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domingo, 6 de septiembre de 2026

No tiene por qué ser como es

Hoy, un artículo de Ursula K. Le Guin, que recogió en No time to spare, sobre el poder subversivo de la fantasía.



"La prueba del mundo de las hadas [es que] no puedes imaginar que dos más uno no sean tres, pero sí puedes imaginar fácilmente que los árboles no den frutos; puedes imaginarlos dando candelabros dorados o tigres colgados de la cola."

La cita, de G. K. Chesterton, procede de un interesante artículo de Bernard Manzo publicado en el Times Literary Supplement del 10 de junio de 2011 (no indicó la fuente concreta en los escritos de Chesterton). Esto me llevó a reflexionar sobre cómo funciona la literatura imaginativa, desde los cuentos populares hasta la fantasía, y a preguntarme por su relación con la ciencia, aunque solo abordaré este tema al final de este artículo.

El relato fantástico puede suspender las leyes de la física —las alfombras vuelan; los gatos se vuelven invisibles, dejando solo una sonrisa— y de la probabilidad —el menor de tres hermanos siempre se queda con la novia; el bebé en la cesta arrojada a las aguas sobrevive ileso—, pero no lleva más allá su rebelión contra la realidad. El orden matemático es incuestionable. Dos más uno son tres, tanto en el castillo de Koschei como en el País de las Maravillas de Alicia (especialmente en el País de las Maravillas). La geometría de Euclides —o quizá la de Riemann—, la geometría de alguien, en cualquier caso, rige la estructura. De lo contrario, la incoherencia invadiría y paralizaría la narración.

domingo, 22 de diciembre de 2024

La teoría de la bolsa de transporte en la ficción

Hoy quería compartir este pequeño ensayo de Ursula K. Le Guin que me parece fascinante. Algunas de las ideas que expone aquí jamás se me habrían ocurrido, y otras, precisamente, sí las compartía, pero no habría sabido ponerlas en palabras de forma tan certera. Habla sobre qué le gusta a escribir, sobre antropología y sobre qué relatos se cuentan y qué relatos se pueden contar.

 

En las regiones templadas y tropicales en las que parece que los homínidos evolucionaron para transformarse en seres humanos, el principal alimento de la especie eran los vegetales. Entre un sesenta-y-cinco y un ochenta por ciento de lo que los humanos comían en aquellas regiones en el Paleolítico, el Neolítico y los tiempos prehistóricos era recolectado [como cuando decimos cazadores-recolectores]; solo en el Ártico extremo era la carne el alimento básico. Los cazadores de mamuts ocupan espectacularmente las paredes de las cuevas y nuestras mentes, pero lo que efectivamente hacíamos para seguir vivos y gordos era recoger semillas, raíces, brotes, pequeñas plantas, hojas, frutos varios y cereales, añadiéndoles insectos y moluscos, y atrapando pájaros, peces, ratas, conejos y otros pequeños animales sin colmillos, para aumentar las proteínas. Y ni siquiera teníamos que trabajar duro para todo aquello — mucho menos duro que los campesinos esclavizados en los campos de otros después de que la agricultura fuera inventada, mucho menos duro que los trabajadores asalariados desde que la civilización fuera inventada. La persona prehistórica típica podía vivir bastante bien trabajando unas quince horas a la semana.

Quince horas de trabajo a la semana para sobrevivir dejan un montón de tiempo para otras cosas. Tanto tiempo que es posible que algunos inquietos, que no tuvieran un niño cerca para darles vida, o habilidad haciendo cosas o cocinando o cantando, o pensamientos muy interesantes que pensar, decidieran salir de aventuras y cazar mamuts. Los cazadores habilidosos volverían con un cargamento de carne, un montón de marfil y un relato. La carne no era lo importante. Lo importante era el relato.

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