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miércoles, 5 de abril de 2023

La balada de Hakon: Por cinco monedas de oro

Últimamente no he sido asiduo a publicar todos los miércoles, no. Pero ha sido para poder preparar cosas chulas, como el regreso de Miguel Lob Lan y mío a La balada de Hakon con este relato. Recordad que, si queréis leer más relatos y novelas de La balada de Hakon, que hasta el momento son todas gratuitas, las podéis encontrar por aquí.


 

Hakon tenía poco más de treinta años. Era un hombre delgado, aunque fornido. La brisa primaveral sacudía su cabello rubio, algo sucio por el polvo del camino. Vestía una sencilla camisa de color rojizo, unos pantalones de lana y unas botas de cuero. Como era habitual en él, viajaba a lomos de un burro, pues no tenía dinero para comprar un caballo; a sendos lados de la montura colgaban un hacha y un martillo, pues no tenía dinero para comprar una espada.

Sus ojos –en uno de ellos destacaba una deformidad en la pupila, imitando la forma de una serpiente enroscada- escudriñaban las praderas verdes del reino de Svanhaim, iluminadas por el sol matutino y surcadas ocasionalmente por caminos por los que transitaban algunos viajeros, casi todos en la misma dirección que Hakon.

Esto le confirmó que iba por buen camino, y pronto vio aparecer a lo lejos las formas de la aldea de Iraghanjold, su destino.

Un torneo, aunque fuera pequeño, era un evento que siempre atraía a gente. A lo largo y ancho de los nueve reinos, casi todo el mundo admiraba a los héroes, a los guerreros, a los luchadores. El propio nombre de aquella aldea era una buena muestra de ello, honrando a Iraghan la Conquistadora, legendaria guerrera que, se decía, había nacido en aquellas tierras. Había vivido unos 1700 años antes de la derrota del Señor Oscuro; es decir, hacía 3000 años, y aún se la recordaba en las leyendas y en el nombre de la aldea, ¿qué mejor prueba de lo populares que habían sido siempre los héroes?

Por tanto, un torneo suponía un afluente de gente dispuesta a luchar para conseguir gloria y fama, o quizá simplemente la recompensa del torneo en cuestión; gente dispuesta a asistir como público y aplaudirles y vitorearles; comerciantes que, conscientes de que las dos categorías anteriores suponían clientes potenciales, querían aprovechar para vender sus productos. En definitiva, un torneo atraía a mucha gente, de entre quienes Hakon era uno más.

Iraghanjold era una aldea de tamaño medio, lo bastante importante como para aparecer en los mapas. Construida en las orillas de un río, sus construcciones, mayormente de madera, se agolpaban en un desorden al que no se le podía negar cierto encanto. Era una de esas aldeas, de hecho, en las que resultaba difícil saber dónde empezaba y dónde acababa. Al no tener muralla, unas pocas granjas dispersas iban apareciendo poco a poco, y el goteo de edificios aumentaba a ritmo constante hasta llegar a la aldea en sí.

En la calle más transitada, camino de la plaza central, los comerciantes ya habían instalado algunos pequeños puestos: vendían pieles, carnes, queso, telas o baratijas. El propio Hakon podría haber sido uno de esos vendedores de baratijas, de no ser por la recompensa que se ofrecía al ganador del torneo: cinco monedas de oro. Aquel era un premio muy tentador, lo bastante como para que en aquella ocasión prefiriera luchar a comerciar. Una recompensa tan jugosa quizá incluso podría llevarle a comprar algunas tierras y vivir tranquilo, tener un lugar en el que descansar.

miércoles, 7 de octubre de 2020

El Espejo de los Tiempos

 Relato que publiqué originalmente en Wattpad, mezclando personajes populares.


Elric de Melniboné se incorporó a duras penas. No recordaba nada. ¿Cómo había llegado allí? Llevaba una coraza de una pieza, cota de mallas por debajo y botas de cuero, todo ello negro; al cinto, su espada, la Portadora de Tormentas. Es decir, llevaba su ropa; pero también una especie de casco sujeto en torno a su cuello, con un extremo cerca de la boca y el otro descansando en su oreja.

-¿Qué… qué es esto?

El monarca de Melniboné oyó esta frase salir de su casco, al mismo tiempo que oía una voz en una lengua extranjera, junto a él.

Aún aturdido, se giró. Estaba en una especie de cueva tallada en lo que parecía rubí. A su izquierda había un hombre incorporándose: pelo oscuro recogido en trenzas, un traje de pieles cosido con técnicas elaboradas, un arco y un carcaj, además de otro extraño arma, a la espalda. Era el que había pronunciado aquella frase en algún idioma que Elric no conocía.

Más a la izquierda, había otra figura envuelta en una armadura de bambú tallado, el rostro cubierto por una máscara demoníaca. A la derecha de Elric, un hombre con una larga y espesa barba negra, cubierto por una capa, se levantaba ajustándose el sombrero.

miércoles, 10 de junio de 2020

La balada de Hakon: La guerra de Inhvhaim


Volvemos con fuerza con una nueva historia de La balada de Hakon. En este caso, Miguel Lob Lan y yo os llevamos a su juventud, 10 años antes de los eventos de El vendedor de baratijas, con esta novela corta, La guerra de Inhvhaim.

En su juventud, Hakon luchó en el ejército, en la campaña de Inhvhaim. Juró guardar el secreto de lo que pasó allí, y ésta es la historia: siete hombres fueron escogidos para llevar a cabo una importante misión de la que dependía la reputación de los reinos norteños.

Se puede descargar directamente en PDF aquí:


También podéis encontrarlo en Lulu entre otras de mis obras:


¡Disfrutadlo!

viernes, 13 de marzo de 2020

La balada de Hakon: Hakon saqueador

Hoy hace un año que Miguel Lob Lan y yo publicábamos El vendedor de baratijas, el primer relato de la gran saga de fantasía heroica que será La balada de Hakon. Para celebrarlo, recopilamos en PDF, en un formato más cuidado, los tres primeros relatos (El vendedor de baratijas, Saqueo en el invierno y Regreso a los nueve reinos). Con portada inédita obra de Miguel, claro.


Como siempre, podéis descargar el PDF gratis en Lulu.com.


Y, si queréis ahorraros el registraros, también lo podéis descargar gratis en Mega:

miércoles, 18 de septiembre de 2019

La balada de Hakon: Regreso a los nueve reinos

Veníamos de aquí, y con este tercer relato se cierra la primera saga.




Las llanuras de Iranna, tierra de los cíngaros, se extendían hasta donde alcanzaba la vista, salpicadas muy ocasionalmente por pequeñas arboledas o pantanos que apenas merecían ese nombre.

Hakon y Graegr caminaban en silencio la mayor parte del trayecto, manteniendo a su derecha el único accidente geográfico que rompía el monótono paisaje: las Montañas Cortantes, la imponente cordillera que separaba Iranna de los nueve reinos civilizados.

Caminando juntos, creaban una curiosa sensación de contraste. Hakon era un hombre de unos treinta años, alto y con un cuerpo delgado en el que, sin embargo, estaban bien definidos los músculos;  pelo y barba rubios, ojos verdes con una deformación en el ojo derecho que recordaba a una serpiente mordiéndose la cola. Vestía pantalones de lana sujetos con un cinto de cuero, zapatos sencillos, un chaleco de cuero que dejaba al descubierto sus brazos tatuados, un colgante de plata, una capa casi hecha jirones y un casco de acero enano con protección nasal. Del cinto colgaban una bota prácticamente vacía, una pequeña bolsita con monedas y, más importante, un hacha y un martillo de tamaño medio, armas dispuestas de forma que pudiera empuñarlas en un momento.

Graegr combinaba rasgos de su padre orco y de su madre humana. Medía una cabeza menos que Hakon y su cuerpo, muy corpulento, ancho y encorvado, claramente no podía ser considerado humano. Sus orejas sobresalían por debajo de un casco sencillo de acero enano; de una de ellas colgaba un aro del metal más  barato. Piel verdosa, ojos amarillentos, nariz achatada, sus rasgos eran un curioso punto medio entre orco y humano, rematados por una cicatriz en la mejilla, fruto de alguno de los muchos combates en los que había participado. Vestía ropa de lanas muy sencillas y claramente salpicadas de sangre en muchas ocasiones; andaba descalzo. En su cinto había un hacha de doble filo y una bolsita con algunas bayas que estaban reservando, uno de los pocos alimentos que habían encontrado en los dos días que llevaban vagando solos por Iranna.

miércoles, 2 de abril de 2014

La balada de Holommir

Este relato ya lo publiqué en el nº 242 de la revista Axxón, pero creo que es lo bastante decente como para rescatarlo y que lo pueda leer más gente. O eso, o es que soy muy vago.



En una soleada mañana de viernes, Holommir el notario, hijo de Broudoon el zapatero, miraba por la ventana de su hogar. La Plaza Mayor del Reino bullía de actividad, pues era día de mercado; mas sobre las gentes se cernía la sombra de la incógnita, pues no sabían quién sería su próximo rey. Holommir conocía muy bien aquella sombra, pues él había sido uno de los encargados de preparar los documentos de sucesión.

El asunto era considerablemente complicado: el rey tenía 7 hijos, y en un principio parecía claro que el trono lo heredaría el mayor. No obstante, los criados de la corte descubrieron que él había envenenado a su padre, de modo que fue aprehendido y encadenado con grilletes de diamantes y cuatro hermosas criadas que le darían de comer y atenderían sus necesidades hasta que muriera.

miércoles, 8 de enero de 2014

El astuto John

Un relato sobre los clichés, los géneros de la literatura y la manera en la que se desenvuelven los personajes.

Una vez, el astuto John fue detective en una oficina en Chicago. Era una oficina descuidada: el humo de los cigarrillos se amontonaba en el techo, haciendo que la escasa luz que entraba por las ventanas fuese pálida y mortecina. Hasta las moscas parecían luchar por abandonar aquel lugar. Sin embargo, a John le bastaba para hacer bien su trabajo. Y, de hecho, era el mejor.

John a menudo se veía involucrado en negocios sucios. Muy sucios. Negocios de los que quizás sería mejor no hablar… A menudo, le ofrecían los casos más retorcidos.

Cuando no se encontraba en un bar desahogando sus penas con alcohol, John paseaba por la ciudad en busca de casos que resolver. Un cigarrillo siempre asomaba en sus labios, aún cuando la fría lluvia arreciaba sobre la ciudad, amenazando con apagarlo. Chicago era una ciudad sucia y peligrosa, una puta que siempre estaba dispuesta a aceptar un criminal más…

En ocasiones, cuando una bala pasaba silbando cerca de su cabeza, o cuando los dientes de algún delincuente de poca monta rasgaban sus nudillos haciéndole sangrar, John se preguntaba si no sería mejor cambiar de vida. Pero, al fin y al cabo, era el mejor. Y alguien tenía que hacer el trabajo que él hacía.


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