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miércoles, 28 de octubre de 2020

La clínica del dr. Baermann

 Bueno, hora de volver a sacar libro en papel. Se acerca Halloween, así que esta vez toca terror, claro.


En las afueras de Dûsseldorf hubo una pequeña clínica dirigida por un doctor llamado Baermann. LA CLÍNICA DEL DR. BAERMANN es una recopilación de 18 relatos de terror autoconclusivos, aunque ambientados en la misma clínica. A lo largo de ellos se exploran distintos subgéneros del terror, como terror psicológico (Fantasmas), slasher (El asesino en serie), gore (La habitación 105), exploitation (La enfermera malvada), terror romanticista o victoriano (La mansión encantada), etc; creando así un homenaje a todo el género y una red de tramas entrecruzadas explorando el lado más oscuro de la condición humana.

La idea se me ocurrió hacia principios de 2014: un conjunto de relatos cortos de terror que se entrecruzaran entre sí, al ubicarse en el mismo escenario. Cada uno se podría leer de forma independiente sin problemas, aunque leyéndose en su conjunto se disfrutarían más al conocerse mejor todo el contexto.

Me he tomado la escritura con calma. Los últimos relatos los he terminado de escribir en septiembre de 2020, de modo que, en cierto sentido, estáis viendo el fruto de siete años de trabajo; pero con muchos descansos, eso sí. Desde el principio fui publicando los relatos en este blog, Kallixti. En Tus Relatos también hay algunos. La versión completa, eso sí, con sus 18 relatos, sólo está en este libro; los nueve que se pueden encontrar en internet sirven más bien a modo de muestra.


El libro en papel -de momento, el único formato- cuesta, en principio, 7 € + gastos de envío. Sin embargo, hasta el 30 de octubre, introduciendo el código SPOOKY10 (así, tal cual) al hacer la compra, tenéis un 10% de descuento.

Aquí el link para pillarlo:


Y después de esto, un descanso de un par de semanas en el blog, que me lo merezco.

miércoles, 13 de mayo de 2020

La pandemia que madruga

A partir de hoy, creo que me toca un descanso del blog. De hecho, el mayor que ha habido hasta ahora, desde 2013 que lleva esto en activo. Creo que vendrá bien para escribir con menos prisas, así que dentro de, como mínimo, cuatro semanas (tal vez cinco, no sé) volveré a la carga con cosas interesantes. Mientras tanto, dejo como cierre de temporada un relato que espero que también guste.




La adrenalina corre por mis venas. Noto el peso de la Smith & Wesson en mi mano temblorosa. Me preparo para la batalla final. La Hispanidad depende de mí.

A través de la puerta y de las ventanas suenan los tosidos de los zombies arrastrándose. El ruido que hacen es infernal. Pero no me voy a rendir, ya lo creo que no me voy a rendir. ¿Se habrían rendido Blas de Lezo o Don Pelayo? No, ¿verdad? Pues ya está.

Es difícil precisar cuándo empezó todo esto, porque los medios de comunicación están al servicio de la dictadura progre y probablemente mienten constantemente. Según ellos, fue en Milán donde Javi se contagió. Después fue el mitin de Vistalegre, claro. Todavía recuerdo al cabrón tosiéndome en la cara, menos mal que no me contagió su cepa… supongo. Creo que ese maldito virus chino no tenía nada que hacer contra nuestros anticuerpos españoles.

En cualquier caso, días después, Javi iba con su madre a hacerse el test de coronavirus. Unos reporteros le pillaron. Entonces, él se comió a los reporteros. Y después, a su madre.

miércoles, 12 de junio de 2019

La clínica del dr. Baermann: La mansión encantada


Afueras de Düsseldorf, Alemania. 3 de octubre de 1896.

"Era una fría mañana de otoño cuando las puertas de la mansión se abrieron por primera vez para acogernos en su interior. Pese a su tamaño, había sido construida muy rápido; no en vano, puse sobre la mesa la mayor parte de la herencia que recibí tras la muerte de mi padre. Como mi hermano había decidido invertir en negocios, todas las riquezas de la familia Rosenzweig estaban desperdigadas por aquí y por allí. No obstante, hacía años ya que me encontraba demasiado fatigado para llevar a buen puerto mi parte de la herencia, y todo cuanto quería era una mansión en un lugar tranquilo y alejado, un lugar donde poder reposar y recuperarme de mis enfermedades. Estaba, pues, satisfecho con el resultado.

miércoles, 1 de agosto de 2018

La mirada del Mal


Relato que espero que sirva como adelanto de un proyecto más grande.


Cuando cayó la noche, el joven Bhagwan se escabulló en silencio. Bhagwan era un chico muy delgado, tímido y serio; sin embargo, era probablemente el más aventajado de los Discípulos de Kali. Un bindu de color rojo decoraba su frente.

En silencio, el chico entró en el cementerio musulmán. Los musulmanes comenzaban a abundar en su tierra, despreciando a Kali. Pero serían útiles aquella noche. Aquella noche, Bhagwan llevaría a cabo su iniciación.

El chico llevaba puesto sólo un sencillo salwar sucio y desgastado, y llevaba una pala casi más grande que él. Sus pies descalzos no hacían ruido; era como un fantasma que se deslizaba por la noche, hasta detenerse frente a una tumba al azar, sin nombre.

miércoles, 11 de julio de 2018

La clínica del dr. Baermann: Los traficantes de órganos



9 de septiembre de 1932.
El vestíbulo de la clínica del dr. Baermann estaba lleno de médicos, enfermeras y celadores; una visión poco habitual, pues rara vez se reunía todo el personal. El director encabezaba la comitiva y ya estaba terminando su discurso.
-…así pues, dejándome de rodeos, es mejor que lo diga de una vez: gracias por estos 35 años de servicio, doctor Richter. Esta clínica quedará huérfana sin el médico que más tiempo lleva aquí. Le prometo que las nuevas generaciones sabremos cuidar de este lugar mientras usted disfruta de su jubilación.
Todo el personal irrumpió en aplausos. El dr. Richter, un hombre bajito e inquieto cuyo pelo ya era blanco, miraba de un lado a otro con gestos de agradecimiento, visiblemente emocionado.
-Le hemos comprado esto…
-Oh, no hacía falta, por Dios, no hacía falta.
Baermann le entregó un reloj de plata y los aplausos, gestos de emoción y apretones de mano se alargaron durante unos minutos más. Cumplido el ritual, finalmente, Richter se marchó acompañado por Ehrlich, que, siendo el único bedel en aquel momento, se había ofrecido a llevarle las maletas hasta el coche que le esperaba fuera de los terrenos de la clínica.

miércoles, 14 de junio de 2017

La clínica del dr. Baermann: El asesino en serie


12 de enero de 1974.

La nieve caía con calma sobre la clínica del dr. Baermann. De noche, la imagen que ofrecía era considerablemente desoladora.

La inmensa mayoría de los cristales de las ventanas había desaparecido ya, y los murciélagos habían hecho nidos en buena parte de las habitaciones. La hiedra seca cubría la fachada: al ser invierno, no se notaba demasiado, pero allí estaba, conquistando terreno poco a poco. El ala oeste estaba especialmente deteriorada, tras una explosión varias decadas atrás, lo que hacía que a menudo la lluvia cayera sin piedad por dentro del edificio, humedeciendo los pasillos para darles un aspecto aún más tétrico.

Al menos, con la nieve no había ese problema, si bien la visibilidad también se reducía y el bosque cercano se convertía en una masa informe que apenas se podía ver, dando la impresión de que la clínica se erguía solitaria en mitad de la nada.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La clínica del dr. Baermann: El hombre lobo




15 de diciembre de 1929.

El viento soplaba fuerte y la nieve cubría todos los alrededores de la clínica del dr. Baermann. En un despacho del segundo piso, éste hacía pasar a uno de los médicos.

-¿Quería verme?

Baermann asintió y arrastró su silla de ruedas hasta su mesa. Allí cogió un dossier y se lo tendió al cirujano sin decir palabra. El doctor Tausch, que así se llamaba, leyó el resumen de la primera página cuidadosamente.

-¿Está seguro, dr. Baermann? Después de lo de la última vez…

Un brillo de odio puro brilló en los ojos del doctor, y apretó los dientes.

-Esta vez tendremos más cuidado, se lo aseguro. En las últimas páginas tiene las medidas de seguridad que utilizaremos para que nuestro sujeto no nos ataque. La… digamos, parte interesada, pagó bien por el anterior sujeto. Éste otro será muy útil.

miércoles, 20 de agosto de 2014

La clínica del dr. Baermann: Insectos




23 de octubre de 1930.

“Todos me siguen me siguen a todas partes dios dios ¿es que no lo veis? Están por todas las partes por las paredes y por el suelo y por el techo, insectos de todos los tipos y arañas y pequeños bichos con sus patas peludas y su horrible tacto paseándose sobre mí.

Corren sobre mí con sus pequeñas patitas y yo no puedo hacer nada porque estoy aquí atado e inmovilizado mientras me cubren y se meten en mi boca y por los agujeros de mi nariz y dios es horrible dios puedo sentirlos dentro de mí moviéndose.

No hay forma de escapar ni hay forma de dormir porque oigo sus zumbidos siempre es infernal un zumbido constante que no para nunca nunca nunca y suena tan fuerte justo en mi oído y sé que están justo ahí dios sé que están justo ahí en mi oreja caminando con sus patitas y poniendo sus huevos para que haya más y más y más cubriéndome por completo.

No puedo soportarlo más y dios esto tiene que acabar, tiene que acabar de alguna forma y me da igual el dolor o el sufrimiento porque necesito acabar con esta tortura cueste lo que cueste pero no puedo moverme pero la boca sí me han dejado la boca libre y puedo sacar la lengua y morderla fuerte bien fuerte notando el sabor de la sangre y golpearme la barbilla con el pecho una y otra vez fuerte fuerte para que la lengua se desprenda.

miércoles, 5 de marzo de 2014

La clínica del dr. Baermann: El vampiro

El primero de una serie de relatos. Se me ocurrió que me vendría bien crear un lugar y una plantilla de personajes que pudieran servir para relatos distintos e independientes, y finalmente decidí escribir relatos de terror en torno a una clínica un tanto especial. 



Afueras de Düsseldorf, Alemania. 8 de octubre de 1931.

Un joven de aspecto pulcro, totalmente serio, llamó a la puerta de un despacho.

-Pase-dijo una voz firme.

El joven obedeció y entró en la pequeña estancia, cerrando la puerta tras de sí con cuidado. Un hombre corpulento de unos 50 años, con unas gruesas gafas y una espesa barba gris, se puso en pie, cojeando ligeramente, y le tendió la mano.

miércoles, 8 de enero de 2014

El astuto John

Un relato sobre los clichés, los géneros de la literatura y la manera en la que se desenvuelven los personajes.

Una vez, el astuto John fue detective en una oficina en Chicago. Era una oficina descuidada: el humo de los cigarrillos se amontonaba en el techo, haciendo que la escasa luz que entraba por las ventanas fuese pálida y mortecina. Hasta las moscas parecían luchar por abandonar aquel lugar. Sin embargo, a John le bastaba para hacer bien su trabajo. Y, de hecho, era el mejor.

John a menudo se veía involucrado en negocios sucios. Muy sucios. Negocios de los que quizás sería mejor no hablar… A menudo, le ofrecían los casos más retorcidos.

Cuando no se encontraba en un bar desahogando sus penas con alcohol, John paseaba por la ciudad en busca de casos que resolver. Un cigarrillo siempre asomaba en sus labios, aún cuando la fría lluvia arreciaba sobre la ciudad, amenazando con apagarlo. Chicago era una ciudad sucia y peligrosa, una puta que siempre estaba dispuesta a aceptar un criminal más…

En ocasiones, cuando una bala pasaba silbando cerca de su cabeza, o cuando los dientes de algún delincuente de poca monta rasgaban sus nudillos haciéndole sangrar, John se preguntaba si no sería mejor cambiar de vida. Pero, al fin y al cabo, era el mejor. Y alguien tenía que hacer el trabajo que él hacía.


miércoles, 18 de diciembre de 2013

Triscaidecafobia

Este relato lo escribí para la revista Ultratumba. Después lo volví a publicar en el blog Me gusta leer. Y ahora aquí, porque reciclar es bueno para el medio ambiente y esas cosas.

Escribo esta misiva dirigida a nadie con la esperanza de recuperar, quizás, la certeza de mi cordura; pues ésta ha sido puesta en duda debido a los terribles hechos que me acontecieron hace apenas unos días.

No, no es del todo cierto: son los hechos que me han acontecido, perseguido más bien, a lo largo de toda mi vida los que ponen en peligro mi cordura, al menos de cara a los observadores ajenos.

Vine al mundo el viernes, 13 de mayo de 1831. Mi madre siempre pensó que mi vida estaría marcada por la desgracia por el simple hecho de nacer un viernes 13. Lo que no observó –y probablemente ustedes tampoco habrán observado; es algo totalmente natural, dado que es un detalle aparentemente nimio- es que las cifras del año 1831 sumaban también 13, quedando yo de esta forma doblemente maldito.

Naturalmente, yo no di a esto demasiada importancia, pues mi vida no parecía ni más ni menos desdichada que las de aquellos que me rodeaban. Era yo un joven tímido, volcado a la lectura, aunque también tenía inquietudes matemáticas que se fueron intensificando conforme el número maldito fue repitiéndose a lo largo de mi vida; mas estoy adelantando acontecimientos.

Mi temor ante dicho número comenzó el día en que cumplí 13 años. Aquella noche, mis padres nunca regresaron a casa; fue cuando recibí la noticia de que habían fallecido en un terrible accidente. El cochero, que había sobrevivido, afirmaba que los caballos se habían desbocado repentinamente, “como si hubieran sido poseídos por el mismísimo Diablo”, aseguró mientras se santificaba, saliéndose de esta forma del camino y cayendo a un río, en el cual mis padres murieron ahogados.

Tras esta primera desgracia, tuve que trasladarme al hogar de mis tíos, situado a las afueras de Portsmouth, en una carretera solitaria que se extendía muy hacia las afueras; en el número 13, concretamente.

Mi tío llevaba unas semanas aquejado de algunos problemas de salud leve, pero su pronóstico había mejorado considerablemente y parecía totalmente recuperado: no fue así. El mismo día en que yo llegué, tan sólo dos días después de las muertes de mis padres, una insólita fiebre se llevó la vida de mi tío. De este modo, el deber de mi cuidado recayó en mi tía y en los criados de la casa.

No hace falta decir que desarrollé un cariño extraordinario hacia mi tía, la única persona que quedaba para cuidar de mí. Yo también era lo único que quedaba para ella, una pobre mujer que había enviudado demasiado pronto, de modo que me dedicó todo su cariño y atención. Los lazos que nos unían se hicieron cada vez más fuertes.

Yo me convertí en adulto, y continué viviendo en esa casa. Éramos una familia adinerada, pero nuestra fortuna pronto comenzaría a escasear si yo no me ponía a trabajar; por desgracia, la suerte no parecía acompañarme en esto. Debido a la tristeza que siguió a la muerte de mis padres, me había resultado difícil centrarme en mis estudios, y a los 20 años no contaba con suficientes conocimientos.

A pesar de todo, conseguí un trabajo como traductor de alemán. Por desgracia, la pequeña editorial para la que trabajaba quebró cuando yo llevaba 13 meses trabajando en ella.

Unos pocos años después, cuando yo tenía 23, ya conseguí encontrar un trabajo, nuevamente como traductor de alemán, que conservé durante años. Ésta fue una época relativamente feliz, considerando la desgracia que había inundado mi vida durante mi pasada juventud.

Unos meses después, sin embargo, la tragedia me azotó de nuevo: esta vez en forma de la muerte de mi tía por una extraña enfermedad. Como inevitablemente tenía que suceder, el número maldito apareció de nuevo: mi tía falleció un 13 de enero. Yo heredé la casa y los criados, y me convertí en una persona aún más desdichada, reservada y melancólica que en el pasado. Toda mi vida parecía ser un cúmulo de desgracias.

Durante estos años, gracias a mi trabajo, conocí a la hermosa Adara. No encuentro palabras en ningún lugar para describir su infinita belleza, la ternura de su mirada, el color de sus ojos, la forma en que su cabello caía sobre sus hombros rizándose lentamente. Tampoco hay palabras para describir el anhelo que sentía mi corazón, la constante necesidad de verla y de tenerla junto a mí, la pasión que embargaba cada poro de mi ser. Apenas un año después de conocerla, cuando ella tenía 13 años, la pedí matrimonio. Aceptó.

El 6 de julio de 1857 por fin contraje matrimonio con mi prometida. Acostumbrado como estaba a buscar el número 13 directamente o, en su defecto, en el año, no reparé en la importancia de la fecha: 6 de julio. 6 y 7 sumaban 13, efectivamente. Sin embargo, nada malo pareció suceder a efectos inmediatos. En aquel momento pensé que tal vez un ángel me había concedido la piedad que tanto suplicaba y me había librado de la terrible maldición que me había perseguido durante toda mi vida.

Gracias a Adara, también, encontré por fin la felicidad y la paz que tanto ansiaba. Los años fueron pasando y, pese a algún pequeño inconveniente –intentamos tener un hijo y no pudimos- éramos tremendamente dichosos, y nos sentíamos muy satisfechos con la vida que llevábamos, en la mansión que había pertenecido a mis tíos.

No obstante, y pese a que la dicha duró más años de los que pensaba posibles, se fue extinguiendo como una llama en la oscuridad. La madre de mi amada falleció –no encontré ningún 13 posible en la fecha, pese a que lo busqué; era evidente que tan terrible maldición sólo me había perseguido a mí, por estar predestinado a ella desde el mismo día de mi nacimiento- y ella tuvo que viajar a Baviera para asistir al funeral.

Tal vez no lo haya concretado; apenas he mencionado que la conocí gracias a mi trabajo, pero ella nació en Alemania. El viaje y las reuniones con la familia podrían extenderse hasta más de dos semanas, incluso. Nada me hubiera complacido más que acompañarla en tan duros momentos, pero yo tenía un trabajo urgente que realizar, y no podíamos permitirnos perder ese dinero si queríamos mantener la gran casa en la que vivíamos. De hecho, habíamos tenido que despedir a la mayoría de los criados, y ya sólo quedaba una que acudía a limpiar nuestro hogar una vez a la semana.

De modo que ella partió y yo quedé solo en la mansión. Entonces, comencé a tener terribles pesadillas, que yo tomé por augurios. Soñaba con Adara muerta; con sangre, con dolor. No entendía el por qué de estos presagios, hasta que reparé en un terrible hecho: faltaban unos pocos días para nuestro decimotercer aniversario.

Y supe, con toda seguridad de la que mi mente era capaz, que Adara fallecería aquel mismo día. Ni siquiera estaba a mi lado para poder protegerla del mal que la amenazara.

Atenazado por la certeza de que tan terrible desgracia no tendría remedio posible, decidí poner fin a mi vida. Para ello, opté por el envenenamiento, mezclando una gran cantidad de absenta y de láudano, convencido de que dicha combinación me llevaría directamente a los brazos de la Muerte. Necesitaba escapar como fuera de la terrible desdicha que conllevaría la muerte de mi amada, la única razón de mi existencia.

No disponía de mucha cantidad de ninguno de los dos brebajes, pero, como ya he dicho, pensé que la combinación sería suficiente, de modo que procedí a saciar mi sed. El veneno empezó a fluir por mis venas y comencé a sentirme mal, pero supe que no bastaría. No habría suficiente.

De modo, que, tambaleándome, me dirigí a por un cuchillo para cortar mis venas a la altura de la muñeca. Apenas podía andar, pero conseguí llegar hasta él y empuñarlo. Lo que pasó después no puedo explicarlo con claridad.

Mi intención era poner fin a mi vida, pero me vi sumergido en una espiral de locuras y alucinaciones producidas por la absenta y el láudano. Vi frente a mí al número 13 –no, no un número 13 escrito, sino el propio número 13 en toda la magnitud de su maldición, aunque esto no pueda ser comprendido por una mente cuerda o libre de drogas- y lo apuñalé, lo apuñalé con toda mi rabia, en venganza por todo lo que me había hecho.

Después caí desmayado por la droga, y todos los demás sucesos hasta mi llegada a este lugar son un poco confusos. Soy vagamente consciente de haber visto el cadáver de Adara en el suelo. Según los hombres que me arrestaron, ella volvió de Baviera aquel día y yo la apuñalé 13 veces sin motivo aparente, poniendo fin a su vida.


Es de esta forma como he acabado aquí, en una prisión recién inaugurada. Al parecer, dado que mi cordura está en tela de juicio, no seré ejecutado; si bien es cierto que no podré salir de aquí en lo que me resta de vida. Y así concluye, con todo detalle posible, la historia que quería contar. Oh, ¿mi nombre? Es bien cierto que he omitido este detalle, pero ha sido deliberadamente, dado que no quiero manchar la reputación de mi familia. Podéis llamarme por mi nombre en la prisión, el que me fue asignado al llegar: el prisionero 0013.
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