Veníamos de aquí.
Los
primeros copos de nieve del invierno cayeron una madrugada especialmente fría,
a escasas dos semanas de que terminara el año 1318 tras la derrota del Señor
Oscuro. Se posaron tímidamente al principio, más rápido después, y para el alba
todo el paisaje de Nihlhaim estaba recubierto de blanco.
Hakon
despertó alertado por el sonido de los cuernos que informaban que era hora de
levantarse. Maldijo por lo bajo, como cada mañana desde que, obligado por las
circunstancias, había cambiado su oficio de vendedor de baratijas por el de
guerrero del ejército de Nihlhaim, a las órdenes del príncipe Adalgert.
Los
últimos diez días no habían sido especialmente agitados. Desde la finalización
del torneo que conmemoraba un siglo de paz tras la Gran Guerra, Hakon había viajado
junto a los guerreros de Nihlhaim desde la capital de Ahrshaim, Gottegod, hasta
la de Nihlhaim, Novrogod, siguiendo la línea de la costa del Mar Interior.
Novrogod
era una ciudad erigida en la costa. No muy lejos de ésta había una plaza de
mercado asfaltada, alrededor de la cual se empezaban a extender calles formadas
principalmente por edificios de piedra no muy grandes, pero firmes y sólidos.
La costa estaba bordeada por espigones de piedra y madera en los que había un
trasiego constante de barcos, mayormente pesqueros, también algunos mercantes.
Ya pasadas tres o cuatro calles alrededor de la plaza del mercado, los
edificios empezaban a verse más pequeños, con mayor abundancia de madera en su
construcción y tejados de paja. La calidad de los hogares iba disminuyendo
progresivamente hasta llegar a las construcciones más precarias, a veces todas
ellas de madera excepto quizás algunas columnas, y amontonadas contra la
empalizada que delimitaba la ciudad.