miércoles, 11 de agosto de 2021

Seas quien seas, desciendes de Mahoma

Recupero este artículo, escrito originalmente para Anthropologies, una revista digital a la que recomiendo echar un vistazo, por cierto.  


Creo que la genealogía debe ser considerada a todas luces una ciencia exacta: después de todo, rastrear los antepasados, aunque puedan cometerse errores al hacerlo, persigue el examen de hechos objetivos. No tiene mucho misterio. Sin embargo, cuando la genealogía y la estadística se encuentran… bueno, ahí sí podemos hablar de una ciencia probabilística.

La probabilidad de tener un antepasado específico, claro, aumenta como generación. Se suelen entender como generación unos 25-30 años, si hablamos de períodos de tiempos pasados; en tiempos más recientes, tiende más a ser cada 30-35 años, ya que la gente parece tener hijos a una edad más avanzada que hace unos siglos.

En cualquier caso, subrayando lo más obvio: para que nazcamos han hecho falta 2 padres, 4 abuelos, 8 bisabuelos, 16 tatarabuelos, 32 trastatarabuelos, 64 pentabuelos y así sucesivamente, incrementándose a un ritmo exponencial que hace que en unos pocos siglos ya nos encontremos con cifras vertiginosas.

No tienen que pasar, de hecho, muchas generaciones para que la cifra de nuestros antepasados de esa generación supere a la cifra total de personas que había en el planeta en aquel momento. Por supuesto, esto sólo puede ser posible porque muchos de esos antepasados nuestros son la misma persona, y descendemos de ella por varias vías distintas.

Establecida esta base, es cuando podemos preguntarnos: ¿y de qué personas descendemos? ¿Puede ser que seamos descendientes de Mahoma, Nefertiti, Confucio o Carlomagno? Y ahí es donde la respuesta es un sí muy rotundo: no sólo podemos ser descendientes de esos cuatro personajes históricos, por ejemplo, sino que, en la práctica, podemos asegurar que lo somos.

Este campo ha interesado, por su cuenta, a distintos investigadores. Por ejemplo, está la web Royal Descents of Famous People, de Mark Humphry: lo que en un principio fue un proyecto a modo de curiosidad para comprobar qué famosos tenían sangre real entre sus antepasados acabó derivando en la conclusión de que todo el mundo tiene mucha sangre real entre sus antepasados.

En el estudio Recent Common Ancestors of All Present-Day Individuals, Joseph Chang, se profundiza más en la cuestión que estamos tratando. Animado por esto, el propio Chang –uniéndose, esta vez a Olson y Rohde- publicaría unos años después otro en la misma línea: Modelling the recent common ancestry of all living humans, que vio la luz en el número 431 de la revista Nature, en 2004.

A partir de los cálculos realizados en estos estudios, podemos llegar a algunas conclusiones curiosas: por ejemplo, el 20% de personas que vivían en Europa en el año 1000 no tuvo una descendencia que sobreviviera a nuestros días: o bien murió sin tener hijos, o sus hijos murieron sin tener hijos, o sus nietos murieron sin tener hijos, etc. Sin embargo, el 80% restante, es decir, el 80% de personas que vivían en Europa en el año 1000 son antepasados directos de cualquier persona europea hoy en día.

No necesitamos retroceder ni 2000 años desde este momento para que esto pase no sólo a nivel europeo, sino a nivel de todo el mundo. Y retrocediendo algo menos de 3000 encontraríamos un antecesor humano común, una especie de Luca humano (LUCA son las siglas de Last Unique Common Antecesor, usadas para denominar al último organismo del que descienden todos los seres vivos de la actualidad; en este caso, estaríamos hablando sólo del último humano del que descienden todos los humanos de la actualidad).

Así que, volviendo a los ejemplos concretos, se entiende por qué descendemos de Mahoma o Carlomagno. Retrocediendo tantas generaciones, toda persona que tuviera descendencia y sobreviviera, como fue el caso, es nuestro antepasado, de hecho, por un buen número de ramas distintas: no sólo ocupa una posición en nuestro árbol genealógico, sino un número considerable de ellas.

Ahora bien, ¿cuál es la utilidad de esto? No mucha, prácticamente sólo sirve como curiosidad. Quizá, como mucho, pueda servir como argumento contra el racismo… claro que también es cierto que, si a estas alturas, alguien sigue siendo racista, es porque es bastante impermeable a los argumentos, por desgracia.

Aparte de su uso en ese caso, creo que sólo es una curiosidad simpática que puede llevar a alguna reflexión, sin obsesionarnos. Después de todo, parafraseando a Robert Anton Wilson,  no todos nuestros antepasados eran buenas personas: de hecho, la mayoría ni siquiera eran mamíferos.

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