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domingo, 16 de junio de 2024

Las uvas de la ira: Algún día, las oraciones se acabarían

Otro cachito de la brillante novela de John Steineck, recordándonos la inevitabilidad de algunas cosas.

Y en Kansas y Arkansas, en Oklahoma y en Tejas y Nuevo Méjico, los tractores invadían más tierras y echaban a los arrendatarios.

Trescientos mil en California y más en camino. En California, carreteras repletas de gente frenética que corría como hormigas a arrastrar, empujar, levantar, trabajar. Por cada carga que pudiera levantar un hombre surgían cinco pares de brazos para levantarla; ante cada ración de comida que se podía conseguir se abrían cinco bocas.

Y los grandes propietarios, los que deben ser desposeídos de su tierra por un cataclismo, los grandes propietarios con acceso a la historia, con ojos para leer la historia y conocer el gran hecho: cuando la propiedad se acumula en unas pocas manos, acaba por serles arrebatada. Y el hecho que siempre acompaña: cuando hay una mayoría de gente que tiene hambre y frío, tomará por la fuerza lo que necesita. Y el pequeño hecho evidente que se repite a lo largo de la historia: el único resultado de la represión es el fortalecimiento y la unión de los reprimidos. Los grandes propietarios hicieron caso omiso de los tres gritos de la historia. La tierra fue quedando en menos manos, aumentó el número de los desposeídos y los propietarios dirigieron todos sus esfuerzos a la represión. El dinero se gastó en armas, y en gasolina para mantener la vigilancia en las enormes propiedades y se enviaron espías que recogieran las instrucciones susurradas para la revuelta, de forma que ésta pudiera ser sofocada. La economía en proceso de cambio fue ignorada, al igual que los planes del cambio; y sólo se consideraron los medios para extinguir la revuelta, mientras persistían las causas de la misma.

domingo, 24 de septiembre de 2023

Las uvas de la ira: Todos tenemos que ganarnos la vida

Otro fragmento de Las uvas de la ira que me parece muy didáctico.


 El propietario intervino:

–Si quiere detenerse aquí y acampar, le costará medio dólar. Hay sitio para acampar, agua y leña. Y nadie le molestará.

–¡Qué demonios! –exclamó Tom–. Podemos dormir en la cuneta al lado de la carretera y nos sale gratis.

El dueño tamborileó en la rodilla con los dedos.

–El encargado del sheriff suele pasar por la noche. Se lo puede poner difícil. En este estado la ley prohíbe dormir afuera. Hay una ley de vagabundos.

–Y si le pago a usted cincuenta centavos, ya no soy un vagabundo, ¿eh?

–Exactamente.

Los ojos de Tom brillaron con furia.

–¿El encargado del sheriff no será cuñado de usted por casualidad?

domingo, 5 de febrero de 2023

Las uvas de la ira: No hay bastante espacio para ricos y pobres

Dejo por aquí dos cachitos más de Las uvas de la ira que me parecen muy bien escritos y muy ciertos, la verdad.


 –Bueno, California es un estado grande.

–No tan grande. Ni siquiera el país entero es tan grande. No es tan extenso. No es lo suficientemente amplio. No hay bastante espacio para usted y para mí, para la gente de su clase y la de la mía, para ricos y pobres todos juntos en un país, para ladrones y hombres honrados. Para el hambre y la abundancia. ¿Por qué no se vuelven por donde han venido?

–Este es un país libre. Cada uno puede ir donde le apetezca.

–¡Eso es lo que usted se cree! ¿Ha oído hablar alguna vez de la patrulla fronteriza de California? Es de la policía de Los Angeles. Les detendrán, desgraciados, les harán volver. Mire, si no puede comprar tierras no le queremos aquí. Por cierto, ¿tiene carnet de conducir?, déjeme verlo. Se ha roto. No se puede entrar sin carnet de conducir.

–Es un país libre.

–Bueno, intente comprar la libertad. Por aquí decimos que un tipo tiene tanta libertad como su dinero le permite comprar.

miércoles, 21 de diciembre de 2022

Mis 10 películas favoritas de los 40

Y tras esto, toca una pequeña pausa navideña.


10- La mujer del cuadro (1944)

Con un guión al que se le pueden señalar algunos defectos pero que sin duda me mantuvo pegado a la pantalla, La mujer del cuadro es un clásico del noir. La atmósfera que tan bien domina Fritz Lang, las interpretaciones y algunos estereotipos no demasiado elaborados (sin ir más lejos, el de femme fatale) ayudan mucho a ello. El resultado final es una película bastante buena, a la que se puede criticar falta de ingenio en algunos momentos y en la construcción de alguna de sus ideas, pero que cumple muy bien y que sigue siendo recomendable a día de hoy.

 

9- Ciudadano Kane (1941)


Considerada por muchos críticos la mejor película de la Historia, y puedo entender por qué, aunque yo la dejaría en “buena”. Desde luego, entiendo que fue una maravilla técnica para su momento: con todo, la historia de Charles Foster Kane puede resultar en algunos momentos simple y, no vamos a negarlo, incluso puede llegar a aburrir un poco. Kane es una adaptación del magnate William Randolph Hearst, aunque un poco blanqueado: en mi opinión, habría sumado puntos que se trataran temas sobre las mentiras que Hearst contaba en sus periódicos sobre el cannabis, con intención de presionar para que se ilegalizara la planta y así favorecer sus intereses en la industria del cáñamo, como efectivamente consiguió, o sobre la URSS, por motivos políticos obvios. No obstante, tiene carisma, y sirve como vehículo para contar una historia que aborda un buen número de temas variados, incluida la nostalgia por el pasado o la futilidad de la existencia, y que consigue conmover en algunos aspectos. Encuentro recomendable verla al menos una vez.

domingo, 20 de noviembre de 2022

Las uvas de la ira: Eso es algo que podemos cambiar

Un par de fragmentos de distintos momentos de Las uvas de la ira que creo que dejan claro por qué es una novela tan buena. 


–La levanté con mis propias manos. Enderecé clavos viejos para colocar el revestimiento. Los pares del tejado están atados a los travesaños con alambre de embalar. Es mía. Yo la construí. Atrévete a chocar contra ella, yo estaré en la ventana con el rifle. Que se te ocurra siquiera acercarte de más y te dejo seco como a un conejo.

–No soy yo. Yo no puedo hacer nada. Pierdo el empleo si no sigo órdenes. Y, mire, suponga que me mata, simplemente a usted lo cuelgan, pero mucho antes de que le cuelguen habrá otro tipo en el tractor y él echará la casa abajo. Comete usted un error si me mata a mí.

–Eso es verdad –dijo el arrendatario–. ¿Quién te ha dado las órdenes? Iré a por él. Es a ése a quien debo matar.

–Se equivoca. El banco le dio a él la orden. El banco le dijo: o quitas de en medio a esa gente o te quedas sin empleo.

–Bueno, en el banco hay un presidente, están los que componen la junta directiva. Cargaré el peine del rifle e iré al banco.

domingo, 13 de marzo de 2022

Las uvas de la ira: No puede dejar de crecer

Un pequeño fragmento de Las uvas de la ira, de John Steinbeck.


Algunos portavoces eran amables porque detestaban lo que tenían que hacer, otros estaban enfadados porque no querían ser crueles, y aun otros se mostraban fríos, porque habían descubierto hacía ya mucho tiempo que no se puede ser propietario si no se es frío. Y todos se sentían atrapados en algo que les sobrepasaba. Unos despreciaban las matemáticas a las que debían obedecer, otros tenían miedo, y aun otros adoraban a las matemáticas porque podían refugiarse en ellas de las ideas y los sentimientos. Si un banco o una compañía financiera eran dueños de las tierras, el enviado decía: el Banco, o la Compañía, necesita, quiere, insiste, debe recibir, como si el banco o la compañía fueran un monstruo con capacidad para pensar y sentir, que les hubiera atrapado. Ellos no asumían la responsabilidad por los bancos o las compañías porque eran hombres y esclavos, mientras que los bancos eran máquinas y amos, todo al mismo tiempo. Algunos de los enviados estaban algo orgullosos de ser los esclavos de señores tan fríos y poderosos. Se quedaban sentados en los coches y daban explicaciones. Sabes que la tierra es pobre. Ya has escarbado en ella lo suficiente, Dios lo sabe.

Los arrendatarios, en cuclillas, asentían, pensaban y hacían dibujos en el polvo y, sí, lo sabían, Dios lo sabe. Ojalá el polvo no volara. Si sólo la capa superior no volara...

Los hombres de los propietarios tenían una idea fija: Sabes que la tierra se está empobreciendo. Sabes lo que el algodón le hace a la tierra: la despoja de todo, la desangra.

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