los animales que cazaba, ciertamente parecía
un vagabundo en comparación a los comerciantes de la esquina más adinerada de
la plaza, pero no era el único que lo parecía. No se podía decir que llamara la
atención.
Se
movió discretamente y sin apresurarse. Hollmuid aún estaba charlando un poco
con el comerciante al que había vendido las telas. Éste le insistía para que se
quedara un rato y bebieran algo en una taberna, quizá con la esperanza de que
el alcohol hiciera más generoso a Hollmuid en sus próximos negocios, pero él se
negó.
—La
verdad es que tengo asuntos que atender en casa—dijo—. Si he estado a punto de
no venir y enviar sólo a mi esclavo y a mis guardias, pero ya sabes que me
gusta supervisar personalmente todos mis negocios y no dejar nada al azar. No,
me vuelvo ahora mismo. Volveré por aquí en cosa de tres meses, depende de cómo
esté el mercado, puede que entonces me quede un poco más…
El
arquero había oído lo suficiente. Si de verdad quería vengarse, lo ideal era
seguirle. Así averiguaría dónde vivía exactamente. Durante un momento temió que
hubiera venido en barco, como hacían a menudo los comerciantes, pero no:
Mannejold no era una aldea costera, y estaba a sólo uno o dos días de viaje,
así que habría venido en caballo. Era posible seguirle. Claro, también podía ir
a Mannejold sin ninguna pista y hacer algunas preguntas, pero eso levantaría
demasiadas sospechas. Las preguntas a Ingrid ya habían sido algo sospechosas,
pero hacerlo en la propia aldea en la que vivía Hollmuid sería demasiado.
Herleifr
se había decidido. Seguiría a Hollmuid, averiguaría dónde vivía y le mataría. Tal
vez su casa tuviera un balcón y él se asomara por las noches; entonces podría
matarle exactamente de la misma forma en que había matado a Taegor
Nieblaespesa. Eso sería una muerte irónica para él, un final perfecto. Ojalá
fuera así.
Pero
era más probable que no fuera todo tan fácil, claro. Entonces, ¿qué?
Probablemente, la forma más eficaz sería usar flechas incendiarias. A la noche,
se apostaría lo bastante lejos, untaría flechas con aceite y las prendería
fuego. Después, dispararía varias de esas flechas contra la casa de Hollmuid, y
las llamas la consumirían. Tal vez consiguiera escapar, pero lo más probable
sería que muriera, quemándose vivo. Una muerte lenta, como la que merecía.
Sin
embargo, también se quemarían vivas sus dos esposas, sus hijos y, suponiendo
que éstos últimos vivieran en la misma casa, sus esclavos. Herleifr no tenía
nada contra ellos, y le parecía un tanto cruel. ¿Estaba realmente dispuesto a
hacerlo? Se asustó un poco de sí mismo al ver que estaba valorando la idea.
En
cualquier caso, tenía que darse prisa. Hollmuid ya estaba abandonando la plaza
del mercado, en dirección al Este.
Anduvo a paso ligero hasta un establo a las afueras de Ulfgod y alquiló
un caballo: adiós a la posibilidad de comprar pan, pescado o mantequilla.
Se
quedó en el camino de salida, fuera de las murallas de la ciudad, fingiendo que
cargaba algo en el caballo. ¿Dónde estaba Hollmuid? ¿Había partido ya? Si había
marchado a buen ritmo mientras él compraba su montura, ya no le alcanzaría.
Entonces,
con un leve gesto de alivio, vio salir a dos hombres montados a caballo. Eran
los guardias de Hollmuid a los que había visto en el mercado. Justo detrás,
marchaba un pequeño carromato tirado por dos caballos. En el pescante había un
tercer guardia al que no había visto antes, que debía de haberse quedado
vigilando el carromato mientras los demás iban a la plaza del mercado.
No
se veía el interior del carromato, pero Hollmuid y su esclavo debían de ir
dentro, sin duda. El arquero se dio cuenta, una vez más, de lo poco
acostumbrado que estaba al modo de vida de los ricos: había esperado ver a
Hollmuid saliendo en un caballo, y resulta que ni siquiera tenía la necesidad
de montarse en uno. Debía de ser cómodo viajar en un carromato, para quien
pudiera permitírselo.
El
día fue pasando, y el viaje fue transcurriendo sin más incidentes que los
gruñidos en el estómago de Herleifr. Dado que seguir a Hollmuid le había
quitado la oportunidad de comer en Ulfgod o de comprar comida, todo lo que
tenía eran tres nueces que llevaba en su bolsa: las comió a primera hora de la
tarde, y ése fue el único alimento que había tenido en su cuerpo desde el día
anterior. El leve dolor en su estómago producido por el hambre le trajo malos
recuerdos, recuerdos de días enteros sin apenas probar bocado y de aquella
mañana en que la pobre Kaysa no despertó.
Los
guardias que iban con su propio caballo a veces se adelantaban un poco, y a
veces uno de ellos se retrasaba y vigilaba un poco también la zona por detrás
del carruaje. Sin embargo, ninguno de ellos pareció alarmarse las pocas veces
que repararon en Herleifr, viajando a paso tranquilo a lomos de su viejo
caballo. Sin duda, las amenazas que esperaban eran más bien bandidos que
asaltaran los caminos, que estuvieran emboscados en algún lugar; o, al menos,
en caso de que alguien les estuviera siguiendo con malas intenciones, que fuera
un grupo de gente, no un viajero solitario.
Hubo
una pequeña parada a media tarde, sólo para orinar. Había más viajeros por el
camino en aquel momento, así que Herleifr se mantuvo bien lejos, no queriendo
llamar la atención. Ni siquiera pudo ver si Hollmuid efectivamente había salido
del carromato, pero supuso que sí, y aprovechó para aliviar también su propia
vejiga.
Como
el carromato iba a paso lento, para cuando cayó la noche, aún debían de estar a
poco más de la mitad del camino hasta Mannejold. Herleifr vio a lo lejos cómo
el carromato se desviaba ligeramente del camino. Se detuvo en un pequeño
recodo, al borde de un bosquecillo. Así que Hollmuid pasaría allí la noche…
Muy
imprudente por su parte. Aunque tuviera tres guardias, era peligroso para un
comerciante rico acampar en un sitio tan aislado. Lo normal sería hacer noche
en una posada o, al menos, descansar junto a otros comerciantes o viajeros: eso
daba mucha más seguridad. Hollmuid era demasiado confiado… quizá por simple
arrogancia. En cualquier caso, esto cambió los planes de Herleifr; y a mejor,
para su gusto.
Ya
no tenía que plantearse si incendiar su casa y matar también a sus esposas y
sus hijos o seguirle durante días esperando a una oportunidad para matarlo: lo
haría aquella misma noche, en aquel mismo lugar.
Los
guardias ataron los cuatro caballos a los árboles cercanos. Herleifr hizo lo
propio con el suyo, escondido entre los árboles a suficiente distancia como
para que no se le oyera lo más mínimo. Moviéndose a pie, desplazándose entre
las sombras, vio que el esclavo salió del carromato, y los guardias y él se
pusieron a recoger leña para hacer una pequeña hoguera en la que calentar la
cena.
Esto
hizo que el arquero se tuviera que alejar más aún. Era más fácil que llegaran a
percatarse de su presencia, tanto mientras recogían leña, como después con la
iluminación de la hoguera. Mientras ésta estuviera encendida, Herleifr no
pensaba correr el riesgo de acercarse demasiado, así que se mantuvo lejos, sin
poder verles apenas. Habría jurado que Hollmuid ni siquiera llegó a salir del
carruaje para cenar, sino que uno de los guardias le llevó la cena al interior.
Después, eso sí, creyó verle salir a orinar otra vez. Tal vez era oportunidad
para matarle, sí… pero, desde allí, ni siquiera estaba seguro de que
efectivamente fuera Hollmuid. Incluso es posible que le estuviera confundiendo
con su esclavo. Y los tres guardias estaban bien alerta, demasiado cerca de él.
No, no era el momento adecuado.
Sólo
cuando la hoguera se fue extinguiendo y no quedaban más que las ascuas se atrevió
a acercarse un poco más y examinar la situación. Había luna menguante, pero el
cielo estaba totalmente despejado, así que se podía ver algo. Era una noche más
oscura que aquella en la que mató a Taegor Nieblaespesa, recordó con amargura.
Pero se podía ver algo, incluso sin el resplandor de las ascuas.
Los
tres guardias estaban fuera: uno de ellos se había cubierto con mantas y se
había echado a dormir, eran dos los que permanecían alerta. A Herleifr le
sorprendió un poco que el esclavo no estuviera durmiendo fuera también. Tenía
sentido, considerando que seguramente carecía de cualquier habilidad como
guardia o guerrero; pero, aún así, muchos comerciantes no se dignarían a
permitir que su esclavo durmiera en el mismo carromato que ellos. Es verdad que
tampoco era algo rarísimo: había gente que no trataba del todo mal a sus
esclavos. Según recordó de sus lecciones de historia en el ejército, en tiempos
antiguos eran tratados incluso peor que los perros, pero la rebelión de Neman
llevó a que muchos aprendieran que tal vez no es buena idea maltratar demasiado
a los esclavos, dado que existe una posibilidad real de que se enfaden, tomen
las armas y la cabeza del amo acabe separada de sus hombros.
En
cualquier caso, la situación era aquella. Dos de los guardias estaban
despiertos en torno a lo que quedaba de la hoguera, uno enfrente del otro, para
poder ver todos los ángulos. El otro estaba dormido no muy lejos de ellos,
cobijado por la sombra del carromato.
Al
arquero sólo le faltaba un dato: ¿cuántos hombres habría dentro del carromato?
Los guardias parecían sólo los de fuera, pero, ¿quizá llevaba algún esclavo
más? O una esclava, probablemente… no era raro que los comerciantes ricos
llevasen una esclava con ellos cuando hacían un viaje de varios días. Así se
ahorraban recurrir a prostitutas.
De
una forma u otra, nadie podría salvarse. Seguramente, a mitad de la noche,
harían un cambio de turno. Pero dos guardias durmiendo y sólo uno despierto
parecía mala opción… seguramente uno de los guardias se quedaría despierto toda
la noche y ya dormiría al día siguiente dentro del carromato. El guardia que
hubiera descansado podría atar el caballo del otro al suyo y llevar a los dos a
lo largo de la mañana.
Dejó pasar un rato más. Una hora, dos. Quería
que los guardias estuvieran ya un poco somnolientos, pero que todavía faltara
tiempo para el probable cambio de turno. Ése sería el momento perfecto para
atacar. La tensión invadía sus músculos: él también estaba cansado. Su estómago
protestó algunas veces por el hambre, pero no estaba tan cerca como para que
los guardias pudieran oírlo por encima del sonido de los grillos.
Llegó
el momento. Agazapado cerca del claro, agarró su arco y lo tensó.
El
primer flechazo alcanzó en el cuello al guardia que estaba frente a él,
matándolo casi al momento. El segundo guardia, sin embargo, reaccionó más
rápidamente de lo que Herleifr había previsto. Gritó de sorpresa y se giró
hacia el lugar desde el que había venido la flecha. No todo el mundo era capaz
de reaccionar tan rápido en una situación así.
La
siguiente flecha le alcanzó a él en el pecho. Aún con la poca luz que había, el
arquero vio cómo se hundía la flecha y supo que era una herida fatal; aunque
fuera a tardar un rato en morir, ya se le podía considerar una baja y
despreocuparse de él. Del que tenía que preocuparse era del tercer guardia, que
había despertado ante el grito del segundo y también había reaccionado con
bastante más rapidez de la prevista.
Viendo
a Herleifr, sacó su hacha y corrió hacia él, furioso. El arquero cargó una
flecha más y disparó: acertó a su enemigo en el hombro, pero no le detuvo. El
guardia fue recortando la distancia que les separaba a gran velocidad mientras
Herleifr cargaba la siguiente flecha. Disparó una vez más, esta vez directo a
su garganta, pero su enemigo interpuso el brazo izquierdo con extraordinaria
habilidad. La flecha le atravesó el antebrazo y se quedó allí clavada.
El
guardia herido atacó con su hacha; Herleifr dejó caer rápidamente su arco y,
moviéndose con una habilidad para el combate cuerpo a cuerpo que su oponente
jamás habría esperado de un arquero, aferró el brazo derecho que empuñaba el
hacha antes de que el filo del arma le alcanzara. Después, con la otra mano,
arrancó la flecha del hombro del guardia, que gritó de dolor con todas sus
fuerzas.
Empuñando
la flecha arrancada como si fuera un cuchillo, y agradeciendo que la punta no
se hubiera quedado dentro del hombro, Herleifr la hundió en el cuello del
guardia. Murió casi al instante. El arquero suspiró aliviado y recogió su arco.
Estaba muy desentrenado en el combate cuerpo a cuerpo; había tenido suerte de
ganar sin llevarse ni un rasguño. Pero los tres guardias estaban ya muertos, y
el momento de su venganza se acercaba, pensó el arquero recorriendo el claro
hasta el carromato.
Extendió
la mano para abrir la puerta… pero fue desde dentro desde donde la abrieron, y
demasiado rápido. La puerta de madera le golpeó directamente en la cara cuando
alguien la abrió de una patada, haciéndole sangrar de la nariz y aturdiéndole
un poco.
Después,
algo le golpeó de nuevo, y aquel segundo golpe fue mucho peor. Aturdido cómo
estaba, ni siquiera pudo ver con claridad qué era; sólo una enorme masa
abalanzándose sobre él, y un puñetazo en la cara que le tiró al suelo.
Ni
siquiera era muy consciente de lo que pasaba: sólo veía todo negro con pequeñas
estrellas brillantes, hasta que notó dos manazas rodeándole el cuello y
apretando. Fue entonces cuando su vista se aclaró un poco y vio el rostro de la
persona que le estaba estrangulando.
Sacatripas.
Era Sacatripas. Había estado dentro del carromato todo el tiempo. Y seguía
estando fuerte el muy cabrón para la edad que tenía, pensó.
Al
parecer estaba desarmado, eso sí. Su labor debía de ser más bien dar órdenes a
los guardias más jóvenes. Pero le estaba estrangulando, y Herleifr apenas se
podía mover, y lo único que pudo alcanzar fue una flecha de las muchas que se
habían caído de su carcaj.
Recurriendo
por segunda vez en la noche a empuñar una flecha como si fuese un puñal, la
hundió casi a ciegas. Atravesó el muslo de Sacatripas, que rugió de dolor y
soltó su presa. Sin saber muy bien cómo, el arquero consiguió escabullirse de
debajo de él, y se incorporó un poco. Sacudió su cabeza, intentando despejarse.
Sacatripas
recogió el hacha de uno de los guardias muertos. Herleifr aún estaba un poco
aturdido, su rostro y su camisa empapados de la sangre que caía de su nariz. Necesitaba
su arco, pero no tenía tiempo de cogerlo. Desenvainó el cuchillo de su cinto
que usaba para despellejar animales. Combatir a cuchillo no era su punto
fuerte, pero Sacatripas le mataría antes de que pudiera recoger el arco.
Su
oponente era viejo y estaba herido, sí, pero seguía siendo más fuerte que
Herleifr, probablemente sus habilidades para combatir también eran superiores,
y tenía un hacha. Se acercó, moviéndose con dificultad por la herida en la
pierna, apretando sus dientes tallados entre los que ya faltaban unos cuantos.
No parecía haber reconocido al arquero. Tampoco parecía un hombre con una
memoria extraordinaria o con la habilidad de pronunciar palabras o frases muy
largas, ya puestos.
Sacatripas
atacó primero, y si hubiera podido moverse más rápido, habría matado a
Herleifr, pero éste pudo esquivarlo. Intentó acercarse y atacar con el
cuchillo, pero era difícil, al tener más alcance el hacha. Un segundo ataque
también falló. El arquero se acercó más, y el tercer ataque le rozó, apenas un
corte con el hacha que rajó su camisa y le hizo una herida superficial en el
pecho. Pero antes de que Sacatripas pudiera atacar por cuarta vez, su oponente
ya se había acercado lo bastante.
Herleifr
le dio una patada con todas sus fuerzas en la pierna herida. Por supuesto,
Sacatripas cayó, y lo hizo con tan mala suerte para él que, al hacerlo, su
hacha se hundió en la tierra. Aún así, era fuerte y rápido, e incluso de
rodillas en el suelo como estaba, agarró a Herleifr y lo atrajo hacia sí.
Él
no se centró en esquivar esto: lo único que quería era apoyarse sobre el hacha
hundida en la tierra, evitar que Sacatripas pudiera atacar con ella. Cayó sobre
su oponente, pero era un oponente desarmado.
Sacatripas
le golpeó, un puñetazo en el costado, pero probablemente él mismo sabía que no
tenía nada que hacer ya. Herleifr hundió el cuchillo en su cuello y le mató por
fin.
Aún
inclinado sobre el cuerpo de su oponente como estaba, se giró y pudo ver por
fin a Hollmuid salir del carromato y echar a correr. Le siguió con la vista y observó,
eso sí, que el comerciante estaba escapando a pie. En lugar de dirigirse a los
caballos y escapar montado en uno, sólo corría. Seguramente el miedo le había
impedido pensar con calma y tomar la decisión más inteligente… ¿o tal vez,
simplemente, no sabía montar a caballo? Tal vez, por mucho que hubiera viajado
por los nueve reinos, siempre le habían llevado en un carromato y nunca había
tenido necesidad de aprender a montar. A veces, ser demasiado rico puede ser
una desventaja.
Y,
entonces, un nuevo ataque inesperado. El esclavo. El esclavo de Hollmuid salió
del carromato empuñando otro cuchillo, y se abalanzó hacia Herleifr gritando de
rabia.
El
arquero, dado que estaba sacando su arma del cuello de Sacatripas, sólo tuvo
tiempo de interponer la mano izquierda. El cuchillo del esclavo se hundió en su
palma; no llegó a atravesar el hueso, pero en su lugar, se deslizó hasta el
dorso de su mano, abriendo un corte muy profundo, desgarrando carne y músculo.
Herleifr,
gritando y maldiciendo de dolor, observó que ni siquiera era un cuchillo muy
grande. No era adecuado para el combate, seguramente lo llevaban en el
carromato sólo para pelar frutas o… ¿quién sabe para qué? ¿Qué importaba? Era
un cuchillo pequeño, pero le acababa de destrozar la mano. Se reincorporó
mientras su enemigo se preparaba para volver a atacar. Menos mal que no era muy
ágil, o Herleifr ni siquiera habría tenido la oportunidad de hacerlo.
Intentó
verle el lado bueno: habría tenido que matar a ese esclavo de una forma u otra,
para no dejar testigos. Era inevitable. Así, al menos, ya no sentiría el menor
atisbo de culpabilidad al hacerlo.
El
esclavo no parecía tener muchas habilidades para el combate, por no decir
ninguna. Pero Herleifr estaba herido y aturdido. Eso planteaba un reto más
complicado de lo que le habría gustado.
El
combate no fue fácil, aunque sí rápido; algunas veces, la gente confundía estos
términos. Sin embargo, un combate podía ser complicado aunque apenas se
alargase durante unos segundos, como fue el caso. El arquero apenas pudo
esquivar un tajo del oponente directo a su cara, y después atacó él. Hundió su
cuchillo en el costado del esclavo, pero no impidió que siguiera atacando.
Herleifr usó su brazo izquierdo para bloquear el siguiente ataque, que iba
directo a su cuello, y lo consiguió por poco. Desenterró el cuchillo del cuerpo
de su enemigo al tiempo que le empujaba, haciéndole caer hacia atrás.
Se
abalanzó sobre él, apoyando todo el peso de su cuerpo sobre el brazo derecho
del esclavo para evitar que pudiera usar su cuchillo, al tiempo que él hundía
el suyo una y otra vez. Suspiró de alivio cuando el esclavo murió por fin.
Herleifr
se incorporó rápidamente. Toda aquella lucha no habría servido de nada si
Hollmuid escapaba. Recogió su arco y dos flechas, y echó a correr. ¿Hacia dónde
había ido…? Se había alejado ya bastante, pero el arquero le vio: un borrón apenas
iluminado por la luz de la luna, corriendo todo lo que podía, que,
afortunadamente, no era mucho.
Escapar
corriendo y no a caballo era sólo el primero de los errores que había cometido
el muy necio. El segundo era aún peor: en lugar de correr en dirección al
bosque, donde, sin duda, podría haber escapado de Herleifr, estaba corriendo
por el camino. Seguramente sería algo instintivo: si uno tiene que escoger de
noche entre un camino a cielo abierto y un bosque, suele escoger lo primero. A
la gente le suele dar miedo adentrarse en un bosque de noche. Pero, si tienes a
tus espaldas un arquero que está intentando matarte, el bosque es la opción más
inteligente con diferencia.
Sujetar
el arco con la mano izquierda herida, y tensarlo después, fue considerablemente
doloroso. Pero Herleifr estaba acostumbrado al dolor. Acertar a un blanco que
corría, a cierta distancia y de noche tampoco era fácil. Pero Herleifr era muy
buen arquero. Cualquiera no puede ganar el Venado de Oro.
La
flecha se hundió en la espalda de Hollmuid, que aún corrió unos pasos más, a
trompicones, antes de caer de bruces al suelo.
El
arquero caminó hasta donde estaba, se agachó y volteó a su blanco para que
quedara boca arriba y poder encararle.
—¿Me
recuerdas, Hollmuid?—preguntó.
El
comerciante se estaba ahogando en su propia sangre, emitiendo un sonido ronco
desde lo más profundo de su garganta. Durante un momento, el arquero creyó ver
en sus ojos el brillo de reconocimiento, de comprensión de lo que había pasado;
pero fue algo fugaz, casi imperceptible y, al momento siguiente, Hollmuid ya
estaba muerto.
Herleifr
maldijo por lo bajo. En las historias sobre héroes y venganzas en los nueve
reinos, eso nunca pasaba. Todo el mundo sabía que el antagonista debía vivir lo
bastante como para mantener una última conversación con el héroe vengador, que
pronunciaría alguna frase ingeniosa o épica, y después le remataría. La verdad
es que, tal y como había pasado, Herleifr ni siquiera estaba seguro de que el
comerciante le hubiera reconocido. Quiso pensar que sí, que había llegado a
reconocerle. Pero, ¿y si no había sido así? El cabrón se habría ido a la tumba
sin saber siquiera por qué había muerto. Eso era mucho menos satisfactorio para
el arquero de lo que habría querido.
Fue después
de pensar sobre esto cuando recobró la conciencia del dolor. Estaba
completamente agotado, cubierto de sangre propia y ajena. Todo el cuerpo le
dolía; su nariz aún sangraba y se le estaba empezando a hinchar toda la mitad
derecha de la cara. Mención aparte merecía la herida de la mano, que debía
vendarse cuanto antes y que necesitaría ser cosida. Además, tenía que marcharse
de allí bien rápido y pensar en dónde esconderse durante los próximos días para
no levantar sospechas; o, en caso de tener que interactuar con alguien, cómo
justificar sus heridas.
Tenía
unos cuantos problemas por delante aún, entonces. Bueno… aquella no había sido
la venganza perfecta, pero había sido una venganza. Eso nadie lo podía negar.
Menos es nada, pensó mientras se alejaba en la oscuridad de la noche.

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