domingo, 2 de julio de 2017

La Portadora de Tormentas

Final de La Portadora de Tormentas, tanto por narrativa como por implicaciones y lo que se puede hacer con el personaje, que trataré en algún artículo en el futuro, creo que es útil ponerlo aquí. En todo ca<so, es spoiler, desde luego.



Petrificado, Elric no logró sacar la espada del corazón de su amigo. La energía de Moonglum comenzó a fluir por su cuerpo, sin embargo, aun cuando toda la vitalidad del oriental quedó absorbida, Elric se quedó mirando el pequeño cuerpo hasta que de sus ojos carmesíes comenzaron a fluir las lágrimas y un sonoro sollozo le agitó el cuerpo. Después, la espada se soltó.
La lanzó lejos de él, pero no cayó con estrépito metálico sobre el suelo de piedra, sino que lo hizo como lo
hubiera hecho un cuerpo. Después tuvo la impresión de que se movía en su dirección y que se detenía para
quedarse observándolo.
Aferró el cuerno y se lo llevó a los labios. Le arrancó la última nota para presagiar en plena noche el inicio de la nueva tierra. La noche que precedería un nuevo albor. A pesar de que la nota del cuerno era triunfal, Elric no se sintió así. Permaneció de pie, agobiado por una soledad y una pena infinitas, con la cabeza inclinada mientras el eco del cuerno se propagaba en el aire. Cuando la nota se fue apagando para pasar de sonido triunfante a un eco lejanísimo que expresaba parte del dolor de Elric, una grandiosa silueta comenzó a formarse en el cielo, como atraída por el cuerno.
Era la silueta de una mano gigantesca que sostenía una balanza y mientras la observaba, vio que la balanza se
equilibraba hasta que cada uno de sus platillos se hizo realidad.
En cierta forma, aquello alivió la pena de Elric cuando soltó el Cuerno del Destino
Al menos hay algo, dijo, y si es una ilusión, al menos es tranquilizadora.
Miró hacia un costado y vio que la espada se levantaba del suelo, se elevaba en el aire y avanzaba hacia él.
¡Tormentosa! gritó.
La espada infernal se hundió en su pecho y sintió su punta helada alcanzarle el corazón; intentó aferraría con los dedos, notó que su cuerpo se retorcía y que el acero se le bebía el alma desde las profundidades mismas de su ser y sintió que toda su personalidad pasaba a la espada rúnica. Mientras su vida se iba disipando para combinarse con la de la espada, supo que siempre había estado destinado a acabar de aquel modo. Con la espada que había matado a amigos y amantes para robarles las almas y alimentar con ellas su propia fuerza. Era como si la espada lo hubiera utilizado siempre y no al revés, como si él hubiera sido una simple manifestación de Tormentosa, y en ese momento, volvía a formar parte del cuerpo de la espada que en realidad nunca había sido una verdadera arma.
Mientras yacía moribundo, lloró otra vez, porque sabía que la fracción del alma de la espada en que se
transformaría su alma jamás conocería el descanso porque estaría condenada a la inmortalidad.
Elric de Melniboné, el último de los Brillantes Emperadores, lanzó un grito y después su cuerpo se desplomó
junto a su camarada, bajo la poderosa balanza que colgaba del cielo.
La forma de Tormentosa comenzó entonces a cambiar; se retorció y fluctuó sobre el cuerpo del albino, para
acabar colocándose a horcajadas sobre él.
El ente llamado Tormentosa, última manifestación del Caos que quedaría en aquel nuevo mundo, contempló el cadáver de Elric de Melniboné y sonrió.
Adiós, amigo. ¡Fui mil veces más malvada que tú!
Después saltó y se elevó en el aire; su voz enloquecida se rió burlona del Equilibrio Cósmico llenando el
universo con su alegría impía.

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