¡Traigo noticias! Vuelve Historias de la Galaxia. Si no conocíais el proyecto, podéis echarle un vistazo aquí. Y esto es un adelanto de lo nuevo que espera: un relato nuevo y hasta acompañado de un dibujo que he hecho yo, y mirad que es inusual que yo haga un dibujo y tengo poco talento para ello, eh, pero si me he animado es que tengo ilusión en el proyecto. Pronto, Historias de la Galaxia 2.0 estará disponible para descargar gratis.
Llegamos al Desierto de Parr justo
cuando se ponía el segundo sol y empezaba la rave. Tal vez seamos un grupo de
cuatro desechos sociales drogadictos, sí, pero si algo nos caracteriza es que
llegamos a los sitios a tiempo.
Bajamos del transportador de un salto
a las afueras del valle en el que se había organizado la rave. Debía de haber
unos cuantos cientos de miles de personas, aglutinadas en torno a las
estructuras habituales: columnas-altavoz con un dispensador molecular de drogas
en la base.
Kaari fue la primera en abrirse paso
a codazos hasta el dispensador. Programó una molécula estimulante e inhibidora
de la recaptación de serotonina, con un toque empático; como si necesitara
estimulantes, vaya. Ella por sí sola ya es una colgada que rebosa energía y
ganas de bronca por los poros. Al menos es consciente de que sus ganas de
bronca nos suelen meter en problemas –como aquella gresca en la sexta luna de
Biridi en la que casi nos vuelan la puta cabeza-, supongo que por eso decidió
ponerle un toque empático a la molécula. O eso quiero pensar.
Nada más consumir la droga, se quitó
la chaqueta y empezó a bailar. Kaari es una merdaniana de piel azul, alta,
delgada y esbelta, con una cicatriz recorriendo su cara que algún día nos tiene
que contar cómo se hizo, aunque probablemente tampoco sea nada fuera de lo
habitual (en ella).
