miércoles, 2 de agosto de 2017

El Día del Juicio


-Hola, bienvenido al Cielo-dijo una voz cálida y tranquilizadora-. Sígueme, por favor.

El abogado abrió los ojos despacio. ¿Dónde estaba? Lo último que recordaba era estar en su cama… no, en el hospital. Estaba en su cama del hospital, los médicos comentaban que la situación era muy grave, su esposa le sujetaba la mano y lloraba… pero aquello no era un hospital, desde luego.

Su interlocutor era un anciano de larga barba blanca, vestido con una túnica blanca con ribetes dorados, impoluta.

-Soy San Pedro. ¿Te importa acompañarme?
-He… ¿He muerto?
-Sí, por supuesto. Has sido un buen cristiano, sin llegar a ser un santo, que tengo unos pocos pecadillos veniales aquí apuntados, y ahora estás en el Cielo. Pero, si me disculpas, necesitamos de tus servicios para un asunto.
-¿Mis servicios? Disculpa, ¿qué…?
-Tus servicios como abogado, naturalmente.

San Pedro llevó al abogado por un camino de nubes, que descendía en espiral.

-Tenemos un asunto pendiente que arreglar con el Infierno. Allí te lo explicarán mejor, pero es una situación realmente comprometida, sí, sí. Esto lo trastoca todo.
-Un momento, ¿qué? ¿Voy a ir al Infierno?
-Sí, naturalmente tendrás que pasarte por allí para cumplir tu trabajo. Nada de qué preocuparte, no te van a torturar ni nada por el estilo, ya te he explicado que has sido un buen cristiano y vas a pasar la Eternidad en el Cielo.
-Pero…
-Básicamente se trata de defender a unos cuantos cientos de millones de almas que están en el Infierno y que aseguran que su lugar debería ser el Cielo. Oh, sí, sé lo que estás pensando, normalmente nosotros nos ocupamos de decidir quién va arriba y quién va abajo, pero nadie es perfecto, ¿sabes? Menos Nuestro Señor, claro. Pero como Él nos da libre albedrío, pues volvemos a lo mismo, podemos equivocarnos.
-Un momento, un momento, a ver. ¿Estoy muerto? ¿Esto es el Cielo de verdad? ¿Qué está pasando aquí?
-Sí, es un poco difícil acostumbrarse al principio, pero tenemos prisa. Mejor que te hagas a la idea. Y tranquilo, la caída no duele.

Antes de que el abogado pudiera decir nada más, San Pedro le empujó desde la última nube. El pobre hombre cayó en picado.

Decían que la caída de Lucifer y su Hueste fue la más larga y dolorosa jamás imaginable. El abogado pensó que, en realidad, no era para tanto; claro que probablemente los otros habían sido empujados de forma más violenta, y tal vez desde más arriba.

En todo caso, era cierto que fue muy larga. La gravedad parecía funcionar de forma distinta; era muy similar a la que sentía cuando estaba vivo, pero no parecía haber tanta aceleración al caer. O tal vez sí, pero no lo notaba porque había menos aire. Notó que no necesitaba respirar; esto no le producía ningún agobio.

De modo que la caída, al fin y al cabo, fue una experiencia curiosa y agradable. Las vistas eran buenas, y la temperatura fue aumentando poco a poco conforme se acercaba al suelo, hasta el punto de llegar a ser quizá un poco incómoda.

Poco antes de aterrizar, el abogado pudo ver una vista aérea del Infierno considerablemente desoladora. Los gritos se mezclaban y llegaban como una sinfonía de pánico y dolor. Los lagos de azufre y las montañas de roca desnuda salpicaban un paisaje desértico.

Cayó en una duna y rodó por el suelo. La temperatura empezaba a ser realmente molesta. Echó un vistazo a su alrededor: un paisaje inhóspito y desolado excepto por un palacio que se erguía a unos cientos de metros de distancia. Fatigosamente, comenzó a andar hasta allí.

Una puerta compuesta por dos inmensas hojas de mármol se abrió ante su llegada. Dentro del palacio la temperatura era mucho más agradable, y respiró aliviado. Por fin un momento de descanso. ¿Qué estaba pensando? Él siempre había sido cristiano, creía en el Cielo y en el Infierno… pero tal vez en una forma considerablemente más metafórica que aquella. Era todo demasiado real y demasiado surrealista a la vez.

-¿El abogado? Sígueme, por favor-dijo una voz profundamente grave a sus espaldas.

Se giró para ver a un demonio que ya había emprendido el camino, sin esperarle. El abogado se apresuró a caminar tras él, intentando discernir la figura a la que seguía. Vestía una larga capa roja que desde aquel ángulo le tapaba por completo el cuello, pero cierto extraño rasgo era más que evidente: el demonio tenía tres cabezas, una de ellas con pelo largo coronado por una tiara de oro, otra calva y de aspecto enfermizo y una tercera de aspecto similar a un león.

El abogado siguió al extraño demonio por un laberinto de pasillos que esperaba no tener que memorizar, hasta que finalmente llegaron a una puerta de aspecto imponente, de nuevo compuesta por dos hojas, esta vez de oro. Y, como la vez anterior, también se abrieron solas.

El demonio le indicó que pasara, y el abogado entró en una estancia que parecía ser una sala de trono. Tras una larga alfombra de terciopelo roja, se erguía un inmenso trono de árbol en el cual descansaba quien sólo podía ser Lucifer.

Lucifer era un hombre pelirrojo, de piel lisa, vestido con una túnica roja. Curiosamente, el abodado notó que, a pesar de que su aspecto era increíblemente más mundano que el del demonio anterior, imponía más. Había algo en su mirada que realmente aterraría a cualquiera.

-Así que tú eres el abogado que han enviado-dijo el soberano del Infierno.
-Sí, usted… eh, usted debe de ser Lucifer, supongo.

El abogado no tenía claro cómo debía tratar a su interlocutor. Era el rey de aquel lugar, ¿tendría que arrodillarse? ¿Arrodillarse ante Lucifer era pecado? ¿Importaba aquello a estas alturas?

-¿Sabes por qué te han llamado?
-No. Nadie me ha dado detalles. Sólo que tengo que representar a algunas almas atrapadas aquí.
-Exactamente. Sostienen que, estrictamente, han sido buenas personas. Mejor que algunas en el Cielo, de hecho. Han ido al Infierno principalmente por asuntos de costumbres o errores: no estar bautizados, ser ateos, sexo prematrimonial u homosexual, ese tipo de cosas.
-Entiendo. Bueno, creo que podría hacerme cargo. Supongo que lo que están buscando es algún resquicio legal que reestructure las cosas… ¿habla usted en representación de los demandantes, por cierto?
-Sí-Lucifer sonrió levemente, y el abogado se estremeció-. Yo represento a todos y cada uno de los pecadores que han existido y que existirán.
-Bien. Vale, tal vez pueda estructurar mi defensa en torno a algún tipo de desequilibrio con los que van al Cielo… supongo que tal vez gente de la Inquisición que haya cometido torturas…
-Oh, no, difícilmente podrás usar ese argumento. Los inquisidores también están en el Infierno, el “no matarás” era muy explícito. Otro tanto con los caballeros cruzados, los fascistas católicos del siglo XX, etc. De hecho, son los presos que más sufren, como un policía en una cárcel. Además de su castigo correspondiente, tienen que soportar el odio y los ataques del resto de los condenados.
-Vaya. ¿Sería posible hacerme una idea de quiénes han subido al Cielo, entonces?
-No.

El abogado parpadeó, perplejo.

-¿No?
-Ahora representas al Infierno, se te ha concedido un tiempo para hacerlo. De la misma forma que no puedes visitar el Cielo mientras estés vivo, tampoco podrás visitarlo hasta que no haya terminado el juicio, que será dentro de 40 días.
-Entonces, ¿cómo voy a saber a qué gente del Cielo puedo usar como argumento para contrastar con los demandantes?
-Los ángeles son astutos-respondió Lucifer-. No puedes saberlo. Así funciona su ley. Sólo puedes conocer a los que están en el Infierno.
-Y, uhm… ¿cuándo podré hacerlo?
-El demonio que te ha guiado hasta aquí te acompañará siempre que quieras, a conocer a los demandantes o bien a tus aposentos. Puedes dormir, si así lo deseas. Ahora que estás muerto, no necesitas dormir, pero he notado que los muertos recientes lo encuentran reconfortante. Las viejas costumbres son difíciles de olvidar.
-Sí. Eh, gracias, señor Lucifer.

El abogado inclinó la cabeza levemente y se retiró.

Al día siguiente, si es que se podía llamar así, cuando se despertó, notó que aquella no era su cama habitual. Tardó un largo tiempo en poner en orden los acontecimientos, y sólo los aposentos en los que estaba le confirmaron que no había sido un extraño y vívido sueño.

Tenía hambre, pero era sólo una débil sensación; y, desde luego, no sentía el menor dolor de estómago. Supuso que estando ya muerto no necesitaba comer, se vistió con una amplia túnica –mucho más adecuada para el calor del Infierno que su traje- y salió a trabajar.

Cuatro demonios, incluido el del día anterior, actuaban como sus escoltas y ayudantes, casi se podía decir que criados. Su principal función era el transporte, claro, ya que el palacio de Lucifer estaba en mitad de un vasto desierto.

Una vez empezaron a llegar a zonas más transitadas, al abogado le costó mucho acostumbrarse al espectáculo. Vomitó dos veces ante la desagradable visión de miembros amputados y los gritos de los condenados.

El paisaje del Infierno era casi totalmente yermo, con algún árbol ocasional que a menudo se aprovechaba para atar, colgar o incluso empalar en las ramas a los pecadores. La geografía pronto se fue tornando más variada, eso sí, con ríos y lagos de azufre por doquier y enormes montañas de roca, en cuyas profundidades a menudo también había cuevas, galerías y pozos que formaban un auténtico laberinto.

Durante días, el abogado recorrió el Infierno hablando con sus clientes. Pronto se acostumbró a no dormir más de dos horas diarias; horas que su cuerpo tampoco necesitaba, pero que le venían bien para aclarar las ideas y levantarse más dispuesto a trabajar.

Sus clientes se consumían en los lagos de azufre ardiendo, le hablaban empalados en estacas o colgados de árboles, o sufriendo las más terribles torturas con los instrumentos de las profundas mazmorras situadas en algunas de las galerías cavadas en la roca.

No comprendió la verdadera dimensión de todo aquello hasta que no vio a una mujer acurrucada, vestida apenas con unos harapos de ropa y con la espalda marcada por docenas de latigazos.

-Laura-murmuró-. ¿Qué haces aquí?

La mujer le miró sin recordar, sus ojos vidriosos y su mirada perdida.

-¿No te acuerdas de mí?

Al abogado le pareció ver un brillo de reconocimiento en los ojos de la mujer, pero ni siquiera estaba seguro. Comprendió que era normal. Debía de estar en su quinto o sexto año de Infierno. Su cerebro aún no había asimilado aquello; ¿cómo podía, de todas formas, un cerebro asimilar el concepto no ya de castigo eterno, sino simplemente de la Eternidad?

-¿Por qué estás aquí?-insistió una vez más.
-Blasfemia y pensamientos impuros-contestó finalmente la mujer, de manera mecánica. Parecía que al menos sus verdugos se habían asegurado de que memorizase el motivo de su condena.

El abogado reflexionó. Laura era una antigua amiga, de su adolescencia. Estudiaron juntos, después no se veían muy a menudo, pero quedaban muy de vez en cuando para tomar un café, o se encontraban por la calle. También la tenía en Facebook, recordó. las nuevas tecnologías y sus redes sociales eran muy útiles para conservar amigos de la infancia.

No conocía cada detalle de la vida de su amiga, pero siempre le había parecido muy buena persona. Indudablemente, no merecía estar allí. Ni mucho menos por toda la Eternidad, pero no merecía pasar ni un solo segundo allí siendo torturada. El abogado se dio cuenta de que en el juicio había muchas más cosas en juego de las que pensaba. ¿Cómo podría siquiera él ser feliz en el Cielo, sabiendo que probablemente muchos de sus amigos y familiares estaban siendo torturados en el Infierno? Siendo así, nadie podía de verdad alcanzar la felicidad eterna.

Durante los días siguientes, el abogado dedicó las 24 horas a estudiar derecho divino. El Cielo fue lo bastante cortés como para cederle un amplio número de documentos, desde textos de profetas hasta las mismísimas Tablas de la Ley, escritas tal y como Moisés lo contó.

Y, al fin, llegó el día del juicio. Presidía el estrado el juez Salomón, juez estrella en este tipo de asuntos. El abogado defendía a sus clientes, y un selecto grupo de ángeles eran la acusación.

Al abogado aquello simplemente le superaba. La cantidad de seres divinos y muertos célebres que se habían concentrado en aquella sala era tal que no podía asumirla, ni más ni menos. Así que se limitió a centrarse en los elementos que conocía: la improvisada corte, organizada en el palacio de Lucifer, tenía una decoración sencilla y unos elementos muy reconocibles: el juez aquí, la defensa allí, la acusación a su lado, los testigos más atrás. No había nada de que preocuparse, era sólo otro juicio más y mejor sería intentar actuar como si no estuviera ante una presión insoportable.

Entre la multitud, vio a San Pedro, que le sonrió. No le había visto desde su muerte, pero le reconfortó su presencia.

-Bien-dijo por fin el juez Salomón-. Se abre el juicio de los condenados al Infierno. Se abstienen la Santísima Trinidad, cuya Palabra sólo podemos interpretar; la Virgen María, Madre de Dios, pues es Su deber ser madre y proteger a todos sin juzgarnos; así como Lucifer y toda la Corte Infernal, por entender que sus intereses podrían ser contrarios a los de la parte reclamante.

Los ángeles comenzaron a aportar pruebas, y el abogado a contradecirlas. Poco a poco, se fueron enzarzando en una batalla legal, documento a documento, testigo a testigo.

A pesar de que los ángeles eran la oposición, el abogado no se veía a sí mismo así: al contrario, él se veía del lado de Dios, no del Diablo. Según él entendía, Dios, que no estaba presente, era Amor, y por tanto, no podía querer que nadie fuera al Infierno. Quien sí quería a esos condenados en el Infierno eran Lucifer y sus huestes, aunque hubieran estado a su disposición durante su estancia en el Infierno. Probablemente, razonó el abogado, lo habían hecho obligados, pero, tal y como señalaba Salomón en cuanto a sus intereses, seguramente lo que querían era tener cuantos más condenados, mejor.

Conforme las horas pasaban, y en mitad de una larga exposición, el abogado por fin dejó caer su auténtico objetivo; aquello que de verdad pensaba.

-…y es por eso que nadie, absolutamente nadie, merece el Infierno.

Tanto los ángeles acusadores como muchos demonios situados entre los asistentes comenzaron a protestar a gritos. El juez Salomón tuvo que golpear la tribuna varias veces con su martillo, pidiendo orden en la sala.

Uno de los ángeles se adelantó y esperó pacientemente a que las voces se acallaran.

-¿Sostiene entonces el abogado que ningún pecador, por graves que sean sus actos, debe ir al Infierno?
-Así es. Sostengo esto en base a tres argumentos: el primero es que los pecados de una vida jamás serán proporcionales a un castigo eterno; por larga que sea la vida y abundantes los pecados, inevitablemente el castigo será infinitamente desproporcionado. El segundo es el error de culpabilizar a alguien a quien sólo se ha enseñado mal, y que no puede buscar el bien con su corazón, pues nadie le ha dicho cómo hacerlo. El tercero es que un castigo, al ser eterno, se convierte en venganza sin sentido, para nada útil a ojos de un Dios omnipotente. Al fin y al cabo, ¿no somos todos hijos de Dios, y no somos como niños para él? ¿Condenaríais vosotros al Infierno a un bebé que patalea y se resiste a ser atendido porque no sabe que es lo mejor para él?

Nuevamente, el juez tuvo que pedir silencio ante la avalancha de voces de protesta que se alzó contra el abogado. El ángel que había hablado esperó pacientemente y continuó como si nada hubiera pasado.

-Entonces, ¿nos dejarías a los ángeles leales a Dios el trabajo de lidiar con estos pecadores? ¿De permitirlos entrar en el Cielo y que nosotros nos hagamos responsables de todos los daños que puedan causar?
-No-replicó rápidamente el abogado-, tal vez sería conveniente mantener el Purgatorio con fines educativos. La personalidad de los hombres se moldea a lo largo de una vida; con toda la Eternidad por delante, sin duda no costaría más que unos años hacerles ver el camino del Bien.
-Entiendo. No tengo más preguntas que hacer, señoría.

El ángel se retiró, dejando al abogado con la extraña sensación de que le había ayudado. Después llegó a la conclusión de que, efectivamente, así había sido. Al fin y al cabo, lo normal en los ángeles era que amaran a la humanidad.

Mientras reflexionaba sobre esto, el abogado miró hacia atrás, intercambiando brevemente miradas con Lucifer. El angel caído por excelencia le observaba fijamente, con media sonrisa en su rostro.

El abogado tragó saliva. ¿Qué pensaría acerca de esto el carcelero encarcelado? Por un lado, Lucifer había sido, en cierto sentido, defensor de la libertad, al rebelarse contra Dios y Su Ley. Sin embargo, el único consuelo en su prisión era torturar a los pecadores. ¿Qué le parecería, pues, la idea de liberarlos a todos?

En todo caso, no fue fácil convencer a los ángeles. A los más conservadores les escandalizaba por completo la idea. La balanza se iba inclinando hacia el lado del abogado, pero muy lentamente, y no parecía que tuviera nada que hacer. El juez Salomón observaba la escena, pensativo.

-Creo que hay una manera en la que podríamos llegar a un acuerdo-dijo finalmente-. Propongo la siguiente solución, si ambas partes están de acuerdo: que un tribunal independiente integrado por representantes tanto del Cielo como del Infierno escoja a las treinta millones de almas menos malvadas del Infierno y les dé una oportunidad de redención en el Purgatorio, para posteriormente llegar al Cielo; pero el resto de las almas del Infierno, las más malvadas, arderán por toda la Eternidad.

Por primera vez, se produjo un silencio en la sala que duró varios segundos. Después, los ángeles comenzaron a debatir entre ellos en voz baja.

-Aceptamos el trato-dijo finalmente uno de los ángeles-. Es una manera justa y compasiva de mostrar la piedad de Dios incluso hacia los pecadores.

Hubo varios aplausos en la sala. Las miradas se giraron entonces hacia el abogado, que aún meditaba su respuesta.

-Yo no lo acepto-concluyó.

Por tercera vez en el juicio, Salomón tuvo que pedir silencio ante la avalancha de murmullos y protestas que se levantó.

-La justicia de Dios no puede ser arbitraria-insistió el abogado-. No puede servir para unos y no para otros. Mientras haya una sola persona sufriendo innecesariamente durante toda la Eternidad, el mundo será terriblemente injusto. No podemos permitir eso. Bastante injusticia hay en el mundo inmaterial como para no arreglarse después.

El juez Salomón sonrió, satisfecho. El truco de partir al niño por la mitad siempre funcionaba. Los ángeles también se habían dado cuenta de la treta justo en aquel momento.

Las siguientes horas fueron un auténtico caos, conforme se iba discutiendo el tiempo de condena que debían guardar los pecadores, cómo se llevaría a cabo el traslado, qué pasaría con los demonios, etc. Los tribunales estarían ocupados durante muchas décadas más decidiendo las condenas. El abogado se perdió entre la multitud, ángeles y demonios mezclándose en miradas de reproche o palmadas en la espalda y felicitaciones. Costaría un tiempo acostumbrarse.

Entre la multitud, San Pedro llamó al abogado. Éste se acercó.

-Vamos, tu labor ha terminado. Ya va siendo hora de subir al Cielo.

El abogado asintió.

-Todo esto se me ha quedado demasiado grande. No entiendo nada. ¿Por qué la voluntad de Dios no se cumplió sin más?
-Tal vez se cumplió a través de ti-respondió el guardián, enigmático-. Tal vez Él te envió para que el juicio tuviera este resultado.
-Pero, ¿y todos los milenios de sufrimiento en vano?
-Nunca habrán existido.
-No lo entiendo.
-Los poderes celestiales nos permiten aplicar el veredicto con efecto retroactivo, para asegurarnos de que la Creación funcione perfectamente. Alteraremos la realidad. Será cómo cambiar el pasado, ningún pecador habrá sido torturado en vano, sino para purificar su alma y llegar al Cielo. Después de esto, el Infierno nunca habrá existido. Gracias a ti.
-Gracias a Dios, más bien-respondió rápidamente el abogado, que empezaba a entender la lógica celestial.


Después de todo, había sido un final feliz. El final más feliz posible: un final feliz para todo el mundo, para siempre.

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