¡Traigo noticias! Vuelve Historias de la Galaxia. Si no conocíais el proyecto, podéis echarle un vistazo aquí. Y esto es un adelanto de lo nuevo que espera: un relato nuevo y hasta acompañado de un dibujo que he hecho yo, y mirad que es inusual que yo haga un dibujo y tengo poco talento para ello, eh, pero si me he animado es que tengo ilusión en el proyecto. Pronto, Historias de la Galaxia 2.0 estará disponible para descargar gratis.
Llegamos al Desierto de Parr justo
cuando se ponía el segundo sol y empezaba la rave. Tal vez seamos un grupo de
cuatro desechos sociales drogadictos, sí, pero si algo nos caracteriza es que
llegamos a los sitios a tiempo.
Bajamos del transportador de un salto
a las afueras del valle en el que se había organizado la rave. Debía de haber
unos cuantos cientos de miles de personas, aglutinadas en torno a las
estructuras habituales: columnas-altavoz con un dispensador molecular de drogas
en la base.
Kaari fue la primera en abrirse paso
a codazos hasta el dispensador. Programó una molécula estimulante e inhibidora
de la recaptación de serotonina, con un toque empático; como si necesitara
estimulantes, vaya. Ella por sí sola ya es una colgada que rebosa energía y
ganas de bronca por los poros. Al menos es consciente de que sus ganas de
bronca nos suelen meter en problemas –como aquella gresca en la sexta luna de
Biridi en la que casi nos vuelan la puta cabeza-, supongo que por eso decidió
ponerle un toque empático a la molécula. O eso quiero pensar.
Nada más consumir la droga, se quitó
la chaqueta y empezó a bailar. Kaari es una merdaniana de piel azul, alta,
delgada y esbelta, con una cicatriz recorriendo su cara que algún día nos tiene
que contar cómo se hizo, aunque probablemente tampoco sea nada fuera de lo
habitual (en ella).
Los demás nos fuimos acercando
después. Lette no necesitaba más drogas: elle tiene bastante con el vapeo.
Siempre lleva unas pequeñas bombonas a la espalda con un tubo del que vapea
efedrina u opioides, dependiendo de la situación. Esta vez tocaba efedrina,
claro. Lette es le más joven del grupo: 24 años según el sol borolo, género no
binario, bajite, siempre con una cresta marrón en su cabeza, muy sarcástique –a
veces insoportable-.
Luego estaba Borni. Un tío inquieto,
normalmente sonriente y siempre dispuesto a probar cosas nuevas; pero aquella
noche, claro, estaba más apagado de lo habitual.
-Es esta jodida mutación en el
ADN-explicó-. ¿Por qué cojones he tenido yo que perder el sorteo? No paro de potar.
-Vamos, Borni-le dije-. Alguien de
los cuatro tenía que modificarse el ADN para el asunto en Bolvon; te ha tocado
a ti, es lo que hay.
-Claro, tú estás muy cómoda, pero no
puedo ni drogarme a gusto, joder. ¿No podrían haber escrito una secuencia de ADN
que tuviera la misma función pero no jodiera con todo mi puto sistema
gastrointestinal?
-Tío, es lo que tiene modificar el
ADN; no puedes esperar que te cambien la mitad de los genes y eso no vaya a
tener ningún efecto sobre tu cuerpo.
Tal vez Borni no pudiera drogarse,
pero yo sí; así que me dirigí hacia el dispensador molecular. Programé un
estimulante con un toque eufórico y evasivo: necesitaba olvidar problemas
aunque fuera por unas horas.
No recuerdo mucho de las primeras
horas. Con el amanecer del primer sol, conocí a una chica bastante atractiva.
Afortunadamente, no parecía hetero. Y no lo era, no. Nos fuimos tras unas rocas
y follamos. Menos mal que tenía barreras; sólo me faltaba pillar hongos
liridonianos por comerle el coño a una desconocida en una rave.
Posiblemente Kaari, Lette y Borni
también vivieran anécdotas entretenidas, pero no me enteré de ellas, así que no
hay mucho más que contar de nuestros últimos días en Hacteras.
Físicamente agotados, llegamos al
Puerto de Parr y partimos a nuestro siguiente destino: Bolvon.
Bolvon es miembro de la Unión de
Planetas Libres, lo que dicho así suena como un planeta que permite cierta
libertad a sus habitantes. No es el caso. El único requisito para unirse a la
UPL, al fin y al cabo, es no querer adherirse al Imperio Tierra: esto significa
que en Bolvon no gobierna de forma dictatorial el Imperio, pero sí gobiernan de
forma dictatorial sus gobernantes locales. Cosas que vienen en la letra
pequeña.
El ejército de Bolvon está destinado
al frente de la UPL, pero el planeta está muy lejos. En realidad, es lo que nos
interesaba: un planeta en el que poder escapar de la amenaza de la guerra y
disfrutar mejor de nuestra juventud. Bolvon está en el culo de la Galaxia: no
hay nada interesante allí; como mucho, minas de fytirita ya agotadas. Además,
tiene una política muy aislacionista; incluso la tecnología es prácticamente
prehistórica. El lugar perfecto para mantenernos lejos de una guerra que nos
importa una mierda.
El viaje eran varios meses borolianos
en animación suspendida. Tras el agotamiento de la rave, recibir la animación
suspendida y sumirnos poco a poco en un coma reparador fue una bendición.
Despertamos unas horas antes de
llegar a Bolvon, como es habitual en este tipo de viajes –para mí, era el quinto-.
Los estabilizadores mantienen bastante bien la masa muscular, pero aún así es
inevitable sentir el cuerpo un poco atrofiado después de meses sin moverlo.
Tras unos cuantos estiramientos, ya estábamos como nuevos.
Bajamos a Bolvon. Nuestros relojes se
ajustaron automáticamente vía satélite a la gravedad del planeta, algo más alta
de lo usual.
-Sí que siento que me cuesta más andar-dijo
Kaari, quitándome la frase de la boca-. Pero no sé si es por la gravedad de
aquí o por la animación suspendida.
-O por las dos cosas-apuntó Borni-. Y
si además de eso te hubieras tenido que modificar el ADN, lo estarías pasando
muy mal.
-Deja de quejarte, joder-le repetí
por centésima vez desde que se sometió al proceso.
-Para ti es fácil, Nilla-bufó-. Si te
hubiera tocado a ti ya veríamos.
Salimos del puerto cargando con los
equipajes. Sobresalíamos entre la multitud, incluso Lette: los bolvonianos,
aunque son descendientes de humanos y aún son muy parecidos en casi todos los
aspectos, son muy bajos y corpulentos, consecuencia de la selección natural de
un planeta con una gravedad superior a la estándar. Casi podrían pasar por
humanos, pero ese “casi” es una diferencia lo bastante grande como para
determinar su bando: si los putos racistas del Imperio Tierra llegaran a Bolvon,
masacrarían a todos estos pobres desgraciados.
Nuestra primera parada cuando bajamos
de los transportadores fue el hotel, una gigantesca mole que se extendía hasta
el horizonte. Nuevamente por la gravedad, los edificios de Bolvon suelen ser
gruesos y anchos, con paredes muy sólidas, pero aquel hotel definitivamente era
mucho más grande que la mayoría de edificios de cualquier planeta. Las
habitaciones no sólo estaban en alquiler, se podían comprar; cosa que
esperábamos hacer en un futuro próximo.
Precisamente por eso nuestra
siguiente parada, tras dejar los equipajes, fue un mercado cercano. Llevábamos
implantes oculares y neuronales, nanobibliotecas, incluso un estabilizador de
moléculas de dudosa legalidad. Se trataba de cosas que habíamos comprado en
Hacteras para aprovechar la brecha tecnológica: como en Bolvon la tecnología
era muy inferior, objetos de precio medio en Hacteras se podían revender aquí
por mucho más dinero. De hecho, ese era nuestro plan para sobrevivir los
próximos años. Una estrategia que podría usar cualquiera para hacerse rico, si
está lo bastante bien informado como para conocer esto… y quiere molestarse en venirse
a Bolvon al culo de la Galaxia, claro. Total, la mayoría de la gente son unos
capullos estirados que apenas salen de su planeta seis o siete veces en su
vida, y es para irse de vacaciones con todo pagado.
-Joder, aquí hasta mi vapeador es
tecnología punta-murmuró Lette, recibiendo un buen ingreso en su tarjeta por
las cosas que acababa de vender.
Una vez acabamos, compramos algunas
cosas necesarias y regresamos al hotel a descansar y prepararnos para la noche.
No teníamos mucha información sobre
la vida nocturna en Bolvon, pero Borni tiene un talento fascinante para
conseguir drogas. Y Kaari para consumirlas. Después de una buena rave y unos
meses en coma, nada como otra fiesta para despejarse.
Tuvimos que coger los transportadores
de nuevo para llegar a una zona en la que hubiera ambiente, pero mereció la
pena: resulta que después de todo la vida nocturna en Bolvon no está nada mal.
Como cualquier planeta que no está en primera línea de alguno de los frentes de
la guerra, aprovechan para divertirse. Como debe ser.
Lo que no encontramos fueron
dispensadores moleculares, al menos por toda la zona por la que estuvimos. Por
tanto, tuvimos que conformarnos con las drogas locales: un extraño licor de
tono azulado que elaboran a partir de una planta llamada cacotania, y derivados
varios de catinonas como estimulantes. A mí, personalmente, me sorprendió que
en Bolvon prefieran derivados de las catinonas a fenetilaminas; sin embargo, el
alcohol sí me lo esperaba, siendo bastante frecuente en planetas más
primitivos. Al fin y al cabo, es una droga fácil de obtener a través de todo
tipo de plantas fermentadas, y el peso de la tradición hace que se siga
consumiendo a pesar de haber drogas depresoras mucho más eficaces y menos
dañinas para la salud. Está bien, de todos modos; nos conformamos con lo que
haya.
Encontramos un garito bastante bueno.
Está bajo tierra, aunque con una entrada amplia, una iluminación adecuada,
altavoces bien dispuestos y buena resonancia. Hay mucha gente, pero la
ventilación funciona como debe. Y perdernos no es que nos vayamos a perder,
desde luego, ya que son todos bolvonianos y hasta al más alto le saco una
cabeza.
Llevábamos un rato allí cuando pude
ver que la expresión de Kaari cambiaba. La conozco bien, inmediatamente vi que
se desataría la pelea que buscábamos. El motivo había sido un tío pegándose
demasiado a ella al bailar; definitivamente, se estaba restregando contra el
culo de Kaari con lo que él consideraba disimulo. Sabíamos que encontraríamos
a algún capullo así, siempre hay alguno. Siempre.
De modo que Kaari le soltó un codazo
en la cara con todas sus fuerzas, partiéndole la nariz. Otro bolvoniano se
acercó a ella rápidamente, con esa actitud típica de “eh, mi colega se ha
portado mal pero es buena gente, venga, no le pegues más, todos amigos”. Otra
noche tal vez podría haber funcionado, pero no ésta: Kaari le golpeó a él
también.
El caos se empezó a desatar en el
garito. Puñetazos, sillas, vasos y botellas volaban de un lado a otro. Tal y
como estaba previsto, Borni fue el siguiente en meterse, entrando en el combate
con una fuerte patada en el pecho de un bolvoniano. Lette no peleaba nunca. Yo,
sólo cuando era estrictamente necesario, y en este caso lo era, porque Kaari y
Borni empezaban a verse superados; así que estampé una botella por detrás en la
cabeza de un tío que estaba a punto de pegar a Borni.
La policía no tardó mucho más en
llegar: una patrulla de dos androides equipados con gas pimienta y
conmocionadores. En Bolvon -y en muchos otros planetas, de hecho- es frecuente
que las funciones policiales corran a cargo de androides, para que en un
trabajo delicado prime siempre la eficiencia y la objetividad, sin posibles
cagadas por sentimentalismos o compañerismos.
Los androides empezaron a separar y
reducir a la gente, y entonces Borni hizo su movimiento: no dudó en soltar un
puñetazo en la cara de uno de los policías, haciéndose, imagino, bastante daño
al golpear el metal.
No tardaron en responder: uno de
ellos tocó a Borni, liberando una descarga eléctrica que le tumbó. Después, le
inmovilizó con un gesto.
-Estás arrestado por la autoridad del
Gobierno Planetario de Bolvon. Tendrás derecho a un juicio justo en cuanto
comprobemos tu identidad…-comenzó la letanía el androide, al tiempo que una
aguja surgía de su muñeca y se clavaba en el brazo de Borni, para extraer ADN y
comprobar su identidad.
Y llegó por fin el momento. La sala
se estaba vaciando, con algunos de los participantes en la pelea habiendo
emprendido la marcha por si terminaban también arrestados. Alrededor de los dos
androides sólo estábamos nosotros, expectantes por ver si la modificación en el
ADN de Borni daba su fruto. El momento decisivo en el que descubriríamos si
nuestro plan había funcionado o no.
Los ojos del androide pestañearon
cuando se reinició. Su compañero lo hizo apenas unos segundos después. Se
quedaron inmóviles, sin saber bien que hacer.
-Hola-dije-. Soy Nilla. ¿Podéis
entenderme? ¿Recibís bien la información?
-Sí, Nilla-dijo uno de los androides,
obediente-. Pero las directrices… son confusas…
-Por supuesto que lo son-sonreí-. Nos
echamos a suertes quién de los cuatro se modificaría el ADN para encriptar un
virus informático, y le tocó a Borni. Cuando habéis leído su ADN, el virus os
ha infectado. Controla todo vuestro sistema operativo y ahora mismo se estará
extendiendo por la intranet que os une a todos los androides maderos de este
planeta… todos los policías y sistemas de Bolvon están ahora bajo nuestro
control. En la mayoría de planetas, esta jugada habría sido imposible… menos
mal que en Bolvon la tecnología va unos cuantos pasos por detrás a la del resto
de la Galaxia, ¿eh? Vuestros sistemas son tan primitivos que cualquier hacker
de otro sistema solar podría tomar el control si se molestara en venir hasta
aquí a hacerlo.
-Entiendo, Nilla. ¿Qué quieres que
hagamos?
-Muy sencillo: sólo tenéis que tomar
nota de las directrices que hemos pensado. No pretendemos gobernar este planeta
ni convertirnos en reyes ni ninguna mierda por el estilo, ¿os imagináis qué
coñazo sería eso? No, las cosas seguirán como eran, aunque quizá con leyes un
poco menos autoritarias en general, y haréis más la vista gorda ante delitos
que no sean graves. Nosotros sólo somos cuatro extranjeros que han venido aquí
de fiesta… nadie debe sospechar que tenemos el control de este planeta y, por
eso, las cosas seguirán más o menos como antes.
Borni sonreía satisfecho; tenía
planes de volver a modificar su ADN para evitar los desagradables efectos
secundarios de haber encriptado el virus. Kaari sonreía satisfecha mientras se
limpiaba el sudor de la pelea. Lette vapeaba aún un poco incrédule, le costaba
creer que nuestro retorcido plan hubiera funcionado.
-Así que ya sabéis: seguid a vuestro
rollo-continúe explicando a los policías-. Quien quiera que sea el capullo que
gobierna este planeta, que ni me he aprendido su nombre, que se piense que siga
gobernando hasta las elecciones. Y entonces, saldrá elegido otro que también se
pensará que tiene el poder, y así sucesivamente… cuando, en realidad, todo el
sistema de Bolvon lo controlamos nosotros cuatro.
>>¿Sabéis? Nuestra generación
no empezó esta guerra… bueno, de hecho ni siquiera lo hizo la generación
anterior, ni la interior, ni ninguna generación de los últimos cientos de
milenios. Nacimos en una galaxia que estaba en unan guerra que ni nos va ni nos
viene. Sólo queremos que los mierdas empeñados en matarse nos dejen en paz a
quienes no queremos participar en su estúpida guerra. Llevamos toda la vida
viajando de planeta en planeta intentando evitar que nos digan qué tenemos que
hacer… y aquí, en Bolvon, parece que por fin lo vamos a conseguir. Si nos
importa, seguiremos de fiesta esta noche, y la siguiente, y la siguiente. Luego
descansaremos, dormiremos bien y volveremos a irnos de fiesta. Y así
sucesivamente. Y cuando nos vayamos volviendo viejos y nuestros cuerpos no den
mucho más de sí, pues, ¿quién sabe? Igual nos buscamos alguna isla o alguna
montaña remota en la que retirarnos pacíficamente y pasar nuestros últimos años
en una tranquila casita con jardín y jacuzzi. Total, tenemos todo un planeta
para nosotros, ¿no?
Los androides asintieron en silencio
y se marcharon, dejándonos tranquilos. Retomamos la fiesta donde la habíamos
dejado, bailando nuevamente al son de la música. Nos esperaba una buena noche.
Nos esperaba una buena vida.
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