El acero se comba y se quiebra con un chirrido que
despertaría a un ejército de muertos de haberlos cerca; el mar ruge de alegría
y se desparrama por el interior del barco.
En la cubierta, el viento arrecia constante, como satisfecho
de que el barco se empiece a bambolear, aunque no sea gracias a él. Su ulular
resuena en los oídos de los marineros, algunos de los cuales creen distinguir
en él el canto de bellas sirenas ansiosas por recibirles.